Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 5º de Pascua - Ciclo A - 2020

Volver

Domingo 5º de Pascua - Ciclo A - 2020

11 de Mayo del 2020
por Benedictinos Cuernavaca

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-12):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice:

«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice:

«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica:

«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Juan 14,1-12’20

            Una pintura ilustra la búsqueda del sentido de Dios: En una caverna luminosa, Moisés, de pie, y detrás de él, Dios extiende la mano y la descansa sobre el hombro de Moisés; la otra mano cubre sus ojos. En una grieta dos tórtolas anidan, y de la misma pared brota un granado, cuyas ramas en forma de cruz exhibe su fruto maduro. Este icono recuerda el evangelio, donde el apóstol Felipe pidió, «Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta», solicitud que se oye tres veces en la Biblia. En el Cantar de los cantares, el Amado implora a su amada (Ct 2,14): «Paloma mía que anidas en las grietas de la roca … déjame ver tu [rostro], hazme sentir tu voz … suave, el rostro de gracia». En la ocasión retratada en el icono, Moisés (Ex 33,18), frente a un conflicto del pueblo, se dirigió a Dios, «Señor, muéstrame tu [rostro]». Dios responde que no se puede mirar de frente al Señor y seguir con vida. Es cuando el Señor se pone detrás, cubre sus ojos y, una vez que pase delante, él quite la mano para que Moisés vea su espalda, y exclama (Ex 34,6): «Mi Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento para enojarse y rico en amor y fidelidad … por mil generaciones, que tolera las culpas y la rebeldía …». Moisés, rostro por tierra, pide (Ex 34,8-9): «Ahora, mi Señor, mírame con tu favor, camina con tu pueblo …».

            Esta entrevista entre Dios y Moisés nos confirma que a veces no se distingue la presencia de Dios, no vemos su rostro, en el contagio y la contingencia, pero, aun con los ojos cegados, Dios pasa delante, y se mira su espalda, sus huellas trazados por el camino. Presente está, su mano sobre el hombro.

En la noche de la última cena, Jesús afirma: «En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones». Con esta frase responde a una necesidad básica en la vida: la de estar en casa, lugar seguro y tranquilo. Jesús mismo nos reserva a cada persona una morada junto al Padre, palabras que respiran consuelo. Tres días después de su muerte, sale a nuestro encuentro desde las moradas celestiales para conducirnos al lugar preparado para cada persona junto al Padre eterno. Entonces, sí, estaremos recibidos en el amor más fuerte que la muerte.

            En el evangelio, tengo un amigo, Tomás (14,5). «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» La figura del «camino» advierte a cómo orientarnos en el tiempo, con sus sorpresas, con los vecinos diferentes y en un ambiente tenso que exhala inseguridad. Se trata del camino correcto entre tantas vías alternativas que se nos ofrecen. La insistencia de Tomás, «¿Cómo saber el camino?», pregunta sobre el sentido de la existencia. Jesús responde con la fórmula «Yo soy», que recuerda la revelación de Dios en la zarza ardiente. El «Yo soy» confirma la presencia de Dios en la incertidumbre. Y siempre confirma una relación con Jesús, que ofrece lo básico en la vida: de alimento (“pan bajado del cielo”), de sentido (“luz del mundo”), de la muerte (“la resurrección y la vida”), de la tutela (“Yo, el pastor excelente, ustedes mis ovejas”), de pertenencia (“Yo, la vida, ustedes los sarmientos”).

            Ahora Jesús se identifica con el camino, el que nos conduce a la verdad, a la conciencia limpia y al conocimiento de nosotros mismos. Jesús es el camino y, a la vez, el punto de llegada. Su persona, su modo de ser, traza el camino que nos conduce hacia la verdad, camino hacia la vida. Para nosotros los monjes, esta amistad con Dios se expresa por el voto de la conversión de costumbres, que conduce en la trasformación de la propia vida de acuerdo con la enseñanza de Jesús, el voto de la conversión implica ir dejando atrás lo de nosotros que no se conforme con Jesús.

            A los discípulos se les hace difícil creer algo tan grandioso. En su corazón se despiertan toda clase de dudas e interrogantes. También a nosotros sucede algo parecido. ¿Cómo podemos conocer el camino que conduce a la vida? Junto con Felipe, con Moisés y con el amado en el Cantar de los Cantares, pedimos, con algo de impaciencia, «Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta». Y el consuelo es real, por llegar del mismo Jesús: «No tengas miedo, porque yo voy a prepararles un sitio en la casa de mi Padre». En este clima se entienden sus palabras: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». En la amistad con Jesús, se va descubriendo el camino más acertado para vivir, la verdad más segura para confiar, el secreto más esperanzador de la vida. Y, como en el icono de Moisés, a quien le urge ver al rostro divino, Dios se nos acerca, nos abraza de por detrás, y cuando él mismo pasa por delante, quita la mano de nuestros ojos, para que veamos su espalda, prueba de que, sí, realmente ha pasado por aquí antes de nosotros; él, el camino, que a la vez se identifica con la meta, la verdad, es nuestra vida.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

Volver