Monasterio Benedictinos Cuernavaca

IV Domingo de Adviento - Ciclo A - 2019

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IV Domingo de Adviento - Ciclo A - 2019

23 de Diciembre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,18-24):

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 01,18-24’19

Dios hace sentir su presencia en el mundo a través de mujeres y hombres que se vuelven herramientas de sus planes divinos. José y María de Nazaret, instrumentos excepcionales, no pusieron resistencia a la voluntad de Dios. A José, el hombre siempre pronto ante a la inspiración divina, le llegan las noticias en sueños o por los ángeles. María contempla el misterio divino sin perder contacto con la realidad, sin entrar en conflicto entre lo cotidiano y lo eterno. José y María, abiertos a la dimensión sobrenatural de la vida humana, perseverantes tanto en las noches oscuras como en tiempos luminosos de su vida. Durante esta temporada recordamos a una pareja que no resistía la encarnación de Dios eterno en la historia. A pesar de todo obstáculo, la Virgen Madre y su desposado no retrasaron la llegada de Dios el mundo. Son la puerta por la cual el Hijo Altísimo se volvió nuestro «carnal»—Dios-con-nosotros—, quien se introdujo en los quehaceres de todos los días y de la historia universal.

            El evangelista Mateo narra un momento crítico en la relación de la pareja. Frente a la noticia del embarazo inesperado de su novia, en vez de alterarse, alejarse o resentirse por no estar bien informado, encontramos a José abierto al misterio sembrado en el seno de María y en su matrimonio. Las dudas del hombre llamado «justo» no recaían sobre la integridad de su prometida, sino sobre su respuesta confiada en aquella circunstancia delicada, mientras admiraba el misterio divino. José comprendió la amistad íntima entre María y Dios, pero él apenas tenía acceso, sino por su fe y confianza. Sin embargo, el ángel le pide desempeñar un papel clave en el misterio: «José … no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Daría a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús». Al poner al nombre al niño, te vuelves el padre legal con la misma generosidad con que la Virgen aceptó la maternidad natural; admira el misterio que se desenvuelve en tu vida y hazte responsable de ello. María consintió sin condiciones: «Hágase en mí según tu palabra». Por su parte, también José pronunció el mismo «sí» y llevó a María a su casa.

            Hoy, en la novena de las posadas, nuestras reflexiones abarcan la santa familia: una Virgen Madre y un varón «justo», quienes no esquivaron la voluntad de Dios, no resistieron el nacimiento de Dios en su vida y en el mundo. En nuestra experiencia, conocemos a individuos que se resisten al aleteo del Espíritu de Dios en la vida. El gusto personal, el miedo, los sentimientos heridos, el prejuicio, bloquean la venida de Emmanuel en nuestro mundo pequeño o grande.

Una clave de la espiritualidad de la Navidad de Dios en la historia es la nueva configuración que hace san Mateo de la virtud (en griego, díkaios), cuando designa a José como «hombre díkaios», no queriendo poner en evidencia a María esperando un hijo sin tener contacto con su novio-esposo. Se supone que al ser «justo» como se suele aplicar el término, él debería haber divorciado a su esposa por el embarazo. Pero, José es conocido por ser díkaios, de un orden nuevo. Dirá Jesús en una ocasión, «En el reino de su Padre, los dikaioi (plural) brillarán como el sol» (13,43). Para comprender la reconfiguración de la «justicia» [griego, dikaiosyne] dirá Jesús en otra ocasión, «Al fin del mundo: saldrán los ángeles y apartarán a los malos de entre los díkaioi» (13,49). Según la parábola, el dueño de la viña encuentra a personas en la plaza a media mañana y en el atardecer y les envía a su viña, y les dice, «Vayan también ustedes a mi viña, y les daré lo que sea díkaios» (20,4)», y luego, el dueño de la viña se justifica cuando argumenta, «¿Me ves malo porque yo soy bueno?»—se entiende díkaios—(20,15). Jesús censura a los hipócritas porque llevan una aparencia de ser «dikaios», pero sus corazones están llenos de falsedad y corrupción (23,28). Y luego, en el juicio final, los díkaioi («justos») preguntaran al juez: « Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber» (25,37). La nueva descripción de «justo» o díkaios es de un individuo que es bueno, discreto, generoso, hasta misericordioso, que no quiere mal a alguien, sino que hace obras de misericordia. En el juicio, después de la separación de los cabritos de los corderos, los dikaioi de los malvados, «irán [los descuidados] a un castigo eterno, y los dikaioi a la vida eterna» (25,46). Es interesante que en el mismo evangelio, la esposa de Pilato se acerca a su esposo-prefecto e identifica al acusado Jesús como buen hijo de su padre José: «No tengas nada que ver con ese hombre díkaios, porque esta noche en sueños he sufrido mucho por causa de él» (27,19).

            Queridas Hijas e Hijos, en imitación de la Virgen de Nazaret y su esposo, el hombre dikaios, abramos la puerta del corazón para que la Palabra de Dios entre en la vida y se sienta en casa; dejemos un espacio y un tiempo para que Dios nazca en la propia vida y en nuestra humanidad. Así, como la descripción de José como «hombre dikaios» es una nueva configuración de nuestro concepto de la «justicia», la celebración de Jesús, Hijo de Dios en nuestra carne humana, es una reconfiguración de hombre con pies de barro. Hagamos de esta fiesta, el cumpleaños de Jesús, nuestro «carnal», una verdadera visita de Dios a nuestro mundo, a nuestra casa, a nuestro corazón, al mostrarnos, según el modelo de san José, hombres y mujeres dikaioi. Entonces, recibiremos la verdadera dicha, no solo en Navidad, sino todos los días a lo largo de la vida: «Felices los que tienen hambre y sed de dikaiosyne [«justicia»], porque serán saciados» (5,6); y luego, «Felices los que sufren por causa de la dikaiosyne, porque el Reino de los cielos los pertenece» (5,10). En resumen, «Busquen primero el Reino de Dios y su dikaiosyne, y todo lo demás lo recibirán por añadidura» (6,33).

           Queridos hijos en la fe, una paradoja es que las celebraciones navideñas resultan una temporada difícil para muchos. En esta temporada renace en nuestro corazón la ilusión de un mundo diferente, un mundo enteramente renovado y en sintonía con Dios. La publicidad nos bombardea con el mensaje de la prosperidad, la generosidad, el amor, la convivencia, la belleza, la familia reconciliada y unida. Se espera un mundo adornado de luz, color y amor, árboles que relucen muchos regalos. Pero otra realidad ensombrece la ilusión de muchas personas, muchas familias. La publicidad apantalla la prosperidad y el regalo, y ¡cuántas familias se quiebran o se deprimen bajo la presión de comprar, gastar, beber y derrochar más, exceder sus capacidades! La publicidad nos conduce a una celebración que sobrepasa cualquier otra, y ¡cuánta fiesta termina en tristeza, pleito o borrachera o exceso y hasta división en la familia. A veces nos alejamos de la Navidad que retrata una familia unida y feliz, aun en sus limitaciones. El evangelio hoy nos dice: “No dudes, no temas” en recibir a Dios en tu casa. Dios está aquí, aun en las estrecheces de la vida. Y Dios tiene infinita paciencia con nosotros.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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