Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 4º de Cuaresma - Ciclo A - 2020

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Domingo 4º de Cuaresma - Ciclo A - 2020

25 de Marzo del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

 

Juan 09,1-41’20

El evangelio recuerda a Jesús, un oftalmólogo extraño. Tiene la capacidad iluminar los ojos nacidos ciegos, y luego, en su examen de la vista, diagnostica ceguera a los que pretenden ver, como si el paciente está atrapado en la lucha entre luz y tinieblas. Luego la atención médica del divino oftalmólogo es insólita. Mezcla saliva con polvo, se unta la cara del ciego con lodo, le envía a lavar en una piscina Siloé (que significa el «Enviado», el mismo Jesús es el Enviado del Padre). Este tratamiento médico con saliva y lodo recuerda la creación en el Génesis. El primer acto de Dios Creador fue la creación de la luz. La luz verdadera enviado al mundo para que veamos es Jesús, quien ilumina nuestra existencia, y luego nos comparte su beso, el Espíritu Santo en el lodo de nuestro ser, para abrir los ojos para que vean más allá de la superficie, hasta el corazón de las cosas.

¿Qué hace Jesús, la luz del mundo, cuando trata los ojos del ciego? Cada acción tiene significado: Él escupió en el suelo; el Hijo de Dios se inclinó, se agachó y con la mezcla de saliva y polvo hizo lodo, que lo puso en los ojos al cielo: «Ve a lavarte en la piscina de Silóe». El Hijo de Dios se despojo de su majestad divina, se agacho hasta la tierra, y, mientras caminaba con nosotros, hizo lo que había hecho Dios en el Génesis: tomó un puñado de barro, y de este lodo formó a su creatura a su imagen y semejanza. Al aplicar su extraña atención médica al ciego de nacimiento, Jesús, en un nuevo acto de creación, replicó el acto de la primera Génesis, e iluminó nuestros ojos.

Hoy, frente a la pandemia, hay muchas reacciones de la gente. Algunos, como los fariseos, dicen que es un castigo por los males de la sociedad; otras personas quieren negar o distraerse de la realidad, no pensar en lo que está en la boca y el oído de muchas personas; algunas personas siguen el espectáculo como una obsesión, y no morirán de la peste sino del pánico.

Y un día Jesús pasó por aquí y encontró a un ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿por qué son las cosas así? ¿Quiénes pecaron, quiénes son los responsables para la pandemia, nosotros o nuestros padres?» Jesús replicó, «Las cosas suceden para se abran sus ojos a la obra de Dios en la historia humana». Y Jesús se agachó a la tierra, nos ofreció un puñado de tierra mojada con su Espírito Santo, y abrió nuestros ojos a la dignidad humana más allá de lo que esperamos, mientras nos tranquilizó, cuando dijo: «Sí, somos tierra, y también somos luz».

En la historia del ciego de nacimiento, que poco a poco creció en su amistad con Jesús —un hombre, un profeta, un enviado de Dios, el Hijo del hombre-Mesías— encontramos la iluminación que todo ser humano recorre para salir de la ceguera endémica que enturbia la realidad humana. Al acercarnos cada vez más a Jesús, recibimos nuevos ojos, una nueva verdad, y nos reconocemos como Amable Dios nos mira, su amada imagen y semejanza. Y luego, escuchamos la declaración: «No tengas miedo. ¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?».

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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