Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 2º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 2º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

20 de Enero del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,29-34):

EN aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

 

Juan 01,29-34’20 (Agnus Dei, qui tollis peccata mundi)

«Agnus Dei, qui tollis peccata mundi». Cordero de Dios, ¿a qué se refiere? Un animal pacífico, miedoso, que no sabe defenderse. De la Biblia recuerdo el cordero pascual, cuya sangre untada sobre las puertas liberó a los hebreos esclavos del ángel de la muerte; no es casualidad que somos salvados de la sangre del Cordero de Dios, sacrificado en la pascua, y en la misa nos alimentamos de la carne del «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». También recuerdo al Siervo sufriente del Señor (Isaías 52-53) que, como cordero, se deja llevar al matadero, como oveja ante el esquilador, sin protestar, que enmienda con su muerte las culpas cargadas sobre él. Y, ¿qué hay del cordero triunfante al final del Apocalipsis, cuyas bodas con la ciudad bajada del cielo se celebran.

¿Para qué sirve el cordero del que Juan Bautista exclama, «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi»? Su función se traduce como «quitar la enfermedad del mundo». Pero hay más. Tanto en griego (airo) como en el latín, el verbo traducido «quitar»—como «levantar» o «alzar»—también significa «cargar/llevar» o «soportar». Este verbo revela una nueva foto de Jesucristo. No como alguien que viene desde afuera para «quitar», borrar o eliminar el pecado y sus efectos, como alguien que se contrata para limpiar la casa; este verbo habla de alguien adentro, que asume y carga [sobre sus hombros] nuestra enfermedad y fragilidad. «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi».

Este concepto tropieza con nuestra sensibilidad. Les pregunto: ¿Hay alguien aquí presente que no gusta presentarse ante los demás de la mejor manera, con buenos modales, sin arreglos y perfumes? Pero, nos presentamos a costa de disfrazar o de justificar una parte secreta de que preferimos que nadie se entere. Y luego, te pregunto, ¿quién realmente se hace cargo de tus miedos, de la franja inacabada de tu persona, lo incómodo y las equivocaciones, la dieta y los buenos propósitos que abandonamos porque … porque … ¡no puedo más! ¡Ni siquiera nos disculpamos a nosotros mismos! ¿Quién se encarga de nuestro ser frágil, temeroso y enfermo? Juan Bautista señala quién, con las palabras, «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi». El Cordero de Dios, igual a nosotros en todas las cosas, excepto en el pecado, nos acepta tal cual, toca la parte más frágil, hasta cargar las consecuencias de nuestro talón de Aquiles. Él soporta, lleva sobre sus hombros el peso de nuestra enfermedad—y de todos los pecados del mundo—.

Jesús, Cordero de Dios, entró en nuestra raza pecadora, y siendo cordero de Dios, se optó por un camino diferente, y por esta calle nos conduce. Seguir a Cristo implica vivir despiertos, alertos frente a los ataques e insinuaciones del mal; seguir al Cordero de Dios es estar atento y luchar contra las toxinas de nuestra debilidad—en nosotros mismos y en el mundo—. Significa optar por la salud y tratar la enfermedad del alma, alejarnos de las insinuaciones que merman la imagen y semejanza de Dios que somos. Ponernos al lado del Cordero de Dios significa reducir el sufrimiento en cualquier forma que se nos presente. Como Jesús, el Cordero de Dios, somos dispuestos a «cargar» la enfermedad y el pecado del mundo, «levantar» las cargas de los demás, tanto en asuntos pequeños como en los globales. Por la gracia del Cordero de Dios, sacamos el veneno de la vieja serpiente y hacemos un mundo mejor para otras personas y, a veces sin saberlo, cooperamos en la propia salvación.

En el penúltimo capítulo de su Regla, san Benito nos advierte de «un celo malo y amargo que separa de Dios y conduce al infierno», y «un celo bueno que aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna» (RB 72.1-2). Recomiendo que cantemos todos los días este capítulo como himno nacional osb, pues, es el compendio del corazón benedictino. En este himno una frase siempre me sacude, porque nos identifica con el «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi». Benito nos anima, «Tolérense con suma paciencia sus enfermedades tanto físicas como morales» (RB 72.5). Jesucristo, el Cordero de Dios, tolera—qui tollis peccati—tolera las enfermedades del mundo; los levanta—tolere—y los carga—tollere—en su hombro como una cruz, tolera nuestra fragilidad en todas sus formas. En esta frase encontramos nuestra vocation cristo-lógica. Así como el «Agnus Dei, qui tollis peccati mundi», el monje y el bautizado en Cristo tolera—«tollis»—, con suma paciencia, las fragilidades de todos los hermanos y hermanas, consciente que, con la gracia de Dios podemos todo y sin la gracia no puedo nada.

Me pregunta si has visto el cortometraje de una pelíca irani que está ganando premios en esta temporada. Un señor lleva flores para su esposa fallecida. Se detiene en el semáforo. Al lado, un carro se detiene, y el señor de las flores observa el argumento furioso del otro carro, el marido gritando a su mujer, quien responde con reclamos e insultos. La hijita en el asiento de atrás no puede más que llorar. Su pequeño mundo no es más grande que sus furiosos padres. El señor de las flores reflexiona, recuerda su propia vida matrimonial; luego, toma del asiento las flores de su esposa fallecida, llama al chico que limpia los vidrios, y manda el ramo al carro del escándalo de al lado. Asombrado, el joven chofer recibe las flores y se las regala a su esposa. La niña de atrás abosorbe la gracia recibida y sonríe. La luz roja del semáforo se vuelve verde.

Amadas Hijas e Hijos, San Benito nos recomienda: «Hagan ahora mismo lo que les conviene para toda la eternidad» (RB prol. 44). Como el «Agnus Dei, qui tollis peccata mundi», que nos dio luz verde para la salud del mundo, caminemos nosotros en sus huellas, todos juntos hacia la vida eterna.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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