Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 4º de Pascua - Ciclo A - 2020

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Domingo 4º de Pascua - Ciclo A - 2020

04 de Mayo del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,1-10):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Juan 10,1-10’20

Queridos Hijos en san Benito y en el buen Pastor, Afirma Jesús, "Yo soy la puerta de las ovejas". En una casa la puerta separa lo de afuera de lo interior; en la vida espiritual, la puerta se abre para dar acceso al interior de la persona; también permite salida, o bien, la puerta cerrada no permite libre acceso a la vida feliz adentro de la casa, y tampoco permita salida al aire libre.

Cuando Jesús nació en nuestra carne, el Hijo del Padre, se convirtió en la puerta, y nos abrió a un aprecio nuevo del ser humano. Se encarnó no solo para abrirnos el misterio del corazón de Dios, sino también para que logremos a valorar la propia persona. Al revelarnos la belleza de Dios en nuestra persona, su ternura y eterna misericordia, tocó y sanó nuestra angustia crónica, armonizó las voces disonantes en la vida interior, nos absolvió el pecado y descubrió de nuevo el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. Ahora, cuando Jesús afirma que él mismo es la puerta por la cual entramos en el corazón de Dios y nuestro propio corazón, nos inspira a abrir la puerta cerrada, acomodar las cosas en la casa, abrir acceso a las hermanas y hermanos para que encuentren la puerta, Jesús, en sus corazones, la vida sana y plena.

La imagen de la puerta está rica de alusiones. Hermano, ¿Una vez te soñaste no poder encontrar la puerta de la casa, y te inquietabas en su sueño sobre cómo entrar por la puerta cerrada? Cada uno de nosotros está encerrado en su propia historia. A veces damos vueltas solo por fuera, en el pensar, el orar, a veces con difícil acceso al cuarto íntimo, donde encontramos la tranquilidad, el valor. Jesús se identifica con la puerta a este lugar interior y desconocido. Él nos regala la llave, él toca la puerta y, cuando la abrimos, él entra y come con nosotros. Gracias a la amistad con Jesús, entramos en contacto con nosotros mismos, cómo somos de verdad; a veces la luz de Jesús me hace sentir mal, incómodo con quién soy, cosa que puede motivar para encontrar la salud.

Cuando escuchaban y miraban a Jesús, los discípulos llegaron a conocerse a sí mismos—las bienaventuranzas, las curaciones, la convivencia. A través de Jesús, podían entrar, como por la puerta, en su interior y sentirse como en casa. Y éste es una enseñanza del evangelio hoy: en la medida en que reconozco a Jesús, me conozco a mí mismo; en la amistad con Jesús la puerta abre acceso al conocimiento de mí mismo, a la vida interior, al valor humano, redimido de su ser enclaustrado en sí. Jesús es la puerta para entrar, y luego, salir a los pastos abundantes. Por esta puerta no sólo encontramos el acceso hacia nuestra verdad interior, sino también una salida hacia afuera en libertad. Por medio de la puerta que es él mismo, encontraremos el camino hacia los pastos que nos nutren.

El salmista elogia a Jesús el pastor: “En verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo en honor a su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 23). Es estupenda esta confesión: nada temo cuando camine por cañadas estrechas y oscuras, “porque tú vas conmigo”. En la angustia, en por las cañadas oscuras, de repente, Jesús se acerca, y el poeta, quien hasta ahora ha hablado de Dios en tercera persona, lo pone delante de sí: “Tú vas conmigo”. En Jesús, realmente presente en todo momento, encontramos la vida y la salvación. Por la puerta encontramos nuestra verdad—Jesús, la puerta hacia la vida plena, y la vida no enclaustrada por los límites de nuestro cuerpo y de la historia personal—.

            Jesús afirma, «Yo soy la puerta», una puerta que cada persona, con la gracia de Dios, abre o cierra. Quien la abre, cruza un umbral hacia un horizonte nuevo: una manera nueva de comprender su propia existencia y vivir feliz. Jesús nos comparte tres motivaciones en esta parábola de la puerta: Primero, dice, «Quien entre por mí se salvará». La vida tiene muchas salidas. No todas llevan a la vida plena. Quien, de alguna manera, se sintoniza con Jesús y trata de seguirle, entra por la puerta correcta. En segundo lugar, Jesús afirma que quien entra por él «podrá salir y entrar». Por esta puerta entra en un espacio donde vive libre de los atajos, pues se deja conocer y guiar por el Espíritu de Jesús. Entra y sale, pasando a través de esa puerta que es Jesús, y se mueve siguiendo sus pasos. La tercera motivación: quien entre por la puerta Jesús «encontrará pastos», no pasará hambre ni sed. Encontrará alimento nutritivo y abundante para vivir.

            Queridos hijos, es maravillosa la parábola de Jesús, la puerta. Entonces … entonces …, ¿por qué me siento triste? … Triste, porque tardo tanto tiempo en hallar la llave para entrar y salir por esta puerta tan sublime, que promete tanto consuelo.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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