Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 5º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 5º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

12 de Febrero del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-16):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 05,13-16’20

En el sermón de la montaña, después de declarar dichosos a los pobres y afligidos, a los misericordiosos, a los limpios de corazón y los constructores de la paz, Jesús se dirige a nosotros como comunidad. Antes dijo, «Bienaventurados aquellos [que tienen espíritu de pobre]»; ahora dice, Ustedes—«Ustedes son la sal … ustedes son la luz del mundo». Se dirige a nuestra comunidad y aplica las bienaventuranzas a nosotros. A la afirmación «Ustedes son la sal … son la luz» sigue la advertencia: no pierdan su sabor, porque resultarían inútiles; sin ustedes, la comunidad del evangelio, la humanidad pierde su sabor, no responden a su naturaleza. Después de las bienaventuranzas, Jesús anima a nuestra comunidad y a la Iglesia a no perder el sentido de su existencia, a no perder su saborizante y la luz de la salvación[1].

¿El sabor? A diferencia de unas hierbas y especias que condimentan y sazonan la comida, la sal funciona en secreto, para realzar el sabor natural del alimento. Se nota si a la comida le falta la sal, pero, ¿qué tal cuando se echa demasiado? La sal no existe para sí misma, sino para que la comida sabe rica y natural. Despierta el sabor latente, pero de una manera que no llama la atención a si misma. El uso de la sal en la comida es como limpiar una ventana para que desaparezca el vidrio y se aprecie la vista con mayor claridad. La comunidad de Jesús es la sal, condimenta la existencia humana y realza el sabor de Dios, deja percibir con más claridad a Dios en el mundo. Nuestra función como comunidad y como Iglesia es sazonar la vida con el valor de las bienaventuranzas.

¿Y la luz? Un simple rayo de luz revela los colores y los matices de las cosas. Con una vela en la oscuridad, con el brillo del amanecer, la cortina de la noche se retira y se perciben las dimensiones de las cosas. Con una luz prendida la oscuridad huye y un abanico de formas y colores salen del seno de la noche. Pero la luz, como la sal, no existe para sí misma; se esconde detrás de la belleza y el color que ella misma revela.

               ¿Cuál es el primer mandamiento en el libro del Génisis? En el principio, el primer mandato es «Que se haga la luz» (Gn 1,3), orden que Dios pronunció sobre la oscuridad del caos; todo lo que es bueno y hermoso se desenvolvió después de este inicio. Si el primer orden es, «que se haga la luz», un crimen mayor es apagar la propia luz interior o extinguir la luz de los demás. Cuando Jesús se declaró «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12), no solo afirmaba que en él todo era radiante y no había oscuridad, sino que nos encausó a vivir en su luz y dejarla brillar. Alimentados, «sazonados» con la luz de Cristo permite que nuestra luz brille con más esplendor. ¡Qué sería el mundo sin el regalo de la luz! Ella calienta, genera vida, color, energía y alegría, ilumina el entorno donde hacemos las cosas. No hay nada más delicado que la luz: acaricia las cosas y se esparce por todas partes, sin discriminar entre buenos y malos. La luz no hace ruido, no violenta las cosas, sino que genera la vida. Me pregunto, ¿hay un pecado asociado con el ser luz? Jesús nos aconseja no poner nuestra luz debajo de una olla. El crimen sería opacar la luz, negar que alumbre. Para que el mal prospere en el mundo, es suficiente que una persona buena no hace nada. Si no brillamos, otros se verán privados de luz.

Así, Jesús pide a sus discípulos que despierten sabor y belleza en la penumbra del mundo sin sabor. No existe una realidad que escape a esta alquimia secreta de Dios; el salmista nos desafía con su invitación: «Gusten y vean qué y bueno es el Señor». El mismo Jesús da la receta para que el sabor y la belleza transforman la vida cuando él invita a «hacer el bien». Porque la única forma de conocer el bien es dejar que el evangelio alcance cada rincón de la propia vida y poco a poco transforme cada palabra, cada gesto y mirada en lo que somos por naturaleza, que es luz que en la creación recibió la aprobación de «bueno». Es el consejo que el profeta Isaías ofrece en la primera lectura: «Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas»; porque si respondes a las necesidades de los desafortunados, «brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como la luz al mediodía» (Isa 58,7-10).

Queridos Hijos, Jesús inició el sermón de la montaña con … «Bienaventurados los pobres del espíritu … bienaventurados los que trabaja por la paz», y sigue con la parábola—ustedes, sal y luz—; concluye la parábola con una exhortación: «Brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo sus buenas obras, den gloria a su Padre, que está en los cielos».

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

[1] En la parábola de la sal, Jesús nos advierte: «Si la sal se vuelve insípida … ya no sirve para dada». El sentido literal de la palabra griega moros, traducida «insípida», es «necio, trastocado», como quien ha extraviado el sentido, ha perdido contacto con la realidad y, por ende, con la propia identidad. Su sabor es extraño al evangelio de la salvación.

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