Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 7º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 7º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

24 de Febrero del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra de Dios

 

Homilía:

 

Mateo 05,38-48’20

            Hacia el final del evangelio, Jesús nos reprocha: «Si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? Los paganos y los publicanos hacen lo mismo». El Señor aclara que nos queda demasiado corta la caridad selectiva. Ni siquiera merece el nombre «caridad». Él comenta cómo los criminales y paganos dosifican su amistad con amigos, saludan a su «raza». Jesús reconoce a los paganos por caridad mercantil, y al cristiano católico pide lo mismo y tantito más, porque la caridad que nace de las amistades políticas no alcanza al amor que prende fuego sobre la tierra. Pero, ¡ojo! Jesús no exige que el cristiano redoble una cantidad de amor o generosidad. San Pablo aclara, «Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve» (1 Cor 13,3). El proyecto de salvar el mundo de su malestar crónico es amar de verdad, y el amor no se mide en cantidades de cosas o de limosna. Se cotiza por su calidad que no se compara con nada, porque rebasa nuestros presupuestos habituales respecto al amor. Jesús dice: «Ustedes, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».

Imagino la sonrisa en el rostro de Jesús cuando comenta el sentido común. Solemos valorar el amor según lo que alguien merece o no merece. Pero amable Dios no piensa en el mercado. «Hace salir su sol sobre los buenos y los malvados, y manda su lluvia sobre los justos e injustos». Su amor no hace distinciones entre los buenos que merecen más y los malos reprobados. Amable Padre Dios perdona, borra y olvida el pasado.

Un modelo de la caridad supera todos los demás: es Jesús mismo, enviado por el Padre para seducirnos con su amor auténtico. «Dios nos demostró su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Su amor divino no hace distinciones entre sus amigos, no ama como trueque de haber sido amado, ni difiere entre los dignos y nos menos dignos. Su amor abarca a todos y no se detiene ante los que llegan tarde, no se disminuye frente a los renegados y pecadores. Su amor no guarda cuentas de créditos y débitos, para contabilizar la gracia y regalar de lo que le sobra. Es un amor tan amplio como el cielo, y la prueba es el viernes de la pascua, cuando Jesús, enamorado de su esposa, entregó su vida y murió por ella en medio de los pecadores.

San Pablo aclara que los cristianos somos la esposa de Cristo, y somos «el templo de Dios» quien habita en nosotros. Por este motivo toda mujer y todo hombre es digno de amor y respeto. Pero Pablo lamenta las discordias en su iglesia de Corinto y esboza la imagen del «templo de Dios» (1 Cor 3,16-17). La comunidad es un edificio santo donde vive Dios: Los ladrillos somos los cristianos. La división en comunidad o en familia es una colonia de termitas que come la madera y poco a poco debilita la estructura.

En su carta (1 Cor 3,18-23) Pablo desglosa el contraste entre la «sabiduría de Dios» y aquella «de los seres humanos». Las discordias se originen porque los cristianos se conforman con la «sabiduría» de momento, el modo de argumentar y opinar de un mundo limitado, no al modo de Dios. Pablo ya había escrito que el «evangelio es una locura para los hombres» (1 Cor 1,18.21.23); hoy enseña que, para Dios, la sabiduría y el ingenio humana es una locura (v. 19), y Jesús retoma esta postura en el evangelio cuando legisla: «Amen a sus enemigos, gana el bien a quienes los odian y rueguen por los que los persiguen … para que sean hijos e hijas del Padre celestial que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia» sobre todos sin discriminación. «Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».

            Se relaciona este evangelio con la primera lectura, que legisla el ser «santos», porque Dios es Santo. ¿En qué consiste esta «santidad»? No en las formas externas, sino en el amor al prójimo. Jesús enseña que la santidad consiste en ser como el Padre celestial … con todas las implicaciones prácticas de esta filiación.

Queridas Hijas e Hijos, Solo en el misterio pascual, la vida y muerte de Jesús, contemplamos el perfil del amor auténtico, y apenas a tientas lo imitamos. ¡Qué importa que siempre salgamos endeudados respecto al amor! Jesús ya pagó nuestra deuda, cuando nos amó hasta el final. Ahora, con la fuerza de su gracia y su amor nosotros amamos. Escribe san Juan, si él dio su vida por nosotros, «nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16). Pero ¿qué sucede cuando una persona es torpe en la caridad? Siempre va a haber alguien así en nuestra vida, como prueba de la madera de nuestra caridad. Pues, no podemos controlar o programar la reacción del prójimo, pero, sí, podemos concluir el día con una pequeña oración, inspirado por la Regla de san Benito: «Gracias, amable Dios, por tu amor hacia nosotros, que alcanza más allá de mi comprensión. Ahora, échame la mano, amable Diosito, échame la manita y dame la paciencia para tolerar las debilidades tanto físicas como morales» (cf. RB 72,5) de algunas personas a veces no tan amables, para que cante en sintonía con tu amor para la salvación del mundo.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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