Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Conmemoración de los fieles difuntos - 2019

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Conmemoración de los fieles difuntos - 2019

04 de Noviembre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-6):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.»

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

 

2 de noviembre’19

«Tener cada día presente ante los ojos la muerte» (San Benito, RB 4.47).

            En este año, mi hermano de sangre, “Mike”, se despidió del tiempo y del mundo pasajero. Estuve con él en el hospital varios días, y cuando nos despedimos, nuestras últimas palabras eran: «Te quiero, Mike». Él me respondió con su brusquedad habitual: «¿Qué significa esto?» Le respondí: «Te quiero, Mike. Yo te amaba ayer; te quiero hoy, te amaré mañana y hasta la eternidad». Mike murió después de su vida inquieta, original e indecisa, y yo tuve la sensación que, con su paso, había dejado un hueco en el mundo, un hueco que nadie podía llenar. Nadie, nunca, puede sustituir a mi hermano Mike, remplazar su manera de ver las cosas, sentir como él experimentaba la vida, cuestionar como él interrogaba la verdad, reír como él reía; su existencia en el mundo presente era única; su pascua dejó un hueco, un vacío que nadie más puede llenar. Así era mi primera impresión frente al misterio de su muerte.

            Pero existe otra dimensión. San Pablo, en la secunda lectura, nos exhorta al respecto, «Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos despojarnos de este cuerpo para vivir con el Señor», y luego, «Tenemos una casa hecha por Dios, una morada eterna, no construida por manos humanos» (2 Cor 5,7-8 y v. 1). El apóstol gustaba la amistad tan estrecha con Jesús, que vio en el sufrimiento y la muerte la misma identidad de Jesús, y llegó a esperar que la misma muerte fuera actuando en nosotros de tal forma que se cumpliera en nosotros la vida; es decir, morimos para cruzar el puente hacia la vida perfecta que viene después de la muerte que tanto nos sacude, que nos descontrola y espanta. Pablo anhelaba la feliz muerte para alcanzar la vida feliz, una vez terminada la lucha; deseaba experimentar la vida en la que la gravedad de la carne ni se opone ni arrastra; quería respirar plenamente el Espíritu, sin la asfixia del pecado; en fin, ambicionaba la vida en la que ya no es necesario luchar contra el cuerpo y el carácter destinados a la caducidad, una vez que el mismo cuerpo había alcanzado el triunfo.

            Yo no sabría decir, si la dicha de esta muerte es mayor que la misma vida que tenemos en la mano. Somos tan apegados a un concepto de la vida en el tiempo—la única vida que conocemos—, y por eso temblamos ante la muerte, aplazamos la noción de su acercamiento. Sister Antonieta, 94 años de edad, después de 20 años de acompañarla en la lectio divina, cuando propuse que reflexionemos el tema de la muerte, se puso muy seria. No le pareció bien este tema para su lectio. Aun con su avanzada edad, ella proyectaba un tramo de estudio delante. Cuando Sister falleció pocos meses después, creo que, sí, alcanzó su aspiración, y desde entonces, sin cansarse, sin distraerse, Sister se dedica a la investigación y la contemplación de la indecible e infinita sabiduría de la gloria de Amable Dios eterno. Me hace recordar al mismo Jesús, quien tembló la víspera de su muerte: «Ahora mi alma está turbada y, ¿qué pediré?, ¿Padre, sálvame de esta hora?» (Jn 12,27), y el Hijo de Dios en nuestra carne llegó a pedir, «Abba, Padre, aparta de mí esta copa, pero … que se haga lo que … tú quieres, no yo» (Mc 14,36). Sí, Jesús conocía el desconcierto y el miedo que nos arrastran ante el rostro de la muerte.

Queridos hermanos monjes, buscadores de Dios ante todas las cosas, tengamos claro, con san Pablo, que nada, ni la vida ni la muerte, puede separarnos del amor que Amable Dios tiene por nosotros. Escribe el apóstol, «Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo que está por venir, ni los poderes ni las alturas ni las profundidades ni cualquiera otra creatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,38-39). El apóstol es tajante al respecto: Nadie, nada, ninguna persona y ninguna fuerza puede separarnos de su amor. Nadie puede arrebatarnos del amor de Cristo—ni las fuerzas de esta vida o fuerzas del más allá—, nada nos arrancará del amor eterno de Dios. Entonces, ¿de qué tenemos miedo? ¿Por qué tan inquietos, descontrolados frente a la muerte, que no nos separa del amor de Dios eterno, comprobado por el sacrificio de su Hijo Jesús para nuestra salvación?

            Consideremos, amados hermanos, cómo Dios no cesa de alentarnos con la esperanza de la resurrección, de la que nos ha dado el anticipo al resucitar a su Hijo de entre los muertos. Con Jesús (evangelio Juan 12,23-24), estamos atentos al proceso natural de la resurrección que contemplamos todos los días: observemos la siembra y la cosecha: Sale el sembrador quien arroja unos granos de maíz, y lo seco y desnudo del grano que cae en tierra, se muere y se descompone; y luego, después de la descomposición, Amable Dios de la vida lo resucita, y de un solo grano se cosechan muchos granos, abundante fruto.

Aquí en el panteón, circundados, como estamos, por 14 cruces de color negro, también abrazados por dos muros, uno de color gris claro y el otro de color gris oscuro, día y noche, amanecer, atardecer y noche. En el muro nocturno resalta el símbolo de 7 estrellas. Este diseño fue inspirado por el profeta Daniel que escuchamos en la primera lectura: «Los guías sabios brillarán como el esplendor del cielo … resplandecerán como estrellas por toda la eternidad» (Dan 12,3). Así es el deseo del monje, así es nuestro destino, como buscadores de la verdad, de la santidad, de la amistad eterna con Dios. ¿De qué tenemos miedo? Nada. Absolutamente nadie, ni nada que pueda separarnos del amor de Dios, quien nos amó ayer, nos quiere hoy, y nos ama para toda la eternidad. Vivamos el sano consejo de san Benito: «Tener cada día presente ante los ojos la muerte», porque la muerte es solo un pedazo de nuestra experiencia de la vida; la muerte, y todas las muertes a lo largo de la vida terrenal, sirve como puente hacia el desprendimiento del mundo temporal y limitado que construimos por nosotros mismos; la muerte es el puente que llega hasta el amor eterno de amable Dios. San Benito bien nos dio el aviso: «Tener cada día presente ante los ojos la muerte» (RB 4.47).

 

Vivo sin vivir en mí

Santa Teresa de Ávila 

 

Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di

puso en mí este letrero:
«Que muero porque no muero».

Esta divina unión,
y el amor con que yo vivo,
hace a mi Dios mi cautivo
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a mi Dios prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

Acaba ya de dejarme,
vida, no me seas molesta;
porque muriendo, ¿qué resta,
sino vivir y gozarme?
No dejes de consolarme,
muerte, que ansí te requiero:
que muero porque no muero.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

 

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