Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Santísima Trinidad - Ciclo A - 2020

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Santísima Trinidad - Ciclo A - 2020

07 de Junio del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,16-18):

 

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Juan 03,16-18’20 (Santísima Trinidad)

            San Pablo concluye su carta con una bendición: “La jaris de nuestro Señor Jesucristo, el ágape del Padre y la koinonía del Espíritu Santo estén siempre con ustedes” (2 Cor 13,13), frase que expresa la riqueza de la santísima Trinidad, misterio que se desarrolla en tres vertientes: la jaris –gracia, alegría– que nos salva en Cristo Jesús, el ágape del Padre que nos acompaña desde antes del tiempo, la koinonía o la vida compartida que nos forma como pueblo de Dios, la Iglesia.

El evangelista Juan despliega el misterio de la “gracia del Señor Jesucristo”: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. En la vida, la muerte y resurrección de su amado Hijo, Padre Dios se revela como al Amor quien se entrega sin condiciones. En la persona de Jesús, Dios diseña al ser humano nuevo, reflejo de amable Dios, que adopta las costumbres de Dios, descubre su propio valor y alcanza su dignidad plena. Cuando el Amor sacrificado en la cruz abre la puerta a la humanidad para que entre en la vida de Dios, se rompen las cadenas del hombre encerrado en sí, nos libera de nuestra esclavitud y nos encausa hacia la vocación eterna: la gracia y el ágape y la vida compartida.

El misterio del don de sí mismo hasta el sacrificio en la cruz hunde raíces en el largo recorrido del amor de Dios. ¿Cómo fue con Dios antes de la creación? Imagino a Dios eterno sin a quien amar. Que Dios vive y ama, pero sin persona que amar. Si la fuerza de amar es generar, de su amor empezaron a salir cosas –astros, montes y valles, plantas peces, cangrejos, colibrís y elefantes, árboles– un jardín, donde vivía la magnífica expresión de su amor, el hombre y la mujer. Dios es amor, y la prueba definitiva de su amor es engendrar a un ser libre de devolver el amor recibido, o libre de no amar, libre de ser amado o de rechazar el amor. De Dios, la creación sale de su amor, y el amante no exige recompensa. Pero … ¿el divino amante quiere ser amado? Desde la creación este misterio de amor atraviesa todas las Escrituras, desde el Génesis hasta el Apocalipsis y las bodas del cordero con la Iglesia, la nueva humanidad. Es lo que expresa la descripción de Dios a Moisés en el monte Sinaí: “Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel” que “perdona nuestras iniquidades y pecados”. ¿Para qué? Para que nosotros nos volvamos “compasivos y misericordiosos”, y que reconozcamos al amado Dios como “Padre nuestro”. (Si así es nuestro Padre, ¿no se espera lo mismo de sus hijos e hijas?)

Pero no vivimos este regalo de amor con nuestros propios motores. El amor, la alegría y la paz superan las fuerzas limitadas del hombre y la mujer. ¿No me creen? Mira la creación lastimada, o la familia lastimada. Dejados a nosotros mismos, respondemos a nuestra vocación sin la gracia, que proviene de Dios. San Pablo especifica que esta gracia se vive como “koinonía”, compartir la vida que se recibe. En este detalle, nos asemejamos a Dios eterno, quien no se contenta con vivir amando sin persona que amar. La santísima Trinidad es el misterio del Amor que, amando, no se encierra en su pequeña comunidad de Tres, se expone a sí mismo, porque él es gracia, amor y “vida compartida” (koinonía).

Este misterio del amor no se detiene en Dios. Cada uno de nosotros, “creado a imagen y semejanza” de Dios-Amor, tiene la vocación de asemejarse a él, y a la vez, de ser generado por su amor. Es lo que reflexiona san Pablo, para quien la vocación de amar se proyecta en el rostro del hermano a quien Dios pone de frente –a veces, el rostro difícil de reconocer– y que, de cierta manera, se convierte en un incentivo a amar, un llamado a querer lograr nuestra vocación a amar! Así, como eterno Dios, Uno y Com-Unidad de Tres, en su grandeza creó al ser humano libre de reconocer o rechazar a la comunidad, semejanza e imagen de Dios quien no nos creó solos, aislados, sino vinculados en la gracia, el amor y la comunidad, siempre con la capacidad de decidir de amar o no amar, de encerrarnos en lo propio o formar enlaces de amor y alegría.

Pero, Queridos hermanos, aprender a amar, aunque parezca atractivo al principio, pronto nos lleva a tocar la herida íntima que, desde el primer pecado, marca todo intento de amar. Gustamos o no, nos damos cuenta, con dolor, de que no sabemos amar y que, dejados solos, somos torpes en amar. Deseamos amar, si, pero solitos no podemos. Buscamos una satisfacción, un amor recompensado y, frente a esta verdad, confesamos que no somos Dios, y nos quedamos con las ganas. Por eso san Pablo anima a los corintios con una bendición. ¡Porque solo Dios nos da la fuerza para amar! Solo él rompe las cadenas que nos esclavizan a nosotros mismos, y nos engendra como nuevos, para amar. Porque su nombre es Amor, y “Dios es ágape: quien permanece en el ágape permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16). Sin él, sin su koinonía –vida compartida– del Espíritu, sin la gracia – alegría– del Hijo y el ágape del Padre, no logramos la vocación sublime: convertirnos en un icono de la comunidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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