Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 27º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 27º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

07 de Octubre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,5-10):

En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe».
El Señor dijo:
«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.
¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”?
¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Lucas 17,5-10’19

Los apóstoles se vuelven abogados nuestros cuando piden a Jesús, «Auméntanos la fe». En respuesta, Jesús contesta que la fe es algo tan pequeña y frágil, tan indefinida y amenazada, y habla de ella con imágenes tan confusas como un granito de mostaza, o un árbol frondoso trasplantado en el mar salado; luego cuenta la parábola de un campesino que se cansa trabajando todo el día y, vuelto a casa, su patrón pide que le prepara la cena.

Vivimos en una sociedad donde la fe se ha cambiado de rostro, y para muchas personas parece que la fe llegue tarde y tome el asiento de atrás. Ya no se expresa como antes, pero todavía la idea de la «fe» nos mueve, y pedimos un aumento en ella, porque a veces, fastidiados con la propia vida, buscamos el sentido trascendental de la existencia, y todos los argumentos y las respuestas que ofrecen el mercado y el «google» no nos convencen. También para los apóstoles acompañando a Jesús hacia Jerusalén, la fe se iba perdiendo su lustre. Percibían, cada vez con más inquietud, que su misma amistad con Jesús revolvía su fe y les quitaba la calma. Al seguir a Jesús y conocerle bajo el sol de mediodía, poco a poco se les iba eclipsando su fe primaveral.

Contemplando el evangelio, vemos que, por la familiaridad con Jesús, la fe se volvía más difícil. Es lo que se experimenta en el matrimonio, en la amistad y la vida monástica: debido al bochorno de mediodía o bien al frío de la madrugada, frente a la indiferencia de compañeros o el enfado consigo mismo, el esposo o la esposa, el padre o la madre, el hijo o la hija, o el monje se afloja en su fe y su fidelidad. La fe, tamaño de un granito de mostaza, ya no tiene ese carácter masivo y convincente que tenía en el Antiguo Testamento, con la zarza ardiente, la visita de los ángeles, el paso libre por en medio de las aguas del Mar Rojo, las batallas de Josué y Débora y de Gedeón; ya no es alcanzada por las manifestaciones tremendas, milagros y certezas caídas del cielo. Los discípulos caminaban con sus dudas y miedos de todos los días, y les cansaban las urgencias y la incredulidad del pueblo. Como el grano de trigo debe caer y morir para dar fruto, su fe tenía que caer al suelo, romper su cascarita, pasar por el crisol de la ausencia y el silencio de Dios, para brotar en sentido de vida y madurar resucitada.

Al igual que el granito de mostaza, para crecer, a la fe le hace falta la tierra y el cielo. Como una semilla, debe arraigarse cada vez más en la tierra actual, agradecida, recibe la lluvia y la luz del cielo. La fe cristiana es una virtud encarnada donde la gracia, para trabajar, necesita la tierra—el humus—de todos los días. Si no se echa raíces profundas, se marchita y muere en tiempos de sequía o no aguanta la noche cuando se corta la luz de los afectos, de la razón, o bien, la fe se pone en peligro cuando se deja llevar por los impulsivos torrentes de actividad que se agotan en cansancio y enfado.  Así, la parábola del granito de mostaza nos ilumina la fe.

¿Y la otra parábola, la del sirviente de vuelto a casa después de un día de trabajo, y se topa con un patrón exigente? La fe no busca privilegios, ni recibe ningún derecho de antigüedad. El sirviente no puede reclamar nada más que su derecho de servir. Nos llama la atención que Dios no atrae sus amigos prometiendo recompensas o aguinaldo. En el trasfondo su publicidad es el drama del Dios crucificado y muerto, del Dios que se hizo pequeño y pobre, poniéndose del lado de los débiles y desprotegidos. ¿Cómo creer que el milagro más grande es esta muerte por amor? ¿Cómo creer que de esta muerte cobra sentido la existencia humana y la historia entera? Pero es esta la fe, a medida que crece en la verdad, que nos hace más pequeños, a nuestros propios ojos. De una manera paradójica, la fe, cuando nos acerca a Dios, nos hace más humildes en imitación al «manso y humilde de corazón».

Hace poco, un joven llegó al monasterio para desahogarse de su vida deshebrada: su matrimonio un laberinto de amores y desamores, recados y afectos ajenos a su primer amor, secretos insoportables, alcoholismo, gritos, reclamos y descarga emocionales en los niños, y su petición fue muy parecida a la del evangelio—Jesús «auméntanos la fe»—. ¿Y la respuesta? La fe encuentra sentido en la fidelidad a las cosas y los compromisos de cada día, aun cuando—especialmente cuando—la «dieta» de todos los días pierden su sabor. A veces, nuestra fe se escribe, simplemente, «fidelidad» y perseverancia en el amor. Cuando amamos a alguien de verdad, somos capaces de hacer grandes sacrificios y soportar largas esperas. Y esto no es más que otro nombre de la fe, ya no la fe de prodigios, de verdades indiscutibles y tratados teológicos, sino del abandono confiado en el abrazo de amable Dios quien nos ama y a quien respondemos amando sin pretensión.

Si la fe es tan frágil, ¿se la puede perder? ¡Por cierto, «¡Yes!», se la puede perder la fe. Incluso voy más allá: yo diría que perder la fe es necesario para que crezca el don teologal de la fe. Esto les sucede en las vidas de los grandes maestros y maestras. A riesgo de escandalizar a los pequeños aquí presentes, mi Madre Teresa de Calcuta, en su noche oscura, confesó que no veía nada ahí donde esperaba el bálsamo de su fe. Pero al perder la cálida y entusiasta fe de su juventud, siguió los pasos de los apóstoles que, antes que ella, habían duplicado en carne propia el dolor del pequeño granito de mostaza caído y roto en el suelo, y ella, con apenas una pizca de fe, trasladó un árbol frondoso y lo plantó en las aguas salinas del mundo presente, donde las mismas aguas pudieron haberlo matado, pero, en estas adversas condiciones, creció y floreció. Porque vivir la fe madura es entrar en la pasión de amable Dios, asemejarnos con su amado Hijo en la muerte, para poder alcanzar con él la Resurrección a la felicidad eterna.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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