Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Bautismo del Señor - Ciclo A - 2020

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Bautismo del Señor - Ciclo A - 2020

13 de Enero del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17):

EN aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

 

Mateo 03,13-17’20 (Bautismo del Señor)

«Éste es mi hijo amado, en quien complazco». Dos veces en el evangelio se oye esta declaración, como el estribillo de una canción de amor que solo los oídos agudos perciben. Porque desde lejos, desde el cielo, desde el corazón del Padre, Hijo y Espíritu Santo, este canto de amor llega a nosotros. Las primeras coplas se tocan antes del génesis, antes del comienzo, antes de todo «antes», cuando el tiempo y la historia, los cielos y el mundo aún no existían. Pero, fue en el tiempo y un lugar preciso que Dios cantó su amor. En Judea, el río Jordán cerca a donde Elías fue arrebatado al cielo en un carro de fuego, un lugar de conflicto crónico, tanto político con la ocupación de las tropas romanas, como tensión moral con el arengue del bautista—ahí cuando Jesús salió de las aguas humildes del Jordán, en medio de una chusma en busca de la pureza, allí Dios declaró su amor—.

Esta palabra de Dios Padre a su Hijo Dios se deja oír como voz opuesta a la pobreza de nuestras palabras, la debilidad de nuestro lenguaje. Su declaración humilde revela a Dios y no disminuye su grandeza; por el contrario, lo lanza más allá de lo que hubiéramos esperado. Dios ama, y ¿hasta dónde alcanza su amor? Hasta ponerse en la fila de los que esperan un baño para limpiarse de su pecado y convertirse. ¿Por qué llegó la majestad de Dios al extremo de ponerse nuestras chanclas de pecador y entrar en el baño de purificación? ¿Era necesario este bautismo? Buena pregunta. Dios podría haber salvado a la humanidad de una forma más eficiente. Si es Dios, creador del mundo bueno en su génesis, ¿por qué no rompe las pinzas del mal que aprietan al mundo y al corazón, ¿por qué no derroque a los corruptos y poderosos de su trono y levante a los humildes? ¿Por qué Dios no se muestre como más muscular y enérgico frente al mundo necesitado y lastimado? ¿Por qué nace desnudo e indefenso en el rancho de Belén en la noche? ¿Por qué entra en las aguas ensuciadas por el pecado?

Ya vemos el porqué. Dios no actúa a distancia. No le gusta esconderse detrás del telón de la historia, lejos del espectáculo. Más bien, entra en escena hasta bajar en el agua del río, como cualquier pecador, y sale para ponerse en los caminos escabrosos del desierto, donde se enfrenta con la tentación y la prueba. Vuelve a su ciudad y encuentra ahí nuestra enfermedad, parálisis y ceguera crónica. Dentro de poco, en el monte de la Transfiguración, se oirá la voz del Padre por segunda vez, «Éste es mi hijo amado, en quien me complazco» (Mt 17,5). Tampoco esta vez Jesús se detiene ahí para descansar, sino emprende el camino a Jerusalén, hacia la pasión, la muerte y resurrección. Porque el amor que el Padre declara desde el bautismo hasta la Pascua nos fortalece en el camino hasta el final; el amor tiene como fin quitar toda frontera que existe entre tierra y cielo, para que todo lo que es Dios—Padre en el cielo, Hijo en su traje de baño bajando en las aguas del Jordán, y Espíritu Santo, paloma de paz que se cierne arriba de las aguas del nuevo génesis—todo Dios se infunde en el ser humano, abre las puertas de la cárcel donde nos habíamos encerrado, con motivo de curarnos, perdonar nuestro pecado y conducirnos a la perfecta comunión con amable Dios eterno.

Por su bautismo en el río Jordán y luego su bautismo en la Pascua en Jerusalén, Dios convierte a nosotros en hijo o hija, nos ofrece la nueva identidad en su Hijo amado: «Éste es mi hijo amago, en quien complazco». En nuestro corazón también se oye el canto de amor del Padre por su Hijo. Pero a veces preferimos tapar los oídos, hacernos sordos y no escuchar la declaración de amor que se vuelve una dulce invitación. Porque el amor de Dios es infinito, un amor sin límites, y al escuchar su declaración nos lleva más allá de los límites que solemos marcar para nuestra vida. Sí, querido hermano, a reconocerse como amado o amada de Dios es embarcar en una aventura de una vida más amplia de lo que nos ofrece el siglo actual, una vida más rica de lo que podemos diseñar por los propios gustos.

Si queremos oír su voz, si no cierras los oídos y endureces el corazón, escuchamos su canto de amor: «Éste es mi hijo amado, ésta mi hija amada, en quien me complazca». Con este estribillo el evangelista subraya cómo el amor de Dios rompe con nuestras expectativas y deseos. La declaración de amor de Dios nos arrebata de nuestra vida enclaustrada en sí misma. ¿Y nuestra respuesta a su declaración? El te escogió como hijo amado, como hija amada. Ahora, así como una vez la majestad de Dios se vació en la humildad de nuestra carne en la noche, ahora la humildad de nuestra naturaleza asume su semejanza divina, el Hijo de Dios que, llevando nuestras chanclas, descendió en el bautismo y subió del agua para oír la voz y ser guiado del Espíritu Santo. Subamos con él, en intención, palabra y obra, impulsado por su declaración de amor, y sellado con el Espíritu Santo, paloma de paz y la nueva creación.

Una parábola. En el aeropuerto internacional, en la sala de abordaje, repleta de viajeros, las filas se hacían cada vez más largas, con los inevitables arranques de impaciencia, con el fastidio de la larga espera y la incertidumbre del viaje. Todas las personas en aquellas hileras tenían el mismo propósito, volver a casa. Entre todas, hubo uno que no llevaba equipaje.

            La señorita de la recepción recibía a pasajero tras pasajero, billete y pasaporte a la mano. Revisaba la visa; preguntaba sobre el equipaje y calmaba las inquietudes respecto al vuelo. Cuando anunció, «Siguiente», el pasajero inesperado se presentó. Ella lo miraba atentamente; parecía un conocido, y lo saludó: «Buenos días, Señor. ¿Hacia dónde viaja?… Su boleto, por favor. Bien, ¿y su pasaporte?» Revisó todo, y se detuvo en el nombre: Nazareno, Jesús. «Perdón, Señor, pero si no un error es una broma. Usted no puede pasar por aquí. Además, lo conozco. Vaya, por favor, directamente al avión».

            El pasajero le responde: «Pagué el vuelo y pasé por los mismos trámites como los demás pasajeros».

            La señorita contesta: «¡No puede ser! ¡Usted es el piloto del vuelo! ¿Cómo voy a revisar sus papeles y tratarlo como uno de tantos?» Pero así fue. Nazareno, Jesús, aviador y piloto, quiso pasar por todos los inconvenientes del viaje de regreso a su Padre. Su identidad con nosotros llegó a tal extremo de pagar su propio pasaje.

            En las próximas horas de espera, la conmoción desgarró las oficinas de la aerolínea a causa de este piloto que pasó por los trámites normales para volver a su lugar de origen. Cuando se despegó el avión, una parvada de palomas voló y acompañó el vuelo inaudito hacia el seno del Padre.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

 

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