Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 23º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 23º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

09 de Septiembre del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,25-33):

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
“Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Lucas 14,25-33’19

Un campesino subía el monte con un caballo y un borrico sobrecargado; el caballo, libre de toda carga, disfrutaba la subida, respiraba el aire fresco y admiraba el paisaje. A cada rato el compañero burro, agobiado bajo la carga pesada y los golpes de su patrón, le suplicaba: “Hermano Caballo, ayúdame, porque ya no puedo más”. En su interior el caballo no hizo más que burlarse del borrico y lo que le tocaba en la vida. Avanzaban cada vez más lento, hasta que el burro se desplomó y murió, debido a la carga que llevaba y la paliza que el dueño le daba a cada rato. Entonces, el indignado patrón arrimó el caballo, le pasó toda la carga, y se le ocurrió una buena idea: “¡De algo me puede servir este burro muerto! Venderé su piel a los fabricantes de tambores”. Entonces, sobre el lomo del caballo, junto con toda la carga pesada, colocó también el cadáver. Seguían adelante y ahora, demasiado tarde, el caballo reflexiona y llora, “¡Pobre de mí! Si le hubiera dado la mano al burro, no tendría que llevar toda esta carga que me aplasta”.

Queridos Hijos e Hijas, Jesús nos invita, “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a sus afectos primarios – a su padre y a su madre, a su esposa y a sus familiares – y más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo”. Da como ejemplo la construcción de una torre, por la cual hay que hacer el presupuesto, para ver si tiene con qué terminarla y no se quede a medio terminado, como monumento a su dejadez. En la segunda parábola un rey prepara la batalla contra alguien más fuerte; calcula su milicia y sus estrategas, para ver si podría ganar o mejor enviar una embajada para proponerle condiciones de paz. Con estas parábolas, Jesús nos enseña que ahora, mientras vamos en camino, nos conviene arreglar las cuentas, antes que esté demasiado tarde. El día crítico en nuestra salvación es hoy mismo, y la prueba de nuestra discreción es la manera en que vivimos los afectos, la manera en que caminamos con el prójimo.

¿Quién, si pretende construir una casa, no hace un presupuesto para ver si tiene lo suficiente para techarla? Nadie desea quedar mal con una casa a medio hacer o con un compromiso no llevado a cabo. En parábolas Jesús habla de nuestra vocación. La felicidad se rebaja cuando no hay entrega a lo que se compromete. En cuanto a la paz y la felicidad que se encuentra en el matrimonio, en la familia, en la vida monástica, Jesús había comentado, “Los que ponen la mano al arado y miran hacia atrás no sirven para el reino de Dios” (Lc 9,62). O, con sabor mexicano, “No se puede chiflar y comer pinole”.

No negamos la sabiduría de su consejo. Para construir una torre, ¿quién no comienza por cerciorarse si tiene lo suficiente para completar el proyecto? Pero no se queda fijado en los planos arquitectónicos y el enganche, motivado por el fervor primero. La prueba viene cuando el calor del día nos afecta y nos abruma.

¿Sabía Jesús de las distracciones y los reveses a lo largo del camino? ¿Qué hay después de unos meses o años, cuando el amor se siente desvalorizado, postergado u olvidado? ¿O qué, cuando se apaga el ánimo, la energía, y la “química” en la vocación, y alguien se topa con otra ilusión o con el propio carácter indomable? El resbalón no viene al comienzo, como Jesús propone en las parábolas. Una vez sobre la marcha, ¿cómo mantenerse firme cuando se acaba el buen celo, cuando llega el enfado y el desgaste?

Sí, queremos construir un edificio, una morada, no solo que sirva unos meses, sino que dure por la eternidad, una habitación donde recibir a los ángeles y al mismo Dios. Y la única forma de construir la casa con la segunda planta que alcanza el cielo es en tomar conciencia de nuestros actos, la gracia de Dios y la entrega el día de hoy, sin la cual no habría felicidad ni libertad ni paz. La torre que construimos con el seguimiento de Jesús no va a quedar a medias si invertimos bien los recursos en vista los resultados duraderos. Para vivir eternamente con Cristo, la advertencia de nuestro padre san Benito nos sirve bien: “No anteponer nada, absolutamente nada, al amor de Cristo, el cual nos lleve a todos a la vida eterna” (RB 72,11-12).

            Del discipulado, Jesús propone otra figura. “Si un rey va a enfrentarse en batalla contra otro, ¿no se sienta primero a deliberar si podrá resistir con diez mil al que viene a atacarlo con veinte mil?” Y nosotros, ¿no avanzamos en la ofensiva contra los pensamientos equivocados y la vida emocional, queriendo conquistar el cielo? Queridos hermanos, al considerar la oposición, se recomienda enviar una embajada y concertar las condiciones de paz. Y para esto, ¿qué mejor diplomacia que las obras de perdón, de comprensión y caridad por adelantado? Prestemos atención a lo que enseña san Benito: “preparemos nuestros corazones y cuerpos para militar bajo la santa obediencia de los preceptos y roguemos al Señor que nos conceda la ayuda de su gracia para cumplir lo que nuestra naturaleza no puede … corremos y practiquemos ahora lo que será de nuestro provecho para la eternidad” (Pról. 40-44). Tanto san Benito como Jesús nos exhortan: que practiquemos hoy lo que nos conviene para la eternidad. Y a la invitación de Jesús en el evangelio, “Si alguno quiere seguirme y me no prefiera a” los demás afectos, “más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo”, san Benito hace eco: “No anteponer nada al amor de Cristo // Vayamos todos juntos hacia la vida eterna”.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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