Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Nuestra Señora de los Ángeles - 2019

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Nuestra Señora de los Ángeles - 2019

02 de Agosto del 2019
por Benedictinos

La “Portiúncula” hermosa, de la Virgen de los Ángeles

 

Cuando uno se dirige hacia Asís desde el sur, lo primero con que se topa en la planicie que se extiende delante de la ciudad anidada entre las colinas es la majestuosa basílica Santa María degli Angeli, construida en los siglos dieciséis y diecisiete, con su sobria fachada clasicista del siglo diecinueve. Para ser franco, ese enorme edificio me deja frío. Cuando me acercó a la cuna del «poverello» de Asís y su orden, esperaba la sencillez y humildad, pero, no, nada de esas virtudes sublimes. Bajé del tren y navegaba por los callejones alrededor de la estación, hasta que me topé con aquel edificio pomposo. Sin embargo, lo que buscaba del pueblo de Asís lo encontré solo después de entrar la imponente basílica. Ahí, la nave inmensa, y lejos, casi perdida por la grandiosidad del espacio bajo el domo, ante el altar mayor, una capillita medieval, un oratorio tan humilde como un establo en Belén. En ella los antiguos frescos narran la historia de la salvación y replican algunas escenas de la de vida del santo de Asís. Adentro de la bajita capilla, poco iluminada, se palpa la dulce interioridad frente a la religiosidad corpulenta, que brotó y creció desde este suelo fecundo. La basílica majestuosa inspira asombro y ¡Uaugh!. En contraste, la humilde capilla dentro de la nave grandiosa comunica el evangelio que buscamos: «Diosito está aquí».

Hace 800 años, la planicie circundante era un bosque, un pantano no habitado. Unos 3 años después de su conversión el joven Francisco llegó al pequeño templo cayendo en ruinas, una capillita de la abadía benedictina de Monte Subasio. Como antes había prestado sus manos y sus fuerzas para restaurar las capillas de San Damiano y San Pietro, ahora lo hizo con la iglesita de la Porciúncula, consagrada a la Reina de los Ángeles, donde se venera la Madre llena de Gracia, la Patrona de toda Bondad. En aquel siglo decimotercero, el decaído estado de las capillas de la región era un triste espejo del estado de la Iglesia en general. Francisco aún no sabía que su esfuerzos de restaurar esos templos de piedra inerte era el cimiento para renovar a la Iglesia, el pueblo de Dios y el Cuerpo de Cristo. Fue en aquella capillita de la Reina de los  Ángeles donde le llegó su misión de donde surgió un movimiento de evangelización que impulsó al pueblo de Dios a renovarse.

Al joven Francisco le sucedió como hacía mil años a san Antonio de Egipto: escuchó el Evangelio del envío de los Doce por parte del Señor con el encargo de anunciar el reino de Dios; para ello debían ponerse en camino sin posesión alguna, sin seguridad en el mundo pasajero. Al inicio, Francisco no entendía bien el evangelio, y puso sus esfuerzos físicos a reparar una estructura de piedra, hasta que un monje de san Benito le explicó en qué consiste la Iglesia, el pueblo de Dios, y desde entonces, le quedó clara la misión del joven Francisco. Se quitó los zapatos, conservó sólo una túnica, y se puso en camino para anunciar el Reino de Dios y la penitencia. A partir de entonces se le fueron uniendo compañeros que, como los Doce apóstoles, iban de un lugar a otro y anunciaban el Evangelio, que para ellos, como para el mismo Francisco, se brotaba en alegría – por el nuevo comienzo, alegría en la conversión, ánimo por la penitencia. La Porciúncula, capilla dedicada a la Virgen de los Ángeles, se convirtió en el lugar en que el joven Francisco recibió el Evangelio, porque ya no se llenaba la cabeza con impulsos y argumentos, con proyectos que rápidamente se encienden y de repente se apagan, sino que ahora se dedicaba a su búsqueda de la santidad en carne propia. Ahí en la humilde capillita a dos kilómetros de Asís nació la búsqueda de la perfección, bajo el sol y la sombra de una civilización en crisis, en una Iglesia imponente en poder pero pobre en humildad.

El nombre «Porciúncula» significa «pequeña porción», pequeña parcela, y es consagrada a la Virgen de los Ángeles. Francisco no quería tenerlo en patrimonio, sino sólo recibirlo préstamo del Abad Teobaldo y sus monjes benedictinos como hogar de su pequeña comunidad de frailes. Como no quería ser propietario de nada, frente a su insistencia de un donativo, los monjes acordaron con Francisco una renta, y desde entonces, por muchos años, Francisco y luego sus hijos pagaba la renta anual de la capillita. La renta anual consistía en un canasto de pescados, que los franciscanos entregaban a los monjes 2 de agosto.  De ese modo, como edificio no propio, debía expresar lo propio de una corriente espiritual.

Para este día patronal resuenan como himno las palabras del salmo 16 (15), que expresa la propiedad privilegiada de los levitas, quienes no recibían una parcela en tierra santa, sino cuyo patrimonio era el mismo Dios. Es el himno, el lema, del monje consagrado a Dios: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso me encanta mi heredad»—. Queridos hijos e hermanos, nosotros, monjes de san Benito y herederos de esta capillita, la «Portiúncula», Nuestra Señora de los Ángeles, recibimos la parcela mejor, que es el mismo amable Dios. ¿Esperamos más que el poverello de Asís en nuestra consagración monástica? Cantemos en armonía con el salmista: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano: me ha tocado una Portiúncula hermosa. Me encanta mi heredad», el mismo amable Dios, a quien pretendemos servir con nuestra privilegiada vida de Ora et Labora, nuestra consagración monástica.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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