Monasterio Benedictinos Cuernavaca

III Domingo de Adviento - Ciclo A - 2019

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III Domingo de Adviento - Ciclo A - 2019

16 de Diciembre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,2-11):

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

 

Mateo 11,2-11’19

Juan Bautista señaló al mesías, «el que ha de venir», un anunció que llamó la atención de Herodes, quien lo encarceló. Ahora en la soledad, Juan se pregunta si de verdad Jesús es el mesías y, de no serlo, su vida hubiera sido en vano. La conducta de Jesús le escandaliza. Come y bebe con pecadores, no respeta los ayunos prescritos—Jesús, amigo de los marginados y prostitutas, huésped en casa de los funcionarios del gobierno extranjero, Jesús que hablaba más de la misericordia que la justicia, ¿será de verdad el mesías?—. Hoy encontramos al Bautista encarcelado, pasando por una crisis vocacional. Envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús: «¿Eres tú el mesías o debemos esperar a otro?» La pregunta nace del problema de conciencia: ¿Se había equivocado?

            Juan Bautista esperaba una solución definitiva a los problemas de su tiempo, un juicio y un castigo—así debe ser el mesías, una autoridad imponente, amenazante y a gritos y corrección dura—. Pero lo que se presentó, lo que confundió al Bautista y lo hizo cuestionar de sí mismo fue la teología de la ternura que Jesús aplicaba para sanar a la humanidad lastimada: con palabras, con la mirada, con la mano, con caricias, con besos, con una comida en común… Estos gestos de Jesús, sobre todo la ternura, apenas se oye en las profecías. Pero el médico Jesús recetó un tratamiento alternativo a nuestra enfermedad crónica: para sanar hasta la raíz, hay que aplicar el tacto, la comprensión y la amabilidad.

La prueba que perturbaba al Bautista no está tan lejos de lo que sucede en la vida de fe de todo creyente. ¿Quién de nosotros no ha pasado por inquietudes respecto a Dios, la salvación y la Iglesia? Pero estas cuestiones sirven para liberarnos de la falsa seguridad, de los prejuicios, incluso la ilusión ficticia de una vida «religiosa». Como el Bautista, entramos en una etapa de examinar los principios y cuestionar la propia vida. Querido hermano, ¿tienes hijos y familiares que se han alejado de tus esperanzas por ellos? ¡No me digas que no cuestionas tus propios principios, cuando tus hijos e hijas revelan sus dudas sobre la política, sobre su sexualidad y sobre el mismo Dios! La formación personal y formal nos sostienen en la vida y juegan un papel clave en el camino espiritual, pero en sí, estos elementos no nos conducen a la fe amable con Dios—¡ni siquiera en el monasterio—! El Bautista heredó ciertas ideas preconcebidas acerca de cómo debería de ser el mesías. Al acercarse a Jesús, tenía que reordenar su presupuesto frente al mesías que coma y beba con gente indecente y que muestre compasión a todos.

            Juan Bautista tenía que releer las profecías para encontrar el evangelio de la compasión de Dios por el hombre extraviado, una compasión que entra en contacto con los seres humanos tal como somos. Recuerdo la Regla de san Benito. Cuando habla sobre la sanación de los monjes rebeldes, san Benito ordena que el abad envíe «senpectae», o «aplica cataplasmas», expertos en el acompañamiento en el dolor—no sabemos de donde viene esta palabra, pero yo la relaciono con el concepto de «sim-patico». Jesús fue el simpático, el compasivo médico para tratar nuestra enfermedad. Este simpático médico era algo escandaloso para el Bautista, quien esperaba respuestas claras, bien definidas, la separación definitiva entre los buenos y los malos. Pero Jesús no solo entraba en contacto con los enfermos, considerados impuros y castigados por Dios, sino que—y así se puso en riesgo de contagio—convivió con gusto en casa de los pecadores. No vivía en el desierto, ni se imponía a los rigores de la vida del Bautista, a tal grado que fue declarado un comilón y borracho. Su comportamento de mesías poco usual despertó sospecha y rechazo: Ya no es el hombre quien se separa de la humanidad para vivir con Dios, sino que es Dios que vive para el ser humano, Dios que entra en contacto con el hombre enfermo y frágil. Juan había predicado «todo árbol que no produce fruto bueno erá cortado y arrojado al fuego« (Mt 3,10). En la prédica de Jesús no hay ningún fuego eterno que castiga a los malos; más bien, el fuego es el de amor y celo por la salvacion del pecador y para que el ser humano recobre su dignidad, su plena humanidad. Jesús es un mesías poco usual; por eso pronuncia una nueva bienaventuranza: «¡Dichoso aquel que no se siente defraudado por mí!», es decir, que no halle en él una piedra de tropiezo que lo aleje de la fe, que lo aparte de Dios.

Queridos Hijos, En la cárcel, Juan Bautista questionó a Jesús, que no respondía a sus expectativas como mesías. Y ahora en nuestra vida de fe, la pequeñez, la falta de grandes números, de perseverantes en los monasterios, de medios convincentes, sigue siendo un escándalo, un motivo que nos hace cuestionar. Pero, el Mesías no acomoda su perfil a nuestras expectativas. Sigue siendo el todopoderoso y eterno Dios que nace en una granja, que duerme en la patena del pesebre donde comemos, de donde se sirve el pan eucarístico, por lo cual fue malcomprendido, rechazado, traicionado y negado por sus amigos, condenado, y su vida terminó en un desastre, la muerte en la cruz—pero esta cruz del Viernes Santo es la pequeña e inesperada puerta abierta a la resurreccion y la vida eterna con amable Dios nacido en nuestra carne débil—.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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