Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Viernes Santo - Ciclo A - 2020

Volver

Viernes Santo - Ciclo A - 2020

20 de Abril del 2020
por Benedictinos

Viernes Santo’20

Este año, mientras el corazón global está conmocionado por la pandemia del coronavirus, nos fijamos en los acontecimientos de un Viernes Santo atemporal—o mejor dicho, «tras temporal»—porque no se limita a un día en la agenda, sino representa una experiencia propia de todo ser humano que siente un fallo técnico en su persona y en el mundo como nosotros lo conocemos. La pandemia es como una bestia que entró la casa y se escondió y no sabemos dónde o cómo o cuánto tiempo, y no queremos hablar de ella, aunque está en primer plano de la conciencia, pero no nos ha tocado, pero sí nos toca en el espíritu, y la vida sigue normal pero bajo limitaciones anormales, que hoy seguimos comiendo y ajustando las cuentas a saber que mañana no tenemos asegurada la despensa en el mercado; sabemos que nos afecta la vida pero «todavía no»; la «fase número 3» comienza hoy, pero la pandemia todavía nos toca, pero la familia, los más vulnerables, nuestros queridos ancianos … y no los vemos, por el aislamiento forzada, intentamos ocuparnos de algo, distraernos, y realmente no sabemos si lo que sembramos o reparamos el día de hoy tiene vigencia el día de mañana.

Todo esto es típico de la tensión «bipolar» de Viernes Santo. Nos llama la atención que, en los evangelios sinópticos, la luz del día está eclipsado durante 3 horas, desde la hora sexta hasta la hora nona, cuando se oyó el grito desgarrador desde la cruz, «¿Elí, Elí, ¿lema sabajtani?» (Mt 26,46)[1]. En el evangelio de Juan ahora proclamado, no hay oscuridad, porque Jesucristo, la Luz del mundo y del alma, está subido a un poste como un reflector en un estacionamiento!

La tensión teologal del Viernes Santo se siente en el doble rostro del ser humano, que se resalta en el icono cinemático de este día. ¿El doble rostro?

Comencemos donde Hno. Damián inició la lectura de la Pasión. Judas Iscariote, acompañado por una patrulla de soldados y policía, llegó con lámparas, antorchas y armas, al jadín Getsemaní. Jesús salió a su encuentro y les preguntó: «¿A quién buscan?» Parece un examen para el ingreso al noviciado. San Benito legisla (cf. RB 58.7-8): «Tenga solicitud en observar si realmente busca a Dios, si es celoso para el Oficio divino, la obediencia y los oprobios. Enséñenle de antemano todas las cosas duras y ásperas por las cuales se va a Dios».

A la pregunta de Jesús, ¿A quien buscan?, Judas con la pandilla le contestaron: «[Buscamos] a Jesús de Nazaret». Jesús les respondió, con voz que da eco de la zarza ardiente en el desierto al umbral de la historia del éxodo: «Yo soy». Se repite el interrogatorio, «¿A quién buscan?» y de nuevo la respuesta «Yo soy».

Es aquí donde san Benito entra de nuevo en escena. Fiel al evangelio de Mateo, Benito cita la pregunta de Jesús a Judas: «Amice, ad quid venisti?»—«Amigo, ¿a qué has venido?», o bien, «Amigo, ¿hasta dónde has llegado?» (Mt 26,50; cf. RB 60.3). En la puerta de la entrada del monasterio Mount Angel, la placa está grabada con esta pregunta, y cada vez que uno pasa, se enfrenta con este recuerdo: «Amigo, ¿por qué estás aquí?».

¿A quién buscan? Jesús respondió dos veces, «Yo Soy», que nace en el Éxodo, y además, recuerda una letanía de advocaciones a lo largo del evangelio: YO SOY el pan de vida (6,35.48.51), YO SOY la luz de mundo (8,12; 9,5), YO SOY la puerta del rebaño (10,7), YO SOY el pastor hermoso (10,11), YO SOY la resurrección y la vida (11,25), YO SOY el camino la verdad y la vida (14,6), YO SOY la vid verdadera (15,1)—Jesús se ofrece como nuestro principio y hogar eterno en el corazón de amable Dios—.

Pero, en el genio del evangelista Juan, nos vemos en un espejo roto, porque, mientras resuena el «YO SOY» de Jesús, en el jardín—jardín es rebosante del Génesis donde recibimos nuestra primerísima dignidad, imagen e icono del mismo creador, dotado de la misma respiración/espíritu de Dios, también a la pregunta, como en su interrogación de Pilato: «Entonces, ¿tú eres rey?» (Jn 18,37), Jesús responde, «SOYYO». En Jesús nos vemos como en el espejo, pero espejo rayado. Porque junto con la belleza del rostro humano, el «YO SOY» de Jesús que resuena a lo largo del evangelio, su contraste está entre paréntesis, el «Yo no soy», del espejo roto. El otro rostro, desfigurado en el espejo, es representado por el discípulo. Pedro, entrando por la puerta del atrio, se encuentra con una portera, quien le pregunta: «¿No eres tú uno de los discípulos?» (18,17), y Pedro responde: «Yo no soy»; luego, calentándose junto a la fogata, le preguntaron de nuevo, él lo niega tajantemente, una y otra vez, «¡No lo soy!» (18,25-27), la terrible sombra del Yo soy. Aquí nos miramos en el espejo, al ser humano capaz de grandes cosas, inspirado por grandes ilusiones y firmes promesas—hace pocas horas, durante la cena, el mismo Pedro había jurado: «Aunque todos fallan por causa tuya, yo jamás te fallaré» (Mt 26,33) … «Daré mi vida por ti» (Jn 13,37).

Entre corchetes del «YO SOY» de Cristo, está la negación «Yo no soy» del discípulo en el atrio de la casa del sumo sacerdote. Aquí en esta estira y afloja, nos vemos a nosotros mismos.

Queridos Hijos, este es el día de la confesión más tosca de nuestra humanidad, mientras nos contemplamos en el espejo rayado. En un momento, somos dignos, justificados, capaces de hacer cosas buenas y bellas, realizar proyectos altruistas, y a la vez, en el espejo, nos vemos por las grietas del carácter. Cuentan los Padres: «Dios se hizo hombre para que el hombre pueda volverse Dios», pero el itinerario del volvernos Dios es la vida del ser humano, viste en el espejo de nuestra naturaleza, la belleza original, pero una vez fracturada, y ahora nos resultamos bellos y brutos a la vez, condición que finalmente nos lleva hasta Viernes Santo, cuando contemplamos a nuestra ser en su desnuda naturaleza divina y humana, clavado y alzado como reflector en un poste, expuesta sin tapujos, para quitar toda posibilidad de autoengaño de quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos: «Mira el árbol de la cruz, donde estuvo clavo Cristo, el Salvador del mundo».

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

[1] En el evangelio de Juan, no se menciona la oscuridad cósmica en la crucifixión.

Volver