Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilia 16° Domingo del tiempo ordinario

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Homilia 16° Domingo del tiempo ordinario

23 de Julio del 2017
por Benedictinos

Mateo 13,24-43’17

La parábola de la cizaña y el trigo presenta una situación ingenua, en el detalle que mientras todos dormían llegó el “enemigo” que sembró cizaña en la milpa. Sabemos demasiado bien que las malas hierbas brotan en nuestro campo sin que nadie las siembra. Pero a Jesús no le interesa tanto la agricultura como el cultivo de las almas. En el plan de la salvación, la buena semilla y la cizaña son dos clases de personas. Los campos de la agricultura y de la sociología se parecen: la semilla buena germina y crece junta con la mala. La cizaña parece más tenaz, sus raíces están más profundas; ella crece más rápido; nos impresiona su resistencia, a veces más que el maíz. Se comprende la reacción de los trabajadores que quieren el campo limpio: “Señor, qué no sembraste buena semilla…? De dónde… viene la cizaña? ¿Quieres que vayamos a arrancarla?” En la milpa de la sociedad, la buena semilla promete una cosecha feliz, se impacienta, no tolera a los vecinos nocivos y soberbios, menos comprometidos. Amenazada por la vecina cizaña, deseamos que la hierba invasora se vaya “a la goma” tan rápido posible. Sin embargo, la reacción del agricultor al problema perenne de la cizaña es realista: eliminarla equivaldría, también y con ella, arrancar el maíz y poner en peligro toda la cosecha. Mejor permitir que crezcan juntos hasta la cosecha y entonces arrancar primero la mala hierba, atarla en bultos, quemarla, y después almacenar el maíz en la troje.

La dura verdad es que vivimos juntos, buenos y malos. Para nosotros que vivimos en el cenobio, si no tenemos opción de arrancar la cizaña, una tentación es divorciarnos de ella. Pero nuestro Padre celestial no actúa de tal forma. Ignorar la existencia del mal no resuelve el problema; además, es ajeno al plan de salvación, que permite la coexistencia que los buenos con los malos, los productivos con los inútiles. Los amables y los soberbios crecen juntos en la milpa. Parece que Dios no distingue entre el cardo y el maíz, porque permite que crezcan juntas. Pero existe otra óptica: desde el punto de vista de Dios, aun la hierba mala, por los golpes de la vida, por un cambio en su forma de pensar y una conversión en su actitud, produzca un fruto o una flor, con la fragancia y el sabor de la gracia divina. Hablando no de la milpa sino de las almas, si la semilla vale su color de oro, ella obra para el bien de la cizaña, y resulta una hibridación, donde aun la cizaña se vuelve amena y amable, con el contacto con la buena semilla. En la milpa tal hibridación es imposible, pero a Jesús le interesa más la conversión de personas malas y actitudes corrosivas, más que la agricultura. El amable “alma-cultor” siempre espera que por fin las actitudes malas y resistentes se conviertan en caridad. Con esta parábola Jesús insinúa que lo bueno dura más, e influye en la conversión de lo malo.

Una parábola. Recuerdo que una vez estábamos limpiando un terreno, cortando algunos árboles que se habían muerto, para que crecieran los nuevos arbolitos. Un árbol grande y viejo, con ramas que no habían retoñado desde hacía años, que no prometía nada de valor se lo cortamos. Para nuestra sorpresa, cuando lo cortamos en pedazos con la moto sierra, descubrimos una vida inesperada. Dentro de unos nueve metros de la corteza hueca, carcomida por la humedad y los años, se había instalado una colmena. En este tronco, ahora hecho trizas por el serrucho, un enjambre había construido todo un caserón de cera donde las abejas nacían, crecían y trabajaban. Adentro, la vida prometida de los huevecillos y las larvas de abejas todavía por nacer y el zumbido de las obreras, y la dulzura de litros de miel almacenada. Aun en el tronco caído, las abejas continuaban su vida. Nos asombramos el contraste entre la muerte del árbol carcomido, y la nueva vida pulsante dentro de él. En la parábola, Jesús dice: “Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero”.

                        R.P. Konrad Shaefer OSB

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