Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilia Domingo de la Transfiguración del Señor

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Homilia  Domingo de la Transfiguración del Señor

06 de Agosto del 2017
por Benedictinos Cuernavaca

Mateo 17,1-9'17

            El cuerpo de Cristo se transformó y apareció radiante de luz y de belleza: “. . . su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve”. Esta luz no fue como el reflector que lo ilumina desde afuera, sino que irradiaba desde adentro, desde su vida interior. Su alma, unida a la divinidad, se desbordó en este momento e iluminó su cuerpo. En cuando a nosotros, si una buena noticia, una alegría nos transforma, ¡cómo se manifestaría la propia divinidad en el cuerpo de Jesús! De sus ojos, de su rostro y hasta de sus vestidos se desbordaba y hacía visible su vida íntima. Pero la verdad de la transfiguración no sólo es privilegio de a Jesús, sino tienen mucho que ver con nuestra proyecta de vida.

            Conozco a un monje que tiene en su celda, sobre una mesita junto a la cama, una lámpara, un despertador, el rosario y un Niño Dios de plástico fosforescente. Es una cosa chiquita, de apenas seis centímetros de largo. Cuando apago la luz, el muñeco reluce en la oscuridad. A lo largo de la noche, el Niño Jesús se va apagando cada vez más. Pero una regla es segura: Por el contacto con la luz, el pequeñito acostado en la noche se recarga de luminosidad. Resulta que lo que no tiene luz en sí, reluce por la luz de otro.

            Así somos nosotros en la vida cristiana. Por las propias pilas no producimos luz. Confusión, sí; tentación, sí hay; inquietud y oscuridad también. Si nos conformamos con la contradicción y la oscuridad, que es propio del ser humano dejado a sí mismo, no habrá luminosidad, y, a lo largo de la noche se nos va reduciendo el brillo. Pero existe la fuente de la luz fuera de nosotros que nos recarga. En la transfiguración, aperitivo de la resurrección, Jesús se transforma en una luz que ilumina nuestra penumbra. Nuestro deseo no es adquirir un bronceado espiritual, sino dejarse transfigurar bajo la luz de Cristo que nos baña.

            De los detalles del evangelio la reacción de Pedro nos llama la atención: “Señor, ¡qué bien estamos aquí!” Los discípulos querían prolongar su presencia en la luz de Cristo, saborearla un largo rato. “¡Qué hermoso es estar aquí! … Haremos tres toldos, para quedarnos un rato más.” Es la reacción normal cuando se quita, por el momento, la sensación del tremendo vacío de la existencia. Por un rato privilegiado, algunas veces en la vida exclamamos con Pedro, extasiado: “¡Qué hermoso!”; que hermoso encontrar sentido, remanso y alegría, escaparme del enredo de mí mismo y del peso de la rutina, y lograr un sentido trascendente fuera de mí.

            En seguida, de la misma boca se sale una inclinación: “Señor, si quieres, haremos tres chozas . . .”. La tentación es quedarnos admirados de Jesús radiante. Nuestro entusiasmo nos engaña porque queremos acaparar para nosotros mismos la gloria del Hijo. Además, el sólo quedarnos mirando o admirando a Jesús resplandeciente, eclipsa otro aspecto de su persona, el rostro sufriente del Padre en nuestro camino en la fe. Todavía Pedro no sabía que Jesús, la Palabra hecha carne, “era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo ser humano” (Jn 1,9). Pocas veces nos damos cuenta que en la tristeza del calvario de la propia vida, podemos recurrir a esta experiencia de la montaña de la transfiguración, y nos traspasa con su luz para que brillemos con el reflejo. Sabemos que tenemos adentro la vida divina, viva y palpitante. Somos portadores de una infinita grandeza encerrada en nuestra poquedad. La sentimos bullir en el alma; nos pesa en el fondo del corazón. Pero la luminosidad que heredamos en Cristo permanece incubada en lo más íntimo y secreto; sólo a veces, en momentos de lucidez y transparencia, nos mostramos resplandecientes.

            Jesús subió la montaña y, mientras el atardecer se acercaba al anochecer, la luz de Cristo oscureció el sol en un eclipse inaudito: su rostro se puso brillante, y en la luz espléndida, el sol se hizo penumbra. Sus vestiduras hinchadas por el aire se volvieron más blancas que la nieve. El hombre-Dios se volvió transparente; en un abrir y cerrar de ojos, sus discípulos lo vislumbraron resucitado y percibieron la misma luz de sí mismos. Todo lo que Jesús llevaba dentro, todo la virtud, bondad y divinidad, la sumisión a la voluntad del Padre, el propósito de su entrega total lo vislumbraron, reflejadas ahora en nosotros mismos.

            Amadas Hijas e Hijos, somos como el Niño Jesús fosforescente sobre la mesita en la recámara de un monje. Sin el contacto con la fuente de la Luz verdadera, que vino al mundo para iluminar a todo ser humano, nos quedamos opacados y tenebrosos, eclipsados. La confusión, la tentación, la monotonía, la vanidad y a veces el sentido del tremendo vacío de nuestra vida, nos oscurecen hasta que no disfrutamos la luz, y permanecemos como un triste muñeco de plástico en una mesita de una recamara oscura, esperando, siempre esperando, la luz, la felicidad y la salida de nosotros mismos. Esta fiesta de la transfiguración ofrece una opción y un reto para nuestra vida: o nos contentamos con las luces artificiales de un mundo pasajero y insustancial, o bien, optamos por la belleza de la luz de Cristo, que nos transforma al mismo tiempo que irradia por medio de nosotros hacia la vida en torno.

R.P. Konrad Schaefer OSB

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