Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo de Pentecostés - Ciclo A - 2020

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Domingo de Pentecostés - Ciclo A - 2020

01 de Junio del 2020
por Benedictinos

 Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):

 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 Palabra del Señor

  

Homilía:

 

 Pentecostés’20 (Amable huésped del alma)

            San Benito comenta que el huésped nunca falta en el monasterio, y que puede llegar a cualquier hora (RB 53.16). A veces se lo espera con habitación preparada, el hospedero desvelado; en ocasiones, por un imprevisto en el camino no llega hasta después. Puede llegar tarde, a medianoche, a cualquier hora. A veces requiere atenciones especiales, o su presencia alborota y altera el ambiente. Tres veces san Benito advierte que todos los huéspedes sean recibidos como el mismo Cristo (RB 53.1,7,15). Comenta que, después de orar con el huésped, para frustrar las ilusiones diabólicas, se le dan el ósculo de la paz.

Entre todos los huéspedes, hay uno que se instala en el alma de modo tan discreto que casi no se percata su presencia. Entra en la casa, pero no llama la atención a sí mismo; se comunica, pero por su silencio; favorece la salud y la tranquilidad; no entra en polémica con las personas, no reclama ningún derecho para sí, como la llama que se posa sobre la zarza y no la consume. El amable huésped del alma nos visita e irradia la paz; es tan humilde que su presencia se la puede pasar por alto, por el ruido, el ajetreo que a veces toma posesión del alma. En el mundo que gira, este amable huésped, el Espíritu Santo, es el eje firme; en un mundo estancado, es la efervescencia. Con honor no fingido, él saluda a quien tiene poca gracia; su serenidad transforma, refresca y suaviza el ambiente a veces estresado. El amable huésped del alma, me refiero al Espíritu Santo, consuela —me pregunto si el infinitivo consolar o el sustantivo consuelo se relaciona con la raíz con + suelo, “contactarse con el suelo”, o bien, si el sustantivo consolador, que se atribuye al Espíritu Santo, tiene algo que ver con la solidez, “volverse solido”; parece que no, pero es una feliz coincidencia—.

            Ahora en plena luz rojo del covid, la voz del amable huésped del alma nos llega como una brisa suave, casi imperceptible; frente al contagio y a la muerte, él no se excita ni se angustia, sino anima; él infunde “consuelo”, en medio de la incertidumbre y el llanto. Por su poderosa humildad, él ocupa la última habitación, y, cuando todas las voces se cansan de gritar, lo reconocemos como la fuente de la paz interior, el agua limpia que brota del manantial turbio.

            Cansados, todos rendidos por la vida anormal que se está volviendo la regla, el amable huésped se sienta en el suelo y toma en sus manos tus pies, lava las inmundicias, y con el agua fresca, revitaliza la aridez; los unge con miel, vino y aceite para aliviar el estrés y el dolor del alma. Ante la soberbia, el Espíritu Santo no se alza, sino se inclina; ante la frialdad, su calidez restaura la salud y el buen celo; entre sendas tortuosas y revueltas, él acorta la distancia hacia la paz. El amable huésped no reclama nada para sí mismo, no se impone, sino regala, siete veces por uno; él llena el manto hasta desbordarse, con una medida generosa, apretada, sacudida y rebosante (cf. Lc 6,38) de preciosas regalías. Con él, el gozo es firme, porque sus frutos saben a vida eterna. Él, un manantial del cual cada día se saca la fuerza, inspiración y vitalidad, de sus pechos abundantes “se saciarán de sus consuelos, y saborearán las delicias” (Is 66,11).

            Queridos Hijos, hoy en Pentecostés, llamas de fuego se posan sobre la zarza del corazón, sin consumirlo, fuego que refresca, respira vida, como el fuego del horno donde tres jóvenes en Babilonia bailaban y cantaban al Señor, rescatados de la muerte a manos de la peste del pecado de los oprimía (cf. Dn 3), como el carro con sus caballos de fuego que arrebató al profeta al cielo, hasta el corazón de Dios. Gracias, gracias, amigo del alma, gracias. Tu ósculo, al recibirte como huésped, es toda gracia.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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