Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Sabado de Gloria - Ciclo A - 2020

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Sabado de Gloria - Ciclo A - 2020

20 de Abril del 2020
por Benedictinos

Mateo 28,1-10’20

  

Pasado el sábado, todo el mundo se enfoca en un socavón en el cerro, sellado con una loza. Estamos esperando. La humanidad está dividida en dos, cada grupo testigo de los acontecimientos en la madrugada del «primer día» de la nueva creación. Todos sienten miedo. Un grupo, representado por María Magdalena y su compañera, fueron a ver (theoreo), a reflexionar aquel sepulcro nuevo, la cuna que acogió como segundo vientre el cuerpo envuelto en lino blanco, sepulcro sellado con una piedra pesada y custodiado por la guardia romana, el otro grupo. El evangelista es experto al poner en contraste la guardia con las mujeres. Ellas madrugaron, se desplazaron, inspeccionaron el sepulcro vacío; luego, encomendadas del anuncio de la resurrección; partieron del sepulcro a toda prisa; al encontrarse con Jesús resucitado, se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. En contraste, Mateo pinta a los vigilantes como estatuas: temblaron de miedo y se quedaron como muertos en el suelo (v. 4).

¿Qué hay de este contraste, mujeres movidas y el guardia como muertos? Representan dos actitudes frente a la irrupción de Dios en la vida. Por un lado, si un ángel entra en mi vida y quita de encima la piedra que me bloquea, algo dentro de mí se pone en movimiento y puedo comulgar con la resurrección. O bien, algo dentro de mí se resiste a esta novedad de la piedra removida.

¿Qué hay del guardia de la muerte? Además de aquel junto al sepulcro, también hay guardianes en el alma. Es el guardia que quiere que todo se quede como está, que nuestra persona se quede atrofiada; esta guardia no quiere que se levanta el rostro de quien fue bautizada en la muerte y resurrección de Jesús, sino, más bien, que se quede encerrado en el cofre del miedo y del luto.

El evangelista describe dos reacciones al descenso del ángel, el terremoto y el quitar la piedra. Una es la caída de los vigilantes en el sepulcro. Otra es que la resurrección se hace visible en la propia vida, y se manifiesta en la reacción y el movimiento libre de las mujeres. Ya no estamos bloqueados por la piedra que nos paraliza la vida; nos levantamos y el guardia de la muerte no nos detiene.

El ángel sentado sobre la piedra se dirige a las mujeres asustadas: «No teman; buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado» (v. 5). El ángel les invita a entrar e investigar el sepulcro, a confiar en el anuncio. Mateo recalca su gran alegría, alegría salpicada con el miedo.

Queridos Hijos, Frente al coronavirus, hay un esfuerzo mundial de parte del equipo médico y sanitario, de los gobernantes nacionales e institucionales de colaborar entre sí frente a una pandemia; la sociedad está poniendo todas las pilas para hacerse responsable frente al combate de vida y muerte—vida como nosotros la conocemos y muerte de algunas modales e ideas acostumbrados—. Y esta Pascua nos preguntamos, además de cómo los estragos del virus repercuten en la economía, ¿cómo respondemos a la llamada de Dios? ¿Qué nos dice el ángel de la fe? ¿Aguantamos con las herramientas de todos los días al enfrentar la crisis? O bien, nos preguntamos, como creyentes, ¿cómo Dios nos llama—¿cómo Dios me llama?»—a responder en la fe y la esperanza, y como crecer en la caridad en esta contingencia? En tiempos como esto, de miedo, de desafío, del alma dividida, ¿cómo nos consuela el ángel de la fe?

Ante la pandemia del coronavirus somos conscientes de los efectos negativos, los escuchamos cada día, pero también nos despierta bruscamente el peligro mayor, que siempre amenaza a detener al individuo y a la sociedad: la ilusión de que todo esté en nuestras manos, que todo siempre debe estar a todo dar. Pero nos equivocamos con tales ilusiones, porque no lo podemos todo y no vivimos siempre seguros. Como las mujeres frente al sepulcro cerrado y de repente abierto, nos sentimos frágiles, tenemos miedo frente a la vida sacudida desde sus fundamentos, pero el mismo miedo no nos detiene a levantarnos y seguir con la vida.

En el evangelio de la resurrección todos tienen miedo, las mujeres y la guardia, pero unos, congelados por el miedo, no se mueven, se quedan como muertos. Otras se mueven, entran en contacto con Jesús y anuncian el evangelio de la resurrección y la nueva vida, nacida de este vientre en la tierra. Al final del evangelio, Jesús resucitado aparece y da nuevas fuerzas a las mujeres. Les dice, como antes el ángel les había dicho: «No teman, vayan y anuncien a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

¿Vayan a Galilea? Este nombre respira esperanza. «Galilea» es la vida normal, la vida cotidiana. Después de la contingencia, después de los debidos cambios como secuela de ella, vamos a decir el uno al otro: «Ya pasó; el Viernes Santo fue ayer». No nos quedemos pasmados, inertes, como los soldados caídos en el suelo; respiremos la esperanza de la nueva vida que nace de este sepulcro.

Queridos Hijos y Hermanos, Cantemos juntos el Aleluya: Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Queridos Hijos, ¡Felices pascuas de la Resurrección!

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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