Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 18º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 18º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

05 de Agosto del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».
Y les dijo:
«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo:
“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios».

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Lucas 12,13-21 (Ecl 1,2; 2,21-23; Col 3,1-5.9-11) ’19

La parábola de Jesús parece una película de terror. Después de todo el empeño para lograr la «buena vida», la jubilación, para descansar, comer y beber, al hombre le llega la noticia: «¡Necio! Esta misma noche vas a morir». Su necedad parece bien conocida. ¿No nos atraen y apasionan tantos bienes temporales y las alegrías a la mano? ¿No acumulamos cosas nuevas, que luego dejamos por adquirir otras más nuevas? Nos parece al hombre que siempre deseaba más, que construyó bodegas donde guardar todo lo que tenía. No se trata de que estemos ricos; basta ser humano. Porque la necedad no es más que dejarse llevar por el constante y creciente deseo de poseer, acumular, tener la vida cada vez más en las propias manos; es una marca de la existencia humana, que implica desear y querer algo más.

Frente a este deseo que desgasta el corazón y no descansa, las corrientes filosóficas y las religiones proponen varias respuestas. Una tendencia es eliminar el deseo para lograr la felicidad. Otra es dejarse llevar por el deseo a cualquier precio, acumular cosas, siempre más nuevas, comer y beber la vida al máximo y sin restricciones. Son dos caminos ilusorios hacia la satisfacción inmediata.

Entre estos dos extremos, refrenar el deseo o bien dejarlo rienda suelta para el propio bien temporal, Jesús ofrece una alternativa, que consiste en reconocer el deseo, y orientarlo hacia su objeto. Lo que transforma la vida, lo que nos vuelve más humanos y íntegros no es la fuerza impulsiva del deseo, sino hacia dónde él nos conduce. La descripción del sabio Qohelet (1ª lectura) lo expresa bien: «Todas las cosas … son vana ilusión. Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y habilidad, y tiene que dejárselo todo a otro que no trabajó. ¡Qué vana ilusión!» También el salmista canta (Sal 89): «Nuestra vida es tan breve como un sueño; semejante a la hierba, que despunta y florece en la mañana y por la tarde se marchita y se seca».

Ahora san Pablo recalca (Col 3,9-10, 2ª lectura): el paso del «viejo yo» al «nuevo yo» se realiza cuando se oriente el deseo: «despójense del modo de actuar del viejo yo y revístanse del nuevo yo, el que se va renovando conforme va conociendo a Dios, que lo creó a su propia imagen». Al igual que un ladrón, que se motiva por la codicia, o un mentiroso que miente para conservar intacto su deseo, los santos también se motivan por el deseo. Pero lo que distingue el santo del ladrón o del mentiroso es la meta. Hay deseos que no llevan a ninguna parte, que son «vana ilusión» (1ª lectura), o bien, hay deseos que contribuyen a la calidad de vida. San Pablo nos anima: «Puesto que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo … pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo con Dios»

El problema del ser humano no es el deseo, sino hacia dónde el deseo nos conduce. Si somos seres de deseo, depende de cada persona elegir entre lo que nos atrae hacia una vida feliz o bien lo que nos jala hacia la muerte en vida. Es el reto de nuestra libertad, apoyada por la gracia. ¿Qué hacemos con esta fuerza vital que Dios puso en nuestro ser? Nos espanta el eco del aviso al rico: «¡Necio! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?» Esto pasa a quien se deja llevar sin discreción por deseo tras deseo.

Amados Hijas e Hijos, Pongamos a un lado las opciones de todo o nada, buscando el sentido de la vida en la eliminación de todo deseo o, por el contrario, en la mayor acumulación de juguetes que se nos ofrecen el siglo presente. Dediquémonos a la discreción respecto a la vida presente y limitada. La cuestión ya no es la infatigable codicia, sino el deseo del bien, el hacerse rico de lo que vale para la eternidad. Con Jesús, orientemos la vida, y nos hagamos ricos de lo que sirve para la felicidad duradera. Como san Pablo afirma a los colosenses, es asunto de volverse este «nuevo yo», aquel a quien el Creador siempre se renueva conforme al conocimiento de Dios, que nos creó a su propia imagen (cf. Col 3,10). Nuestro proyecto, entonces, es discernir lo que es bueno, lo que es de provecho más allá del día de hoy, lo que nos conviene para una amistad eterna con Dios. O bien, en la sabiduría de san Benito: «Hagan el día de hoy lo que les conviene para toda la eternidad» con amable Dios.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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