Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 11º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 11º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

15 de Junio del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo 9, 36—10, 8

 

En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:

 —«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

 Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

 Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

 A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

 —«No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.

 Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».

Palabra del Señor.

Homilía:

Mateo 09,36-10,8’20

En el salmo responsorial, cantamos, “El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo”; los versículos siguen: “Reconozcamos que el Señor es Dios; él nos hizo y somos suyos; somos su rebaño … el Señor es bueno … es eterna su misericordia y su fidelidad nunca se acaba”. La tradición recuerda que David, un pastor, un músico, el rey, un adultero, el homicida del esposo de su amante, compuso este salmo. La tradición recuerda que Moisés, quien fue la mano de Dios para la liberación de los esclavos, quien recibió la ley en monté Sinaí, un día salió de la corte del faraón y, viendo el maltrato de parte de la guardia a un esclavo, en un arranque de ira, lo asesinó al egipcio y vivía mucho tiempo como fugitivo en tierra extranjera. La tradición recuerda que un Saulo-Pablo, que escribió a los romanos sobre la misericordia gratuita de Dios: “Todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado”, “Cristo murió por nosotros”, “cuando aún éramos pecadores”, “… enemigos de Dios”. La tradición asigna a Mateo, con nombre de Leví, como autor del evangelio y editor de las palabras de Jesús, “Gratis han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratis”; recordamos que un día en su despacho de fiscal, donde Leví ganaba su vida y aprovechaba de su oficio para estafar a la gente, entró Jesús y llamó a su discípulo Leví a seguirlo, mientras estaba en el acto de pecar.

Las lecturas reflexionan nuestra vocación, y la inesperada compensación de la gracia de Dios frente a la fragilidad del ser humano dejado a sí mismo. Cada lectura toca, a su manera, el encuentro desproporcional con nuestro amable Dios la grandeza del llamado frente a la pequeñez de quienes somos llamados. Pensemos en la elección del pueblo de Israel, esclavos en Egipto y, una vez pasado por las aguas de Mar Rojo, alimentado con el maná, refrescado con el agua que brotaba de la roca, aquel pueblo de “cabeza dura”, se quejaba contra Dios y se rebeló contra su siervo Moisés; sin embargo, el pueblo frágil, crónicamente falible, es llamado a convertirse en “un reino de sacerdotes, una nación santa”, y amable Dios los “levanta sobre alas de un águila”, para “llevarlos” a él.

San Pablo reflexiona sobre la gracia de Dios ante la miseria humana. El evangelio recalca lo mismo. Jesús, “llamó a sus doce, les dio poder para expulsar a los espíritus inmundos y curar toda clase de enfermedades” –en una palabra, a duplicar en sus propias vidas la misión de Jesús. Pero ¿a base de qué? De nuevo, por la gracia inesperada, la atención gratis de Dios. El evangelio termina con estas palabras de Jesús a sus apóstoles: “Han recibido gratis este poder; ejérzanlo gratis”.

Toda vocación cristiana, ya sea en la comunidad monástica, en casa, en el trabajo o la familia, tiene su raíz en la gracia, que se escribe “gratuidad”, destinada a florecer y dar fruto más allá de nuestros esfuerzos. Como Moisés en el Éxodo y Saulo-Pablo en la carta a los romanos, Jesús enseña que no hay proporción entre el llamado recibido y la tarea confiada. La misma vocación excede nuestras posibilidades. “La cosecha es abundante”, demasiado para nuestras fuerzas pobres, y “los trabajadores son pocos”. La necesidad es enorme. ¿Cómo lidiar con el desánimo, la sensibilidad, el miedo y la preocupación? ¿Cómo responder a tanta inseguridad, soledad y dolor durante la pandemia? “Las multitudes” el día de hoy, como las que siguieron a Jesús, “cansadas y desamparadas, son como ovejas sin pastor”.

Para asumir el doble desafío que se nos dirige, el de la inagotable misericordia de Dios como bálsamo a nuestra incapacidad, y el de la cosecha que excede nuestras fuerzas, Jesús da la solución: “Rueguen … al dueño de la mies …” En una palabra, es la oración sencilla y sincera, de que nos instruyó San Cipriano hoy en el oficio de lecturas. Porque es su amable Padre, quien enviará el Espíritu de fortaleza y amabilidad, de discreción y bondad, para conquistarnos por su gracia y ensanchar el horizonte de nuestra vida. Es cuando ya no tenemos miedo de los propios límites que seremos libres para vivir el exceso de amor al que Jesús nos invita: “Gratis han recibido este poder [de la gracia], ejérzanlo, pues, gratis”.

Hace poco, respecto a un monje que tenía dificultades en su vida personal, el crítico, dudando de la posibilidad de cambiar su carácter y sus modales, me preguntó, con la ironía del profeta Jeremías, “Puede un etíope cambiar el color de su piel? ¿Puede un leopardo cambiar sus manchas?” (Jer 13,23). La insinuación es que nadie, ningún ser humano puede cambiar como es. De acuerdo, no me puedo cambiar, soy lo que soy. Así es la postura pre-cristiana, o, diré “pre-gracia”. Dejados a nosotros mismos, los leopardos no podemos cambiar las manchas. Pero, en un contexto bautismal, en el contexto monástico benedictino, ¿dónde está nuestro voto de la conversión de costumbres?  Queridos Hijos, Jesús se compadeció de la multitud. Nos encontró abandonados “como ovejas sin pastor”; luego, se dirige a sus discípulos: “Vayan en busca de las ovejas descarriadas”.

En el libro del Éxodo, el autor esboza una maravillosa caricatura cinemática sobre la obra de la gracia en nuestras vidas (Exod 19,2-6). Dios dice a su pueblo y a nosotros: “los he levantado a ustedes sobre alas de águila y los he traído a mí”. Pienso en las águilas en las montañas, y cómo aprenden los aguiluchos a volar. Llega el día de aprender a volar, allá arriba en los escarpados peñascos. De repente, el águila arroja a su cría del nido y, mientras el aguilucho con sus alas inexpertas cae al aire libre, el águila vuela, alcanza al pequeñuelo y lo sostiene sobre sus alas, mientras aprende a remontarse y cernirse con sus propias alas. Moisés, en esta caricatura teológica, dibuja la gracia de Dios, gracia que nos sostiene en el voto de conversión, gracia que trabajó la conversión de David, Moisés, Saulo-Pablo, gracia que hace posible que el leopardo cambie sus manchas, gracia que enseña al torpe aguilucho, cayendo en el aire, a volar, como su Padre Dios vuela libre y noble. Hoy en la misa, pedimos en la oración colecta, “Señor Dios … sin ti nada puede nuestra debilidad, danos siempre … tu gracia, para que, cumpliendo tu voluntad, te agrademos con nuestros deseos y acciones”.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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