Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Profesión solemne 2019

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Profesión solemne 2019

16 de Agosto del 2019
por Benedictinos

Profesión solemne

Muy queridos Hijos, HH. Benedicto, Josué, Rafael, Juan Bautista, Francisco de Asís. Apreciados familiares y amigos. Queridos hijos e hijas en san Benito y en el Señor:

            El prólogo de la Regla del maestro de la vida monástica del occidente nos anima:

«Escucha, hijo, los preceptos del Maestro

e inclina el oído de tu corazón …

Mi palabra se dirige ahora a ti …

que renuncias a tus propias voluntades

y tomas las preclaras y fortísimas armas de la obediencia

para militar por Cristo Señor, verdadero Rey».

            «Escucha» –dice –., «inclina el oído de tu corazón …» y atiende a lo que te importa para vivir. Un proverbio dice: «Si no vivimos conscientemente, no es vida». San Benito exhorta a que nos dediquemos a una vida consciente. Escribe: empuñar «las preclaras y fortísimas armas de la obediencia para militar». Quiere decir que la vida espiritual no nos llega soñando, respirando, sino escuchando al maestro y sus intuiciones «con el oído del corazón» – «corazón» abarca la facultad de la inteligencia, el deseo y la reflexión más que el esfuerzo académico o un sentimiento –.

            Cuando el poeta escribe, «Recibe con gusto el consejo de un padre que te ama», muestra que la pequeña Regla no está escrita por un fanático que nos inspira miedo o nos obliga a conformarnos a un régimen, sino por quien nos ama y nos encamina hacia la vida. Sabemos de la experiencia que la ser humano no crece simplemente cumpliendo lo que otro le exige a hacer. Las obligaciones, correcciones y amenazas generan resistencia y una vida doble. El corazón comienza a crecer cuando se cansa de resistir. ¡Cuántos padres autoritarios, madres exigentes y maestros estrictos no generan la caridad y libertad en las decisiones de sus hijos, que se alejan de la casa, y suelen perpetuar los patrones de sus jefes! ¿A cuántas personas les falta la amabilidad por no haber sido amado?

            Al inicio del prólogo, Benito recalca que no somos nuestro propio guía. La escucha, la obediencia – dice Benito –, la disposición a escuchar la voz de Dios, es lo que nos rescata del pequeño mundo que nos construimos para nosotros mismos. En la conversión benedictina, somos llamados por alguien mayor que nosotros, quien nos guie más allá de donde alcanzamos por nosotros mismos: Cristo, un amable padre.

            El poeta del prólogo sigue:

«Ante todo, pídele con una oración constante

que lleva a buen término toda obra buena que comiences…

… Aquel que se dignó contarnos en el número de sus hijos …

El monje que anhela la presencia de Dios está ya en su presencia. La persona que busca a Dios ya fue encontrada por quien lo busca: «se dignó contarnos entre el número de sus hijos». Benito dijo «hijos», no esclavos. ¿La diferencia? Hijos son herederos. Una esclavitud fastidiosa y rutinaria seguirá siendo pesada por mucho empeño que pongamos en superarnos. La puntual e inconsciente asistencia al oficio no cambia nada en el alma. Por el contrario, la salsa que da sabor a la presencia de Dios en la vida monacal es la atención a la vida interior. A lo largo de la conversión, llegamos a caer en la cuenta que no somos nosotros quienes encontremos a Dios, sino que amable Dios capta la atención, nos hace familia, nos cuenta «en el número de sus hijos». La vida espiritual, más que un premio ganado por mucho esfuerzo, es una gracia con la que cooperamos.

