Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo de la Presentación del Señor - Ciclo A - 2020

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Domingo de la Presentación del Señor - Ciclo A - 2020

03 de Febrero del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,22-40):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Palabra del Señor

 

 

Homilia:

 

 

Lucas 02,22-40’20 (02febrero)

Al templo de Jerusalén llegó Jesús dos veces; como niño recién nacido, presentado por José y María; ya como joven, conducido por la voluntad de su Padre Dios. En las dos ocasiones hubo una consagración. El niño Jesús valió el precio de dos pichones, sacrificio de los pobres; en su última visita al templo en la pascua, el precio fue la sangre de un cordero, sacrificado para expiar los pecados de la familia humana, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Nos asombra que hoy el hijo corderito de María fuera presentado por anticipación. Nacido en Belén hace cuarenta días, en brazos de sus padres, fue presentado, un corderito cuyo sacrificio «rescató» todos sus hermanitos y hermanitas que nacen después que él, en anticipación del sacrifico mayor que salvó a extendida familia del pecado estrenado por Adán y Eva en el paraíso primaveral del Génesis.

El mismo evangelio relaciona tres cuarentas, la presentación del Niño Jesús en el templo cuarenta días después de su nacimiento, y la ascensión de Jesús en el santuario celestial cuarenta días después de su resurrección, cuando nuestro hermano mayor entró el templo eterno y abrió paso para que todos sus hermanitas y hermanitos entremos en el paraíso perpetuo con Dios. ¡Oh!, casi estoy olvidando una tercera cuarentena en el evangelio. Después de su bautismo en el Jordán, el Espíritu condujo a Jesús al desierto, donde fue puesta a prueba, y su cuaresma fue coronado con la tentación en lo alto del templo: «Si tú eres el Hijo de Dios, lánzate de aquí abajo, porque dicen las Escrituras: sus ángeles te cuidarán» (Lc 4,1-12). En la Biblia cuarenta días, o años, es tiempo teologal: tiempo de preparación, de purificación, de tentación y lucha.

En el templo dos personajes les acogieron a la sagrada familia. ¿Quiénes? Simeón y Ana, venerables viejitos. El ancianito Simeón es la prolongación del Antiguo Testamento, hasta empalmarse con el Nuevo. Simeón es como un cuello que se estira y se empina para poder ver al salvador que llega. Y la visita se realiza en una escena íntima: el viejito recibe al niño en sus brazos. La esperanza que fue propia de su juventud alimentaba su vejez y no lo dejó morir (v. 26)—la esperanza que se fundaba en las profecías—. Admiro la foto del ancianito Simeón cuando recibió al niñito en sus brazos y levantó, como el diácono el evangeliario, y entonó su cántico: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones». El nombre hebreo Simeón se traduce en español «Escucha», la primera palabra de la Regla de san Benito: «Escucha, hijo, los preceptos del maestro, e inclina el oído de tu corazón …». Escucha, como una llave, abre la puerta del oído la vida plena y feliz.

La anfitriona en el templo, Ana es de una familia teologal; sus mismos nombres nos impresionan: Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Fanuel, en español, se traduce «rostro de Dios»; Aser (hebreo) significa «Felicidad»: Ana, hija del rostro de Dios de la raza Felicidad/Bienaventurado. Ella no pronuncia palabra; su elocuencia está en su silencio: «Feliz aquel o aquella que escuchan la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). El hebreo Ana se traduce «Gracia» o «Misericordia», el fruto de la Escucha. Primero, Simeón, escucha, y luego, la Gracia, la fuente de la misericordia.

Un nombre para la fiesta es la Candelaria, la fiesta de la luz, que se suele celebrar con una procesión de velas. Hoy en la Iglesia celebramos la vida consagrada. La luz está cerca al corazón benedictino, pues, san Benito recalca el hecho de que somos hijos de la luz, en medio de las tinieblas que a veces nos asombran y nos cautivan. Escribe en el prólogo (RB prol.8-13): «Levantémonos, pues, … ya que la Escritura nos despierta diciendo: “Ya es hora de despertar del sueño” (Rom 13,11). Abramos los ojos a la luz divina y oigamos atentos la voz de Dios …: “Si escuchas hoy su voz no endurezcas tu corazón” (Sal 95,8) … ¿Y qué dice? “Vengan, hijos, escúchenme …” (Sal 34,12), y luego, “Date prisa, mientras tengas la luz de la Vida, para que no te sorprendan las tinieblas de la muerte” (Jn 12,35)». San Benito nos anima (prol.42-44): «Y si queremos … llegar a la vida eterna, mientras todavía estamos a tiempo … y podemos cumplir todas estas cosas a la luz de esta vida, corramos y practiquemos ahora lo que es de provecho para la vida eterna».

Queridos hijos e hijas, Recuerdo años atrás en un árbol del jardín de la familia, unos pájaros pusieron su nido. Cuando aparecieron las avecillas, me impresionó su hábito de comer. Los pájaros volaron en busca de comida, regresaron al nido para dar de comer a los polluelos, quienes se estiraban el cuello, alargaban sus cuerpecillos, abriendo el pico para recibir la comida. Esta parábola es una caricatura de la lectio divina del monje en esta fiesta de la vida consagrada. El monje toma la Palabra de Dios en su mano, la besa y estira su apetito para recibir la Palabra que da vida. A mis hijos y hermanos monjes, ¡feliz día de la vida consagrada!

El anciano Moisés, primerísimo profeta, desde una cumbre fuera de la tierra prometida, solo puede disfrutar la visión de la salvación desde lejos, y muere en su expectativa. Hoy, el último profeta, Simeón, recibe la salvación en sus brazos, la contempla y la acaricia; en su abrazo el Antiguo Testamento acoge el Nuevo Testamento y ahí encuentra su liberación de la esclavitud al pecado, en este corderito santo, hijo de María, presentado en el templo en esta fiesta.

 

R.P. Konrad Schafer O.S.B.

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