Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 17º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 17º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

29 de Julio del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,1-13):

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
Y les dijo:
«Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

 

Lucas 11,1-13’19

Las lecturas ofrecen una doble enseñanza en polos opuestos: el clamor y la sencillez. En el Génesis se refiere a este «clamor que se levanta» desde la tierra y alcanza a Dios, el tremendo escándalo de la violencia que amenaza sofocar toda esperanza: «El clamor contra Sodoma y Gomorra es grande y su pecado es demasiado grave». Luego, en contrapunto, el evangelio instruye sobre la persistencia sencilla, la oración, que sostiene la humanidad, a pesar de sí misma. Entre estas dos polos, la oración tanto la de Abraham como la de Jesús demuestra la tarea del creyente y del monje. Señalados por la cruz de Cristo, arraigada en el sufrimiento y apuntada como flecha hacia arriba, somos llamados a construir el puente entre tierra y cielo, abogar, como Abraham, por una sociedad confundida y por las víctimas del escándalo cuyo ruido alcanza el cielo. Se requiere de nosotros, un doble esfuerzo, que se hace en la oración.

Los habitantes de Sodoma y Gomorra, embarrados en la corrupción, llegaban a creer que ellos mismos con sus acciones pudieran establecer los lineamientos del bien y del mal. Atascados en el pecado y la violencia, borraban la distinción en el bien común y el ficticio bien propio y acabaron por perder su propia dignidad y su humanidad. Frente a Sodoma, Abraham asombra por su sentido humanitario. Le pide a Dios la salvación de la ciudad, por consideración a sus familiares –su sobrino Lot y sus sobrinas nietas vivían en Sodoma—y por los inocentes, radicados en una sociedad corrupta; Abraham se da cuenta de la extensión del vicio, pero intercede para salvar a la ciudad; pide que sus pocos buenos tengan más peso en el juicio de Dios que los muchos malos. En su intercesión, Abrahán rebaja la cuota – «¿Vas a aniquilar a todos, y barrer a los inocentes junto con los culpables? Qué tal, si hay cincuenta inocentes en la ciudad, acabarás con todos sin fijarte en estos? … ¿Y qué tal cuarenta y cinco? ¿Perdonarías a todos en atención a los cuarenta y cinco? … O, ¿qué tal, cuarenta? ¿O treinta? ¿O veinte? ¿Si acaso se encuentran por lo menos diez inocentes, perdonarías a toda la ciudad?» Abraham termina dudando si encontrarían por lo menos a diez justos en aquella ciudad.

Esta anécdota muestra un primer fruto de la oración: nos cura de la ilusión y las mentiras en las que se envuelven el pecado. La oración conduce hacia la verdad, permite ver quiénes somos, dónde vivimos, el valor de hacer el bien y no dejarnos arrastrar por el mal. La oración persistente revela hasta dónde alcanza el mal, mientras intercede por los malos junto con los buenos. Y, al final de cuentas, a vernos cómo somos y dónde vivimos, nos impulsa a orar con una confesión de verdad penosa: «Perdónanos nuestros ofensas como nosotros perdonamos a nuestros ofensores».

En la escuela de la oración, el evangelio agrega otro matiz. A lo largo de su regateo, Abraham se disculpa, pues, no quiere incomodar o molestar: «Perdón, Diosito, no se enoje mi Señor si hable una vez más». Ahora Jesús nos anima a ser valientes e persistente en la oración: Dios es el vecino y vale insistir, interrumpir su siesta, tocar su puerta aun en una hora inoportuna, especialmente cuando se trata de un favor, no para no mismo, sino para otra persona. Alguien llega a una hora inconveniente y, para atenderlo bien, pedimos ayuda. Hay que tocar la puerta del vecino Dios, hasta que se despierte y preste cuanto necesite. «Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá». Jesús enseña que la oración nos pone como hijos e hijas ante su amable Padre, ante quien no hay causa perdida, por quien no existe la oración inútil o ignorada, y cuya misericordia no conoce límite. Para que la sociedad cambie, para que nosotros nos conozcamos por quiénes somos, para que cambie el corazón, conviene orar y confiar en la infinita compasión de amable Dios: «Si nosotros, que somos malos, sabemos dar cosas buenos a los hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!»

Amadas Hijas/os, A veces nos desanimamos al ver qué tan parecida la sociedad actual a la de Sodoma presentada en el Génesis. Sin embargo, es por esta humanidad que el Hijo de Dios, el único inocente, vino para salvarnos. La oración nos pone en sintonía con el plan de Dios para nuestra salvación.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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