Monasterio Benedictinos Cuernavaca

II Domingo de Adviento - Ciclo A- 2019

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II Domingo de Adviento - Ciclo A- 2019

09 de Diciembre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3:1-12


Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:
«Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.»
Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.
Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre.
Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán,
y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?
Dad, pues, fruto digno de conversión,
y no creáis que basta con decir en vuestro interior: "Tenemos por padre a Abraham"; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham.
Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.»

 

Palabra del Señor.

 

 

Homilía:

 

Mateo 03,1-12’19

            El profeta Isaías esboza un espléndido retrato de la venida del Mesías, cuando toda creación volverá a su bondad primera. Es una visita al paraíso, nuestro primer hogar, antes de comer del fruto prohibido. En el Génesis el hombre y la mujer cuidaban su jardín, donde reinaba la paz, antes de que naciera el egoísmo. El profeta revierte a este paraíso antes del pecado para describir la llegada del Mesías: «Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey. El niño jugará sobre el agujero de la víbora».

            La letanía de los nombres de animales nos llama la atención—lobo y cordero, novillo y león, vaca y osa—que animales domésticos y salvajes conviven, sin rencillas y riñas. Dice el profeta: «No harán daño ni estrago por todo mi monte santo, porque, así como las aguas colman el mar, así está lleno el país de la ciencia del Señor». La descripción ofrece su atractivo. ¿Quién no desea recuperar su dignidad primera, su pureza e inocencia? ¿Quién no anhela un mundo donde reina la paz y se elimina la violencia y la corrupción? Esta profecía tiene mucho que ver con nosotros, y con la vida espiritual. Describe el mundo donde nace el Mesías; a la vez, es un cuadro del corazón donde habita Jesús, nacido en Belén y en la propia vida. Pero, ¿dónde comenzar, para realizar esta profecía?

El evangelio muestra el camino, Juan Bautista en el desierto. Ahí no se oye la publicidad del mercado, el bombardeo de la cibernética y los medios de comunicación. Ahí en el silencio y la soledad, el oído del corazón se afina para escuchar a Dios. Juan comienza su mensaje con una sola palabra: «Conviértanse»—griego, metanoéite—cambia tu actitud, tu modo de pensar, de hablar y actuar. ¿Por qué? Porque «el Reino de Dios está cerca», y su llegada requiere un nuevo modo de pensar, hablar y actuar. Y luego, Juan dice: «Preparen camino para el Señor. Allanen sus senderos». ¿Cuáles caminos?

            En el tiempo de Jesús resultaba difícil pasar de una religión de autoridad, liderada por los fariseos y saduceos, a una religión de la vocación y la llamada. Jesús nos llama a entrar al reino de Dios y su justicia; nos invita a volver a nuestro origen para cuidar el jardín descuidado. En la práctica de la fe, somos llamados, no a rebajar nuestra religión a un cumplimiento de ciertas normas para recibir una calificación más alta, sino a vivir una relación, una amistad con amable Dios que nos inspira a imitar al mismo Dios y a Jesús en la vida diaria. En la vocación monástica, somos llamados a pasar de una observancia mecánica, superficial, a pasar de un cumplimiento movido por el miedo que a veces se cubre con doble cara, a una vocación a la escucha—la primera palabra de la santa Regla—.

            Juan Bautista vivía habita el desierto, lugar propicio para escuchar, y Jesús lo visitó ahí. Después de su escucha, Jesús abandona el desierto y marcha a Galilea, a meterse en los problemas, sufrimientos y las carencias de la gente de todos los días. Ahí, como levadura en la masa, Jesús ofrece a la humanidad una vida más humana. Su visita nos muestra que Dios no está lejos; su reino está a nuestro alcance. Jesús ofrece gestos de bondad: cuenta las parábolas, para despertar nuestro modo de pensar; cura a los enfermos, defiende a los pobres, se acerca a los pecadores y come con ellos; regala la dignidad a las niñas y a los niños.

            Queridos Hijos, Para abrir los caminos para que Dios llegue, nos conviene apagar los ruidos exteriores y extraños, nos conviene escuchar. A lo íntimo de la existencia Dios llega, no cuando vivimos agitados y miedosos, sino cuando nos disponemos al silencio. Cuando el individuo se recoge y se abre a la voz del silencio, tarde o temprano el oído del corazón se abre a escuchar. Y, una vez fortalecido en la escucha, podemos salir a Galilea, la vida de todos los días, y, como la levadura, presentar a Jesús con gestos de bondad y humanidad a la sociedad donde vivimos.

            Cada vez más me encuentro con personas que, después de años de vivir alejadas de Dios, de repente sienten la inquietud de entablar la amistad con Dios vivo. ¿Cómo encontrarnos con él? Antes que nada, nos conviene valorar ese deseo de Dios que nos inquieta. Aunque te sientas con muchas ganas, pero pocas fuerzas, y tus ganas no se traducen en realidad, Dios conoce el corazón y también nuestra debilidad. Él te entiende y está cerca. Ahora lo decisivo es que confiemos en Dios que lanza su llamada—su vocación— hasta el corazón. Un segundo paso, para encontrarnos con amable Dios, consiste en recordar alguna experiencia religiosa que haya dejado huella en tu vida. Algún momento importante de tu vida en que Dios te haya alcanzado de verdad … y luego, si puedes, intenta orar. Al inicio no te saldrá nada de tu oración. Después de tanto tiempo y de tanta resistencia, la oración te parecerá algo artificial, extraño. Pero ¡ojo!, la oración no requiere muchas palabras, ni siquiera fórmulas. Puedes decir a Dios: «Quiero una amistad contigo; amable Dios, si existes, ven a mí yo te conozca». Fue una oración como esta que condujo a uno de mis santos predilectos, el judío, bienaventurado Carlos de Foucauld, a la santidad.

Luego, y muy importante este paso, busca una comunidad que alimenta tu amistad con Dios de la vida.

            En cualquier caso, siempre recordemos que, aunque nos volvemos a la vida rutinaria de siempre, amable Dios seguirá ahí, y nos sostiene. Aunque nos volvamos sordos a todas las llamadas y la fe siga dormida, Dios no nos abandona. Son buenas noticias: Dios no nos abandona, ni siquiera cuando pecamos contra él. Incluso cuando pecas, él te está perdonando. Y si su perdón no nos llega, es solo porque nosotros cerramos la llave de la gracia del perdón.

            Recuerdo las palabras de Juan Bautista: «Conviértanse—Cambien su manera de pensar, su actitud—. Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos». Amadas hijas // queridos hijos, Un día, no sabemos la hora, el Niño Dios nacerá vivo en el humilde jacal de tu carne. Lo reconocerás al sentir la reconciliación en tu carácter, como en la profecía, donde el lobo y el corderito viven juntos, el oso y la vaca pastarán en el mismo corazón. Amable Dios está a la puerta, y llama. Si escuchas su voz y abres la puerta, el mismo Niño Dios entrará en tu casa y cenará contigo (cf. Ap 3,20).

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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