Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo V de Cuaresma - Ciclo A - 2020

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Domingo V de Cuaresma - Ciclo A - 2020

30 de Marzo del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor


Homilía:

Juan 11,1-45’20 (Covid-19)

¡Cuatro días! ¡Ya han pasaban cuatro días! ¡Y todavía Jesús no llega! La muerte hacía su trabajo, y el olor apestoso despedía a todos los que se habían reunido para dar el pésame a las hermanas del difunto Lázaro. ¿Por qué Jesús espera tanto tiempo? ¿Por qué no se apresura a atender a su amigo? Es la pregunta más normal. ¿Por qué Dios no responde puntualmente para salvar? ¿Por qué tarda en llegar? ¿Cuánto tiempo más?

Si esta inquietud surge por la enfermedad de Lázaro, cuánto más frente a la pandemia. ¿Por qué Dios se detiene lejos del campo de la batalla? ¿Por qué no se da prisa a socorrer a los infectados y a detener el contagio? ¿Por qué tolera el mal en el mundo creado bueno? ¿Qué espera Dios durante estos cuántos días después del brote del virus, antes de llegar a nuestra cama enferma? Queridos Hijos y Hermanos, nosotros que vivimos en comunidad sabemos bien que existe el misterio del ser humano con su corazón impenetrable, y también existe el «misteriosísimo» Dios que se queda lejos, se tarda en llegar, hasta después de que la muerte ha recogido la vida de su amigo.

Las hermanas Martita y María le enviaron un recado a Jesús: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús pudo haberse apresurado para evitar toda lágrima, todo el descontrol que conlleva la muerte. Si se hubiera apurado, habría atendido al enfermo Lázaro y borrado este capítulo del evangelio. Si hubiera actuado, Jesús habría reparado el mundo lastimado, donde el mal parece más fuerte que el bien, donde la enfermedad recibe más publicidad que la salud. Nos hace pensar: Dios pudiera haber creado un paraíso sin problemas, donde todo habría funcionado sin el pecado. Pero Dios no inventó a su querido ser humano así, sin la libertad, sin la sorpresa, sin encargarle de escoger por sí mismo entre el bien y el mal, decisión que repercute en todas las relaciones y en toda la casa común.

Me llama la atención la palabra amor en el evangelio: las hermanas informaron a Jesús, «el que tú amas está enfermo»; luego, Jesús ama a Marta, a su hermana y a Lázaro; y, luego, cuando Jesús llora junto al sepulcro, se oye el comentario, «Miren cómo lo amaba». Este detalle ilumina todas las noches oscuras, todos los callejones sin salida, todas las muertes, por las que pasa la existencia humana, rumbo a la resurrección y la vida plena.

San Juan enseña que Jesús no vino a revelarnos la omnipotencia de Dios que nos priva de la libertad; más bien, revela cuánto amor y respecto infinito tiene por nuestra humanidad lastimada. ¡Frente a la muerte, las lágrimas de Jesús no son lágrimas de impotencia, sino lágrimas de amor! Dios llora por y con nosotros, quienes a veces nos inclinamos hacia la muerte, nos cerramos los ojos a la vida, mientras Jesus quiere abrirlos: «Esta enfermedad no terminará en la muerte; es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Y luego, a la señora Martita: «Yo soy la resurreción y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mi jamás morirá».

Nos cuesta entender cuánto y cómo Dios nos quiere, porque solemos reducir su amor a la medida del amor sentimental. Intentamos proteger a nuestros seres queridos, evitar que sufran y pasen por pruebas. Movemos el mundo para cuidarlos de cualquier daño. Incluso, a veces, llegamos a enclaustrarlos en nuestro amor, si fuera posible, privarlos de su libertad. Puede ser que lleguemos a culpar a Dios por no hacerse cargo, por no complementar nuestra impotencia de proteger y curar a nuestros queridos.

El evangelio revela que el amor de Dios ha elegido un camino distinto. ¿Dónde está amable Dios en tiempos de Covid-19? ¿Por qué tarda en responder a la invocación de la humanidad global: «Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, date prisa en socorrerme»? Pero, queridos hijos, abran los ojos; Dios está aquí. Está aquí, en las clínicas, los hospitales; Dios está en China, en Italia, en España, en California, en Tijuana, en cdmx y en el monasterio benedictino. Dios está en los laboratorios, investigando un antivirus; está en los medios de comunicación. ¿Dónde está Dios? ¿Por qué tarda en llegar? —«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto»—. Dios está aquí, en los corazones y las cabezas de todo ser humano, para responder a la pandemia de un modo humano. Pero Dios no se impone, con su amor, sino se expone. Dios está sobre nuestro altar, y nos invita a comulgar con su débil cuerpo maltratado y sangre derramada, bajo la forma de pan simple y vino de uva pisada. El cuerpo de Dios desnudo, desprotegido, está en la cruz y yace en el sepulcro; Dios inesperado, vestido de gloria, sale del sepulcro, y pide que se le quiten las vendas y descubran su rostro, que lo dejemos libre, libre para amar por toda la eternidad.

Queridos Hijos, El Hijo de Dios pronunció las palabras que su amado Padre había dicho a Moisés desde la zarza ardiente: «YO SOY … Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera … jamás morirá». ¿Cuatro días? ¿Ya pasaban cuatro días? Dios nos dispone cuatro días para abrir nuestros ojos a su amor eterno que dura por los siglos de los siglos de los siglos.


R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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