Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 24º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 24º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

16 de Septiembre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-32):

EN aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:
“Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
También les dijo:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

 

Lucas 15,1-32’19 (dos hijos en el alma)

Una parábola está diseñada a reacomodar los muebles en la casa interior. En la parábola del hijo pródigo, tanto del hijo mayor como del hijo pequeño suscita la pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Me identifico más con el hijo mayor o con el pequeño? ¿O quizá los dos viven bajo el mismo techo, en el mismo corazón? La actitud de los dos revela nuestra polaridad. En el corazón del hombre viven la regla y la rebeldía, el hijo pródigo y el hijo judicial, quien se jacta de su perfecta observancia. Vivimos con las dos inclinaciones. La parábola nos cuestiona: ¿De qué manera disfruto la casa del padre, en comunión y reconciliación con mi hermano/hermana?

Un hijo en el hogar se asfixia con la vida regular; exige a su padre, ahora mismo, la parte de herencia que le corresponde. Le hace falta salir y divertirse. Es el deseo de muchos jóvenes, vivir el momento, dejarse llevar por el espectáculo. Por un tiempo la pasión lo lleva a derrocharse “con una vida libertina”. La expresión en griego, ζῶν ἀσώτως (v. 13), se refiere a una vida descuidada, sin rumbo, hasta enfermiza. Este hijo cae tan bajo que se hace dependiente de un campesino, quien lo manda a cuidar cerdos, con los cuales se revolcaba sin recibir siquiera las bellotas de los cerdos. Cuando llegó al extremo de la miseria, se dio cuenta de las trizas de su existencia. Así él que se había apartado de la casa y entregado en manos de otro, entra en contacto consigo mismo: “¡Cuántos obreros de mi padre tienen comida de sobra mientras yo me muero de hambre! Me levantaré (anastás), volveré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus obreros” (vv. 17-19).

El monólogo muestra la condición de su espíritu y nos ofrece el espejo. En su extravío una voz interior le invitaba a volver. Se puso en camino hacia su padre quien, siempre a la espera, salió a su encuentro. Es lo que le corresponde al padre de familia: no se aferra a un juicio, su dolor, pues el hijo siempre es hijo, para que él sea padre. Por eso, se echa a correr, lo abraza y besa. La disculpa del hijo se queda en el aire, mientras el padre manda al criado a buscar la muda de ropa, le coloca su anillo en la mano, le calza las sandalias, y celebra su regreso: “Hagamos fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado” (vv. 23-24).

Con la parábola, Jesús ilustra cómo es el corazón de Dios. Comparte su alimento con los pecadores y comprueba su misericordia, que escandaliza a los fariseos y críticos. El Hijo del Padre bajó del cielo para demostrar cómo Amable Dios tiene compasión de las personas que se han perdido, a quienes se han hecho extrañas a sí mismas. Jesús, al comer y beber con los pecadores, manifiesta a Dios entrañable; lo que hace en esta comida ocurre en la eucaristía, donde nos ofrece un banquete que permite festejar en comunidad con el mismo Dios, ya que estábamos perdidos y hemos sido encontrados. Jesús llama a quienes nos encontramos espiritualmente atrofiados, cansados o muertos; busca a los que se han perdido y tocado fondo y despierta la esperanza en aquellos que se han desahuciado a sí mismos. Aun cuando nos lancemos a la locura y acallemos el hambre con vida chatarra, una y otra vez Jesús nos invita a la casa del Amable Padre, donde nos reconocemos como hijos. Una y otra vez Jesús nos invita a levantarnos y volver. Y ahora, es cuando que se presenta nuestro hermano, hijo mayor, enfadado ante la fiesta que nuestro Padre ordenó por nuestro regreso.

Se observa que cada protagonista se caracteriza por la vida sentimental. El hijo menor se desborda de ilusión, y luego se siente indigno, pero supera su sentimiento y vuelve al padre, quien se deja llevar por entrañable amor, y éste enciende el resentimiento de su hijo mayor. Puede ser que también nos esforcemos para cumplir con la ley de Dios, pero el enfado ante el prójimo relajado pone de manifiesto que nuestra observancia es interesada y no nos deja ser felices. En el fondo subyace el juicio, el resentimiento o el miedo a la vida. Nos irrita la sombra del hijo pequeño en el corazón de la familia.

            Lo inconsciente del hijo mayor se hace patente cuando reprocha al padre: “Hace tanto tiempo que te sirvo [como esclavo], y nunca desobedecí ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un corderito para festejar con mis amigos. Ahora ha venido ese hijo tuyo –a quien no acepto como hermano – que despilfarró tus bienes con prostitutas, y le matas el ternero más gordo” (vv. 29-30). Con esto, vemos que el hijo no ha cumplido la encomienda del padre de buena voluntad, sino que pretendía ganarse un reconocimiento; ahora, muestra su resentimiento hacia el chico pequeño. Bajo la fachada de la decencia, se intuye fantasías sexuales que él proyecta en la vida libertina de su hermano. En el hijo mayor, descubrimos la parte de uno mismo que se esconde bajo una fachada piadosa.

            Ahora Amable Padre se dirige al hijo mayor: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero hagamos fiesta, porque … porque … porque tu hermano estaba muerto y ahora vive; se nos perdió y ahora lo recibimos de nuevo (vv. 31-32) – un discurso llena de cariño que nos despierta a la figura de nuestro hermano, hijo del mismo padre. Que el hermano extraviado haya sido encontrado y el muerto haya vuelto a la vida es motivo para festejar.

            Hijos e Hijas, Esta parábola nos invita a meditar los propios deseos y exigencias, las pasiones y los juicios. Los dos hijos son un espejo de lo que el ser humano lleva en su interior y, a la vez, nos remiten al Amable Padre de la familia. Puedes dirigirte a él tanto si eres el pecador o el fariseo, el hijo mayor o el más pequeño, el rebelde como el correcto, el descuidado como el cumplido. Cada uno a su manera estaba muerto y una vez se había perdido: uno en la aventura lejos de la casa, otro en su rectitud, pero atascado por el miedo y el juicio. Amable Padre nos invita a una celebración de la independencia, a la reconciliación en nuestra familia, para disfrutar la fiesta de la vida.     

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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