            Pero, como san Benito da a entender, la gracia no es una palmada en la espalda, sino es complicada. Podemos sentirla o ignorarla, recibirla o bien rechazarla; es la historia real de la vida, y pronto nos damos cuenta que no prestamos atención absoluta a la gracia de Dios en la vida. Por desdeñar el excelente don de la vocación – dice Benito –, por negar a invertir los recursos para la construcción de su reino, el precio es alto. Dentro de algunos minutos escuchamos una maldición en el rito de profesión: «El que va a ser recibido prometa … en presencia de todos, su estabilidad, la conversión y la obediencia, ante Dios y sus santos, para que, si alguna vez obra de otro modo, sepa que ha de ser condenado por Aquel de quien se burla» (RB 58,17-18). Sí, queridos hijos, así como en esta bellísima ocasión obtenemos el privilegio de ser hijos en casa, sucede a veces que el hijo desprecia su privilegio, pierde lo que le corresponde como hijo; el fuego de su amor se enfría – así como en etapas en el matrimonio, cuántos monjes tienen que luchar por mantener ardiente el buen celo que conduce a la vida y por evitar el celo amargo que convierte la vida en un infierno. A veces, en la vida monástica, el monje se porta, no como hijo pródigo, sino como el hijo mayor de la parábola que se ausenta de la fiesta. Querido hijo, Benedicto, Josué, Rafael, Juan Bautista y Francisco de Así, la gracia de la profesión es una verdad complicada. Aun cuando las condiciones de tu vida no te permiten alegrarte en la caridad y no avanzar en la conversión – te aconsejo – no caigas en la tentación de despreciar la gracia, que siempre está, aun no reconocida. La tristeza nace cuando rechazamos lo que es nuestro por ser contados «de entre el número de sus hijos».

            El poeta del prólogo continúe:

«Levantémonos, pues, de una vez …

“Ya es hora de levantarnos del sueño” (Rom 13,11) …

“Corran mientras tengan la luz de la vida,

para que no les sorprendan las tinieblas de la muerte» (Jn 12,35).

            La invitación es insistente e intensa – «Levantémonos … Ya es hora … Corran …». San Benito nos recuerda que la vida es breve, que no hay tiempo que perder, que algunas cosas son importantes en la vida y otras no. Hay que pesar el valor eterno de nuestras ocupaciones. Llega el momento de preguntarnos si gastamos la vida en oro o en lodo.

            ¿Dormidos? Toda hora es tiempo de despertar … para … correr, mientras tengamos la luz de la vida, atentos ante la presencia de Dios y convencidos de que la vida comienza definitivamente solo hasta termina. Desde hace siempre hay una pregunta en el corazón del ser humano, «¿Existe la vida después de la muerte?» Para san Benito la pregunta es, más bien: «“¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?” (Sal 34,13). La cuestión no es si existe la vida después de la muerte, sino ¿Qué tal la vida antes de la muerte? Responde san Benito:

¿Qué cosa más dulce …, carísimos hermanos,

que esta voz del Señor que nos invita?

Vean cómo el amable Señor nos muestra el camino de la vida.

Ciñamos, pues, la cintura con la fe y la práctica de las buenas obras

y sigamos sus caminos, tomando por guía el Evangelio,

Nuestro maestro plantea la vida plena que se vive en dos planos: atención a Dios quien nos acompaña con el Evangelio y atención al bien de los demás con las «buenas obras» … «Para merecer ver en su reino a “Aquel que nos llamó a su eterna presencia”» (1 Tes 2,12).

            El poeta del prólogo, Benito, continua:

«Del mismo modo que el apóstol Pablo, que … decía:

“Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Cor 15,10),

Y en otra parte dice él mismo:

“El que se gloria, gloríese en el Señor” (2 Cor 10,17) …»

            Conozco a un predicador que repite una y otra vez: “Pongan a Dios en el centro de su vida; pongan a Dios en el centro de su vida”. Pero san Benito da otra vertiente al plan espiritual: Nuestro empeño no consiste en poner a Dios en la vida. La santidad benedictina es más sencilla: implica caer en la cuenta que Dios ya está en la vida. La Regla lo deja bien claro: Dios está con nosotros, y nos conviene darnos cuenta que ya está aquí. En la espiritualidad benedictina, Dios está en Aquí y Ahora. Somos nosotros quienes a veces no nos presentaos, o nos retrasamos en el camino. En temporadas nos dejamos atrapar en el pasado; nos estancamos, resentidos por las inconsistencias aparentes en la vida común, la falta de disciplina, o bien nos obsesionamos por un futuro libre de dolor con todo bajo nuestro control. Pero Dios está en nuestro presente, aquí y ahora, y nos espera. Decimos con el apóstol, “Por la gracia de Dios soy lo que soy”.

