Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 2º de Cuaresma - Ciclo A - 2020

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Domingo 2º de Cuaresma - Ciclo A - 2020

16 de Marzo del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 17,1-9’20

            El domingo pasado, acompañamos a Jesús hasta el desierto y las tres tentaciones; en una de ellas el diablo lo llevó a Jesús a una montaña muy alta. Hoy, el mismo Jesús acompaña a sus discípulos a un monte alto, y, en presencia de los discípulos Pedro, Santiago y Juan, se transfiguró y, mientras Jesús conversaba con el Antiguo Testamento en las personas de Moisés y Elías, «una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz, “Este es mi Hijo muy amado … escúchenlo. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”». Amadas Hijas e Hijos, la referencia al «miedo», y el consuelo de parte de Jesús, «No tengan miedo», me hace meditar sobre el miedo y el temor, y lo que considero los tres miedos, que representan tres etapas de la vida teologal: el asombro, el susto y la admiratio—asombrado, asustado, admirado—son tres disposiciones distintas, que son primas hermanas en la vida espiritual.

            El asombro, el temor ante algo que nos llama la atención y nos atrae hacia sí, pero para acercarse al objeto que nos asombra, se tiene que quitarse los zapatos, poner los pies desnudos sobre la tierra y acercarse con respeto. El asombro es Moisés ante la zarza ardiente. El asombro es Elías, que tiene que sustraerse a sus ilusiones de un espectáculo en la montaña, para que Dios se le comunique en la suave brisa—una suave brisa que es un «silencio elocuente» que irrumpe en la vida — la expresión «silencio elocuente», es una contradicción, pero Dios no se detiene en revelarse a nosotros entre los contrarios y las paradojas de la experiencia. (—asombrado, asustado, admirado—)

            Otro miedo, lo experimentamos como el susto que nos detiene, que paraliza; es el miedo que no permite que se mueve con libertad. Es el monje o el cristiano que se atasca en el pantano, que durante una etapa no permite subir el monte de la transfiguración. Este miedo suele radicarse en la historia personal, alguna etapa del desarrollo, las adicciones, la espantosa incapacidad de tomar el volante y ser autor de las propias decisiones para el avance; el charco del miedo es el tramo resbaladizo donde el sujeto se atasca por un tiempo. Por lo regular, ocupa solo una temporada en el crecimiento; no es crónica, pero, cuando uno está agarrado por este miedo, se siente mal por no poder responder como quiera, se alimenta de la pena y la tristeza. Dejado por largo tiempo, el virus de este miedo puede mutarse y llegar a la falla mortal de la que advierte san Benito, «desesperar de la misericordia de Dios». El miedo de este calibre tiene palabras para expresarse en el interior:

             «Quiero, pero no quiero. Quiero un cambio, pero no sé cómo, no sé cuándo, finalmente, quiero pero no puedo, quiero, pero no quiero, porque no sé cuánto me va a costar el cambio. Tengo miedo». Espera una intervención de parte de las personas en torno, de parte de la familia, pero no sabe pedir ayuda, e incluso busca culparse a las personas cercanas de mi malestar, de mi infidelidad, de mi alcoholismo, de mi falta de respuesta».

             Una manifestación de este miedo se conoce en la sociedad. Muchas personas tienen miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio de juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación. Hay miedo a acoger a los pecadores como Jesús lo hacía. Muchas personas tienen miedo a abrir a la mujer un lugar más acorde con el espíritu de Jesús. Además, ¡quién de nosotros no tiene miedo a la enfermedad, al fracaso, al desamor, a la soledad, a la vejez y la muerte! Según el evangelio, los discípulos caen por tierra «llenos de miedo— al oír una voz que les dice: «Este es mi Hijo amado … escúchenlo». Para nosotros monjes, da miedo escuchar solo a Jesús. Es el mismo Jesús quien se acerca en la lectio divina, en la liturgia, en la vida común, nos toca y nos dice: «Levántense, no tengan miedo». Solo el contacto vivo con Cristo nos libera de tanto miedo, de tantos miedos. (—asombrado, asustado, admirado—)

            Existe una tercera dimensión del temor o miedo, que conocemos en la vida espiritual como la Admiratio. Esta disposición de la «familia del miedo» es la primera hermana feliz; es la terapeuta, el «miedo» que sana. Admiratio es la amiga del asombro, porque se detiene y guarda una distancia reverente, pero, por el mismo amor, atrae e inspira a acercarse, pero la atracción no es para acapararse del objeto de la admiratio, sino para amar, amar con respeto, como el profeta Isaías quien se detuvo, se confesó hombre indigno y de labios impuros, y permitió que el ángel con las pinzas en la mano vuela y tome del altar un carbón para cicatrizar su herida, quemar sus labios de sus palabras inútiles y falsas. La admiratio es lo que conocemos en la cultura bíblica como el «temor del Señor». ¿Cómo se entiende el temor del Señor en el ámbito teologal? Es la puerta a la sabiduría, el trasporte rápido a la vida sana. Es el temor que se conoce por su respeto—respeto por que requiere cierta distancia para poder ver las cosas en perspectiva, percibir las realidades como son. Pero al mismo tiempo que se detiene para ver, la admiratio mueve al sujeto a acercarse por el amor. Temor del Señor, en la cultura bíblica, teologal es amor: amor con respeto, honor con amor.

            Al final del evangelio de la transfiguración, después de que los discípulos se cayeron de bruces por miedo, después de decir barbaridades sobre un proyecto de “construir tres chozas”, para permanecer en la aurora de Cristo reluciente, después de encontrarse inmóviles por el miedo, Jesús se les acercó a Pedro, Santiago y Juan, los tocó y les dijo: «Levántense y no teman», levántense del miedo que se caracteriza por su medio muerte; tómenme de la mano, soy el muerto y resucitado. Jesús, la zarza ardiente, Jesús, la brisa suave del silencio elocuente se le acercó y los tocó. A final de cuentas, no eres tú, no soy yo, no somos nosotros que vamos a liberarnos del atasco y de temores paralizantes, sino es la gracia de Dios, que nos levanta de la muerte, de las muertes en vida, y de la muerte más temible que nos amenaza para siempre. Queridas Hijas e Hijos, «Levántense, y no teman más», la pascua de la resurrección está a la vuelta de la esquina de la muerte en todas sus formas.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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