Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 30º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 30º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

28 de Octubre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:
“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

 

 

 

Homilía:

 

 

 

Lucas 18,9-14’19

 

 

               Les confieso que soy amigo de fariseos, y muchas veces soy su abogado. Después de todo, ¿dónde estaría la religión, y la vida religiosa, sin su claridad, sin su cuidado de los detalles? Pero, a pesar de los beneficios que aportan a la vida religiosa, hay algún déficit, y el fariseo en la parábola nos da algo en que pensar. San Lucas comienza con la observación: «Algunos […] se tenían por justos y despreciaban a los demás». Esta actitud constituye un pecado mortal para el alma, no sólo para un fariseo, sino para cualquier cristiano. Cuando subió al templo, el fariseo llegó a rezar: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como las demás personas [...]». En su exterior, el fariseo fue excelente en su observancia de la ley y las buenas costumbres; lo felicitamos por su vida ordenada, pero su falta consistía en juzgar a las personas que no alcanzan el mismo cuidado de sus vidas, y entre las cuales que criticaba cuenta al mismo Jesús, cuyo modo de ser escandalizaba a los «religiosos» de su época, porque Jesús no cuidaba las formas, no observaba el sábado y las reglas de la limpieza como debe de ser, y es más, Jesús convivía abiertamente con los pecadores. En realidad, con sus actos y su enseñanza Jesús intentaba poner en orden la vida interior de sus correligionarios, quienes se preocupaban más en la piedad superficial—o bien, «súper-facial»—.              

La religión auténtica, como Jesús señala a la mujer samaritana en otro evangelio, es una relación que se vive al nivel del espíritu y la verdad. Por cierto, se expresa en la observancia externa, pero lo externo es solo una débil indicación de la vida interior. En los sacramentos, el signo visible apunta a un don invisible de la gracia, y recibimos la gracia en el interior, pero no siempre tenemos los ojos para percibir los efectos en la vida del cristiano bautizado. También la observancia religiosa conlleva cierta ambigüedad. Siempre existe una tensión, una cuestión, si la disciplina brota del corazón, si brota de la integridad de la persona, o es una máscara, un programa de conformidad para complacer a alguien o a sentirse bien consigo mismo. Hoy en día, como en tiempos de Jesús, existe esta inquietud respecto a la vida religiosa, si es un mecanismo meramente externo, o si brota de la amistad sincera con Dios.              

En su esencia la vida espiritual es un imperativo que se concibe, nace y crece desde la intimidad de la persona, y refleja que somos imagen de Dios, buscando perfeccionar esta semejanza en pensamiento, palabra y práctica. Amable Dios toma la iniciativa en nuestra vida en el nivel del espíritu, antes de que la persona llegue a tomar decisiones respecto a la observancia. Es amable Dios quien toma la iniciativa, y va a nuestro encuentro. No es una amistad que nosotros mismos generamos, sino don de Dios, accesible para todo ser humano. Ya sea que hacemos frente a los externos de la religión o no, lo esencial es la respuesta y la decisión individual, de separarse de sí mismo y entrar en comunión con Dios y con la iglesia.              

Una parábola. Dos personas subieron al monasterio para orar: una era farisea y la otra, pecadora. La farisea se inclinó la cabeza, suspiró, revisó el tablete de su corazón, y, con palabras sinceras, oró: «Señor, Dios mío, tenme misericordia, porque, aunque soy puntual y cumplido en los deberes y compromisos, me siento lejos de ti, y mi corazón es un laberinto de inseguridades; critico y desprecio a mi prójimo indebidamente, y, de verdad, desconozco lo que ellos traen en su corazón, ignoro su dolor y su sentir. Señor, Dios mío, la fachada de mi casa está todo en orden, pero, “dame chance”; me falta tu gracia que acomoda mi vida interior, el corazón, para que la amistad contigo dure para siempre».               

La pecadora también subió al monasterio; asistió a la misa, pero se encerró en sí misma, no abrió la puerta a la gracia, hasta muchos años después, desahuciada, y días antes de su muerte, su familia habló con el cura y pidió el sacramento, a saber que todavía le faltaba algo para estar bien consigo misma y con Dios.

 R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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