Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 3º de Pascua - Ciclo A - 2020

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Domingo 3º de Pascua - Ciclo A - 2020

28 de Abril del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

  

Homilía:

 

 Lucas 13,13-35’20 (“contingencia”[1])

 

El mismo día de la pascua dos discípulos salen de su encierro en Jerusalén; se alejan del lugar donde Jesús fue crucificado, pero llevan a Jesús en el corazón y en la boca; ellos “conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado”. Mientras caminaban, su conversación no les llevaba a ningún lugar, porque la contingencia no se deja captar con seguridad, la nueva vida resucitada todavía estaba oculta a sus ojos de la cabeza. Los dos caminantes hacia Emaús es una caricatura de muchas personas el día de hoy. Lo normal ya no es normal, y ¿qué nos espera el día de mañana?

Como nos recalca Emaús, la muerte se nos presenta con tantos disfraces y con tanta insistencia, sí, tenemos miedo del arrebato desde la vida “normal”, y nos descontrola pensar en el paso hacia un mundo desconocido. ¿Cómo celebrar la Resurrección y al Vida, mientras la contingencia está tocando las puertas de las casas y perturbando el corazón?

En el evangelio, la descripción es fina en los detalles. Los dos caminantes “discutían”. No estaban seguros de su decisión de apartarse de la comunidad en Jerusalén, ni se habían puesto de acuerdo. No era una charla a gusto—desacuerdo mezclado con la desilusión, que se sube a la recriminación uno del otro—. Y la tristeza. Llega un tercero, quien les pregunta, “¿De qué cosas vienen discutiendo, tan llenos de tristeza?”

A la pregunta, “¿De que cosas vienen discutiendo”, Don Cleofás responde al desconocido de manera brusca; le hace notar que es el único forastero que no sabe lo acontecido en Jerusalén. Jesús, paciente, no le responde con el mismo tono; lo invita a sacar la amargura, desenmarañar la desilusión que lo destruye por dentro: “¿Qué cosa?” Cleofás hace un resumen de la historia de los discípulos con Jesús y de sus expectativas abortadas. [Todos los verbos están en pasado.] El futuro se estrella contra la contingencia de la cruz, que zarandeó su vida “normal”.

¿Qué sucede aquí? Nos acostumbramos a ver a Jesús de una manera. Al verlo muerto, no es fácil reconocer a Jesús Resucitado. La resistencia y el lento acercamiento a la verdad de los dos caminantes es una tormenta interior que refleja la oscuridad que nos visita a veces, con los cambios abruptos. Ahora llega el leve reproche: “¡Qué insensatos son ustedes y duros de corazón para creer todo lo anunciado por los Profetas”. Solo una paciente y frecuente amistad con la Palabra de Dios ayuda a entrar en el misterio del Dios cuyo amor nos redimió de la muerte.

Con el discurso del caminante desconocido, una llama volvió a encender entre los rescoldos cubiertos de las cenizas de la contingencia. Al llegar a su destino, no querían quedarse solos: “Quédate con nosotros” … “Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino”. Comienza la Pascua. Queridos Hermanos, raras veces Dios se impone o irrumpe de un modo dramático en nuestra vida. Se presenta, y nos deja libre. Por la “suave brisa” en una conversación se entromete en nuestra conciencia y en la agenda. Ahora, tres caminantes cansados merienden juntos, y en el gesto sencillo, cuando el invitado huésped de repente se vuelve anfitrión, nuestros ojos torpes se abren al misterio de la muerte y la resurrección que sigue.

Luego, otra sorpresa. Nada más verlo, se desvanece. La presencia de Dios elude, se nos escapa, pero es real, y se da en una pequeña comunidad de hermanos que oran y laboran juntos y dejan puerta abierta para la llegada del huésped. En la misa de Emaús, no bastan las Escrituras a lo largo de la caminata; hace falta poner sobre la mesa el símbolo de la muerte y la vida nueva que nace del amor eterno: granos de trigo molidos, el agua y el fuego del Espíritu Santo, pan sacado del horno, bendecido, partido y compartido. Ahí está el Resucitado, para los ojos que ven. Oh, en este misterio eucarístico hay luz suficiente para quien cree, pero también hay suficiente oscuridad para quien resiste creer, por la tristeza, por el miedo, por la discusión y la recriminación.

Hace algunas horas, cuando los discípulos se apartaron de Jerusalén, llevaron la muerte en el corazón. Pero al indagar sobre la muerte encontraron la vida, no la vida “normal” de antes, sino vida con sabor nuevo, él de una pequeña comunidad que celebra la Eucaristía, con corazones ardientes; los caminantes regresan a la ciudad de la contingencia con su experiencia con el compañero Jesús, y cómo lo habían reconocido Resucitado al partir el pan. En sus corazones donde todo parecía abatido, renació la esperanza.

Queridos Hijos, ¿no es esta la esencia de la vida cristiana y la vida monástica: entablar amistad con la Palabra de Dios, partir y compartir el pan y volvernos nosotros el viandante desconocido que se hace cercano, en oración y obras, a los desalentados, a los que pierden la esperanza de que la vida pueda nacer de una contingencia? La vida monástica ejemplifica la “con-tin-gencia”, que se refiere a “tocar con” o “alcanzar” (con + tangere), pero es alcanzar algo, tocarlo, sin tenerlo seguro en la mano; contingencia se refiere a dejarnos llevar por la búsqueda, la espera, a saber, que a la muerte se sigue la Resurrección y la vida nueva.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

[1] El vocablo contingencia hace referencia a las cosas que pueden suceder o no suceder, a acontecimientos probables pero no seguros.

 

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