Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilia 17° Domingo del tiempo ordinario

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Homilia 17° Domingo del tiempo ordinario

30 de Julio del 2017
por Benedictinos

Mateo 13,44-52’17

            Yo no había visto la familia desde hace un tiempo, y cuando nos vimos, comenté que no nos habíamos visto durante cierto tiempo; fue entonces que Manolito, de seis años de edad, comentó que había estado enfermo, que tuvo apendicitis, que se puso muy grave, y la familia se preocupaba porque su niño iba a morir; de repente, el niño agarró su pants y su playera, se los jaló para abajo y arriba, y exclamó: “Mira, donde me operaron; aquí está la cicatriz donde me cerraron con veinte puntos!” En una cicatriz de veinte puntos se escondía todo el drama de dolor, ansiedad y noches sin dormir de toda la familia.

 En una primera parábola habla Jesús de “… un tesoro escondido en un campo. La persona que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo”. Así se parece el Reino de los cielos. ¿Qué es el tesoro de valor inestimable, escondido bajo la tierra? ¿Y quién es la persona que labra la tierra, quién sacrifica sus bienes para comprar la parcela y adquirir el tesoro? Pues, el labrador es Dios, que nos toma de la tierra, nos modela y nos forma. El tesoro precioso somos nosotros. Cada ser humano es un tesoro valioso a los ojos de amable Dios, quien ve como somos, con aspereza y flaqueza, y te quiere para la eternidad, te desea tanto, que sacrifica todo, hasta su propia divinidad, para comprar el campo donde te encuentras y ganarte para sí mismo. Son buenas noticias éstas, que amable Dios quien nos creó y nos permite la libertad, luego se esmera en buscarnos, y sacrifica todo para tenernos de nuevo para siempre. Así se logra la salvación: no por nuestros méritos o esfuerzos, sino por la gracia de amable Dios que nos ama eternamente.

La segunda parábola es parecida: el Reino de los cielos se parece a un comerciante en perlas finas. Encuentra una perla valiosísima. Con el fin de adquirirla para sí mismo, invierte todo lo que tiene. Amable Dios es así, se sacrifica todo, hasta su propia divinidad, para recuperar su perla preciosa, una vez extraviada, ahora encontrada. La perla fina es el ser humano, cada mujer, cada hombre que, una vez perdida su dignidad, Dios la restaura.

            Jesús habla en parábolas del comerciante en perlas finas para tratar de almas humanas, porque existe una analogía entre las dos. Para crear una perla, se abre un absceso en la ostra, donde se implanta un granito de arena; a lo largo de una historia de dolor, después del proceso lento y doloroso en la herida del ostión, el absceso, luego el tumor se convierte en una perla. Tanto para los mariscos como para los seres humanos, para lograr una perla, se pasa por el sufrimiento; para lograr un alma perfecta, requiere paciencia en el dolor y en el amor. ¿La buena noticia? El amable comerciante de perlas te ve, valor tu dolor y todo el proceso del corazón para lograr todo su esplendor. El divino comerciante en almas finas nos quiere infinitamente, y hará todo para adquirirte, por lo cual, él sacrifica todo; une su sufrimiento al tuyo, clavado en la cruz y sepultado en el campo, para que, juntos, nos encontremos resucitados, gloriosos. Gracias a la misericordia y la paciencia de amable Dios, ustedes son las perlas finísimas a los ojos de Dios, quien sacrificó todo para tenerte y vivir contigo feliz toda la eternidad.

            Hoy, el 30 de julio, en el marco del Día Mundial contra la Trata de Personas, la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM abre un espacio de reflexión y análisis a la experiencia del maltrato de las personas, tanto el abuso físico, psicológico y sexual, como de nuevas configuraciones de maltrato, como lo de personas, niños migrantes, crimen organizado y maltrato institucional. Yo, Konrad, soy gemelo de Tomás en el evangelio de la resurrección, y quisiera poner mi dedo en la llaga, mi mano en el costado del cuerpo de Jesús, para constatar si de verdad es su cuerpo que sufre, y clamar por la sanación. A veces nos sentimos impotentes frente al misterio del sufrimiento. Pero, además, buscamos el sentido y el valor del dolor. En la teología hacemos una distinción entre una devoción y una liturgia. Una devoción se concentra en el interés particular; una liturgia abarca el bien de la comunidad. Recuerdo al niño Manolito, que descubrió los veinte puntitos que restaban de su apendicitis, que no era sólo una cicatriz en su cuerpo, sino un estigma que marcó ha historia de su familia. Pienso en la ostra que sufre un absceso por un granito invasor de arena, que hace lo posible para sanarse, mientras vive con el absceso. Pero llega el momento en que de lo escondido en la misma herida, por la paciencia y la atención, se sale, no un granito de arena, sino una perla fina. Y una perla no es algo que se esconde, sino se lleva visible para embellecer el cuerpo. De semejante manera, el maltrato que nuestra humanidad sufre, puede tener como triste efecto una humanidad que se encierra en sí misma, y se queda paralizada en el dolor, o bien, con el tiempo, el mismo absceso en el cuerpo de la familia o de la sociedad, se convierte en una perla fina de compasión, de sanación y esperanza para una humanidad herida. Es lo que Cristo hace en la cruz, desvela toda el sufrimiento del ser humano –físico, psicológico, y teologal– para que contemplemos nuestro sufrimiento, no sólo como una historia personal, clavado para siempre en la cruz, sino destinado a resucitar con Cristo en la Pascua, para la salud de toda la humanidad.

R.P. Konrad Schaefer OSB

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