Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 28º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 28º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

14 de Octubre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):

Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo:
«Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo:
«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo:
«Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Palabra del Señor

 

 

 

Homilía:

 

 

 

Lucas 17,11-19’19

La comunidad que ocupa la periferia se constituye por diez personas, leprosos, que reciben las migajas de la gente—migajas de desprecio, de caridad o bien de lástima—. Una comunidad de afligidos. Si ustedes, hijos e hijas, no me creen, pues, miren a aquellos miserables andrajosos, fíjense en las manchas de piel, brazos y manos lacerados y pies podridos, sus miradas aprensivas, esperando tanto el maltrato como alguna limosna. Oigan, escuchen el sonido de sus campanitas o sus silbados, que avisan del contagio de su presencia repelente.

            No importa cuánto esfuerzo hago yo para no fijarme en ese cuerpo grotesco, asqueroso, la curiosidad me gana, y me es difícil no ver los borrones en el cuerpo, los rostros o troncos monstruosos donde deberían estar los dedos, orejas, nariz, labios o pies. ¿Y Jesús frente a este reto de la mirada? El evangelio nos informa, “Ellos gritaron … Y Jesús los vio, y les instruyó: Vayan a presentarse a los sacerdotes”. La mirada de Jesús era distinta de la nuestra; él se fijó más allá de la lepra. ¿Por qué nosotros, a veces, no logramos ver más allá de la superficie, más allá de la envoltura, hasta el corazón de nuestro hermano o hermana?

Es extraña esta banda de afligidos, una comunidad integrada de diez enfermos, que se juntaron y recorrían la región fronteriza entre Galilea y Samaria, juntos mendigaban su dignidad. Era un grupo heterogéneo, multirracial, y, entre ellos, uno se destacó, un extranjero, un samaritano. Entre las razas de Palestina de ese entonces, los samaritanos y los judíos vivían separados, cada quien, en su casta, una división que existe hasta el día de hoy con los israelíes y palestinos, enemigos vecinos, ambos dueños del mismo patrimonio. O bien, una realidad análoga a la discriminación que existe entre los nativos y los migrantes. Tiene sentido, también espiritual, que ellos se encontraban en la frontera entre Galilea y Samaría. (En la actualidad, el Papa Francisco nos habla de nuestra misión hacia la frontera. Me pregunto, ¿Hacia que frontera en la propia vida evangélica, en mi propia conversión, debo dirigirme?

Diez mujeres, hombres y niños, estigmatizados en su cuerpo por la lepra, fue el motivo para consolidarse y moverse juntos. Su llaga compartida les hizo ignorar la hostilidad endémica que los marginaban. Su condición leprosa derrumbó las paredes raciales o jerárquicas y logró formar una comunidad. Su pequeña cofradía enferma fue el único lugar donde se sentían en familia …

            … hasta que se toparon con Jesús, quien no sólo vio a los leprosos, sino se fijó más allá de su lepra, y miró a cada persona, y se compadeció de ella. Sin discriminar entre los menos malos y los peores, los santos y los pecadores, los dignos y los indignos, les instruyó: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”—porque según la ley, después de su curación, le correspondía al sacerdote darles de alta de su cuarentena cruel, para que volvieran al seno familiar y se reintegraran en la vida normal—.

            Mientras se apartaron de Jesús, los diez se dieron cuenta que se había quitado su terrible estigma; la costra repugnante fue levantada. Con esta realización, uno de aquellos se apartó de la comunidad; volvió con Jesús a glorificar a Dios. ¿Por qué sólo uno? ¿Por qué abandonó a su comunidad de enfermos, ahora sanados? Porque después de que se habían recuperado la salud, estas mujeres y hombres ya no tenían en común lo que les había reunido.

¿Qué dice el evangelio? “Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias”. Su regreso y genuflexión ante Jesús significan para aquel antes leproso, que Jesús es el sacerdote, es el nuevo templo que recibe las ofrendas eucarísticas; es el médico del cuerpo y salvador de almas. Jesús es la presencia redentora de Dios, y todos—samaritanos, pecadores, extraños, paganos y gente bien—podemos acercarnos a Dios en Jesús y ser abrazados por la misericordia divina y la compasión humana.

            ¿Qué nos enseña este evangelio? Pertenecemos a una sociedad y a una Iglesia enfermas, y todos, como seres humanos, nos hace falta una sanación desde la raíz. Todos anhelamos un contacto con Amable Dios; compartimos la misma enfermedad—el pecado—que nos aparta de la comunidad de los santos. Pero Jesús el sacerdote nos recibe con brazos abiertos, cuando nos acercamos a él con el deseo de ser sanado, y luego, comulgamos con él en la Eucaristía, la acción de gracias, que nos hace discípulos y discípulas suyos.

            Cuando experimentamos y reconocemos su compasión, nuestra vida limpia, bautismal se repone y recargamos las pilas con la Eucaristía. Con la sanación de Amable Dios, la vida entera se transforma en alabanza y acción de gracias. Antes de encontrarnos con Jesús, nuestra comunidad fue fraguada a base de la enfermedad; vivimos juntos en la periferia, mendigando el amor y una mirada benévola, pero ahora nos unimos en acción eucarística, en la transformación de vida y en la paz que Jesús, el divino médico, nos ofrece. Ahora, con la sanación de la epidemia del pecado, las escamas han caído de los ojos y miramos el uno al otro con dignidad y gracia, y no nos avergonzamos, porque en la misma mirada recibimos la atención de Cristo, nuestro Amable Dios, el médico del alma.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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