Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Solemnidad de Todos los Santos - 2019

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Solemnidad de Todos los Santos - 2019

02 de Noviembre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12):

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 05,1-12’19 (Todos los santos)

Los doctores de la felicidad, mujeres y hombres que triunfaron en su vida, es lo que festejamos en la fiesta de Todos los santos. Lejos de ciertas imágenes piadosas y lejanas que retratan a una élite con un heroísmo inimitable, las lecturas describen una inmensa multitud de personas amables, alegres, marcadas con el sello en la frente; «son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero», y su virtud cruz la frontera del cielo, invade la tierra e inspira nuestra esperanza. Porque la felicidad de los santos no es un tesoro que ellos guardan para sí mismos, el premio logrado por las tormentas y los contratiempos de la vida, sino que es una felicidad que se comunica, que se desborda, que, como una llama de fuego se comparte con todas las personas que arden con ganas de lograrla.

Si los santos son los doctores en la felicidad, hombres y mujeres cuya existencia tiene trascendencia eterna, no es porque ellos fueran dotados de condiciones excepcionales, no es que estuvieran inmunizados de los males y las penas que nos enfrentamos y a veces parecen apagar nuestro deseo de la verdadera felicidad que nos tanto anhelamos. Porque su camino hasta la felicidad no fue otro camino que el nuestro. Meditamos el plan de las bienaventuranzas y vemos que es el mismo itinerario que recorremos nosotros: los doctores de la felicidad conocían la pobreza de espíritu, ellos lloraban, batallaban por la pureza de corazón, sentían hambre y sed de la justicia; pasaron por la traición, la mentira, la violencia y la persecución. No fueron exentos de ninguna de los golpes que hacen nuestros caminos tan fatigosos. Por el contrario, la primera lectura junto con el Evangelio afirma que los llamados «santos» conocían los reveses de la vida en un grado mayor: «Son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero», una identidad descuidada para muchos seres humanos, incluso para los cristianos.

Esto nos enseña que el lograr la felicidad no se trata de escapar de las lágrimas, de la pobreza, del rechazo, sino vivir conscientes de la realidad humana, con todo lo que implica, su belleza y también su aspereza, y ahí en el mole de todos los días y todas las noches, descubrir los sabores de la verdadera felicidad. La paradoja de los santos, doctores de la felicidad, es que no son ni los más fuertes, ni los más valientes, ni son más hábiles que nosotros. Incluso muchos de ellos estaban menos dotados que nosotros, en condiciones menos favorables que las nuestras. Pero su fe y esperanza transformaron en momentos de gracia todo lo que les sucedió, todo lo que sacudió sus vidas.

Queridos hermanos, sería inútil buscar algunas condiciones óptimas para entrar en el camino de la santidad. Todos somos invitados a entrar, y las óptimas condiciones tenemos delante. No hay obstáculo, ni fragilidad, ni discapacidad, ni carencia que nos impida acceder a esta multitud de los «ciento cuarenta y cuatro mil […] que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero» … O bien, tal vez el único obstáculo para lograr la felicidad es pensar que ella se encuentra en otro lugar donde no estoy. Otro impedimento sería ceder a la tentación que no puedo, que no es para mí, y desesperar de la gracia de Dios y del Espíritu Santo. Quizás es por ahí donde, para nosotros, está el mayor obstáculo para la santidad, el mayor desafío que enfrentamos. ¡Tantas personas el día de hoy son cautivados de falsas imágenes de felicidad! Creen que la felicidad se puede conquistar, comprar, regatear, vender. Otras personas viven la ilusión de que se les debe la felicidad, que les viene de afuera. La fiesta de hoy nos enseña que la felicidad se encuentra aquí dónde estamos, así cómo somos, y en todo momento a lo largo del recorrido. En las bienaventuranzas Jesús recuerda que es precisamente cuando soltamos los ídolos de la felicidad, las ilusiones lejanas … cuando entramos en la libertad de los humildes, los que lloran y bailan con pureza de corazón, los justos, que finalmente nos arrimamos juntos en el camino de la verdadera felicidad.

 R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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