Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo de Ramos - Ciclo A - 2020

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Domingo de Ramos - Ciclo A - 2020

06 de Abril del 2020
por Benedictinos

Mateo 21,1-11; 27,32-50’20 (Covid-19)

Jesús, desconcertado, se acerca a su Pascua. Tiene miedo. Cuando llega a Getsemaní y avanza con tres discípulos, «comienza a sentir tristeza y angustia». Luego Jesús comenta: «Mi alma está llena de una tristeza hasta la muerte». Su miedo se enfoca en lo que lo espera, la confusión y la muerte cercanas. Una vez había dicho a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, que el Padre de ustedes ha decidido darles el reino» (cf. Lc 12,32). ¿No temas?, ¡no manches! Ahora, es difícil imaginar a alguien más sacudido, más atormentado que Jesús en Getsemaní.

Con sus discípulos apenas les va mejor. No … les va peor. Jesús les invita a acompañarle en la oración. Abatidos por la gravedad del Getsemaní, ceden a dormir una y otra vez. (Recuerdo una vez, frente al miedo, yo quería refugiarme en la cama, jalar la cobija sobre la cabeza y refugiarme en el sueño.) Los soldados llegan, y el miedo bombardea a los amigos de Jesús, hasta que lo abandonan por completo y se escapan.

¿Qué hay de Pedro, quien esa misma noche, durante la cena, se le había comprometido con valentía fingida: «Aunque todos fallen esta noche, yo no fallaré» (Mt 26,33). ¡Pobre de Pedro!, no sabe nadar en este nuevo mar, y agarra de cualquier cosa para salir a flote. En un intento torpe de defender a Jesús, blande la espada, le cortó la oreja del acólito del sacerdote (26,51); poco después, aterrorizado, es el primero en caer, y eso, ante las insinuaciones de una sirvienta: Tres veces, su defensa—¿una mentira?—, para defenderse: «Te lo juro: no conozco a este hombre» (26,74). El canto del gallo señala hasta dónde se había hundido el capitán con su crucero, que efectivamente no conocía a su maestro.

Así se estrena la Pascua en un miedo generalizado, el del mismo Jesús y el pánico de sus acompañantes; luego, miedo de parte de los sumos sacerdotes que temen represalias del ejército romano, y, finalmente, el miedo del gobernador romano Poncio Pilato, quien quiere evitar el desorden público y ganar el favor del emperador. ¿Y qué hay del Iscariote? Ahora, le conquista el temor mortal, se arrepienta de haber calculado mal su compraventa, miedo que llega a la desesperación, y se quita la propia vida. Y las pesadillas de la mujer de Pilato, le daban miedo a condenar a un inocente (27,19). Cada persona, a su vez se contagia con el su miedo. Excepto Jesús.

¿Sus tripas se hicieron un nudo? Pero Jesús no huyó. Siguió de frente. Pero ¿cómo? Nos hubiera gustado seguir a un maestro que se enfrente la crisis con valentía, se presuma ante todo espanto y pretenda triunfar sobre él. Sin embargo, Jesús, durante la tormenta, esta vez no dormía sobre un cojín en la barca, mientras sus compañeros le reclaman: «Señor, ¿no te importa que te perezcamos?» (Mc 4,38). Esta vez nos decepciona: humilde, débil, dejado solo, tirado sobre el suelo rocoso de Getsemaní, descuartizado por el miedo. Otro evangelista hablará de su sudor de sangre (Lc 22,44); el autor de la carta a los Hebreos recordará sus gritos y lágrimas (Hb 5,7). Jesús no se fugó del miedo. Lo asumió, lo enfrentó y siguió adelante, caminaba por el miedo, y lo atravesó.

¿Como? Él mismo nos consuela, que no vamos solos hacia la Pascua. Una vez antes, dijo, «Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,34). Ahora dice: «Mira y reza para no caer en la hora de la tentación» (Mt 26,41). Queridos Hijos, No hay otro camino en la oración que la verdad, y la verdad desnuda que luce en la oración. No es una opción rendirse al miedo, intentar huir o refugiarse en el sueño. Más bien, nos dejemos guiar por Jesús: el espíritu se hace fuerte con la oración, mientras que la carne es tan incorregiblemente débil. También para Jesús, porque el reto de su lucha pascual consistió en salvar su propia piel (carne), y que también era nuestra, la carne herida por nuestro pecado, que solo con la Resurrección después de la muerte lo iba a sanar.

La agilidad del espíritu, ya más imponente que la gravedad de la carne, Jesús expresó en una oración tan sincera que nos impacta: primero: «¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz!» (Mt 26,39). Jesús no juega al valiente, como intentó Pedro. No disimula su miedo. Más bien, confiesa su angustia, mientras la expone ante su Padre. Jesús llegó a traducir el miedo en oración. Su Padre comprenderá toda la carga de su miedo. Padre e Hijo son perfectamente unidos en propósito y deseo. ¿Acaso el Padre eterno en el cielo, el Padre eterno en el pecho de Jesús derramó una lágrima, unas lagrimas de amor y compasión?

Luego, Jesús sigue orando: «Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39). El instinto, el primer deseo de Jesús es salvar la vida de su cuerpo que somos nosotros. Tiene miedo y le gustaría esquivar la amenaza, escaparse, subir el Monte de los olivos desde Getsemaní y en doce minutos desaparecer en el desierto. Pero el miedo no es un deseo. El miedo es congelar del deseo, atascarlo. El miedo amarra el corazón, nos bloquea, no nos deja libres. La escapada, la deserción no es una decisión libre. Solo hay una forma de vivir el miedo con valentía. Jesús lo demuestra en Getsemaní, la vigilia del ofrecimiento de sí mismo para la salvación, cuando logra poner su deseo en sintonía con el deseo de su Padre, es decir, a su amor. «No me quedo con este miedo que me haría huir, Padre, me conformo con lo que tú, en tu amor, quieres para mí». Porque todo miedo es miedo … al amar … a la perfección. Y solo el amor auténtico puede sanar el miedo que nos amenaza con paralizar al Hijo de Dios en el plan de salvación por su pueblo.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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