            El poeta del prólogo dice: «… para corregirnos de nuestros males, se nos dan como plazo los días de esta vida». Existe un dicho: «La vida es un préstamo, no un regalo», y Benito recalca, con la bella imagen, que los días se nos dan como «plazo», para darnos tiempo para que la misma vida nos enseñé de las caídas y las levantadas y saquemos sentido del caos en nuestro entorno. «Pues el amable Señor dice: “No quiere la muerte del pecador, sino que se convierte y viva”» (Ez 33,11).

            Un sabio decía, «Dios está más cerca de los pecadores que de los santos». Pero, ¿cómo es esto, que Dios esté más cerca de los pecadores? El sabio explica: «Desde el cielo, Dios sostiene a cada persona con una cuerda. Con cada pecado, se rompe la cuerda. Entonces, para reparar la cuerda salvavidas, Dios hace un nudo y, con el nudo, Dios acerca al pecador un poco más, a amarrar por los dos pedazos, el que se quedó con Dios y el que tiene el pecador. Los pecados rompen la cuerda una y otra vez, pero con cada nudo de reparación, Dios se acerca cada vez más al pecador».

            Queridos hijos en san Benito, si permitimos, nos damos cuenta que hasta las debilidades y la fragilidad nos llevan a Dios. Al final de la regla nos aconseja: «Tolerar con suma paciencia las debilidades tanto físicas como morales de cada hermano». Es un consuelo sumamente liberador: por nuestros propios esfuerzos no podemos cumplir con lo que debemos, pero ni Dios ni nuestro verdadero hermano nos abandona, y nada de lo que hace en la vida, hasta la debilidad, carece de sentido. Dios está con nosotros, nos sostiene para que su reino se haga manifiesto y se convierta en esperanza para todos.

            El santo poeta Benito del prólogo concluye:

«Más cuando progresamos en la vida monástica y en la fe,

se dilata nuestro corazón,

y corremos con inefable dulzura de caridad

por el camino de los mandamientos de Dios.

            El mensaje es claro: la vida es muy breve, pasa como una sombra, o como la hierba que brota por la mañana y por la tarde se seca. Para cosechar el mejor fruto, nos conviene atender su dimensión sobrenatural, sin la cual la vida pasajera se vive a medias. Para el benedictino, la santificación está en el Hoy (lo cantamos todas las mañanas en nuestro himno nacional): «Si escuchen HOY su voz, no endurezcan el corazón». Nos conviene abrir los ojos y ver las cosas como son: lo que es valioso y lo que no lo es; lo que enriquece y lo que empobrece para la vida eterna; lo que es de Dios y lo que no lo es. Puede que sea el monasterio donde estoy, no el monasterio ilusorio donde queramos vivir, en el que nos haga monjes sanos y santos. Puede que sea el servicio que desempeñamos, no el puesto por el que estamos vendiendo el alma, el que nos libere de nosotros mismos. Puede que sea la obediencia, la escucha atenta que realizamos, no las oraciones que rezamos, lo que dé a nuestra vida el olor de salud y salvación.

            Querido Hijo, Francisco de Así, Juan Bautista, Rafael, Josué, Benedicto: te exhorta a una sola empresa: dedicarte a vivir la amable «pax» benedictina con todos y buscar el sentido y el valor de tu consagración en Dios que siempre está presente en cada momento. Escucha su voz a favor de la vida.

De este modo … perseverando en su doctrina

en el monasterio hasta la muerte,

participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia,

a fin de merecer también acompañarlo en su reino. Amen».

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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