Monasterio Benedictinos Cuernavaca

La Ascensión del Señor - Ciclo C - 2019

Volver

La Ascensión del Señor - Ciclo C - 2019

03 de Junio del 2019
por Benedictinos

Conclusión del santo evangelio según san Lucas (24,46-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.» 
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Ascensión’19

Caminamos con Jesús, lo sentimos cercano, le escuchamos. Estuvo tan presente que pudimos verlo, abrazarlo, traicionarlo, besarlo, sentenciarlo y clavarlo en la cruz. Estuvo con nosotros y nos llamó la atencion su desenso, pero no lo comprendimos del todo, y tomamos sus milagros como una oportunidad, sin apreciar su trascendencia; después de la fascinación inicial, la amistad se enfrió. Nos alejamos, lo matamos, lo sepultamos, y nos quedamos estupefactos. Y ahora, después de su muerte, resucitó; y, sí, apareció, pero no lo reconocemos de inmediato, hasta que partió el pan, y, de repente, ya no está. Me encanta el relato de Lucas: “Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió, se lo dio; entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado” (24,30-31). ¿No es algo parecido el mapa de la vida espiritual, una serie de encuentros, desencuentros y nuevos arranques? Una vez sentimos a Jesús presente, y de repente no está. El evangelio de la Ascensión copia la experiencia: “Jesús los llevó hasta un lugar cerca de Betania, y, alzando las manos … los bendecía, se iba separando de ellos y fue llevado al cielo” (24,50-51). Por un rato está, y luego se eclipsa. En el itinerario espiritual, Jesús está presente y ausente. Lo conocemos, nos fascina su presencia, y nos duele su ausencia; y de nuevo nos consuela más allá de la razón de la cabeza; luego, el fervor fresco se apaga y tomamos distancia. La vida espiritual resulta un estira y afloja entre dos polos, el cielo y la tierra.

Hoy la liturgia está marcada con el vocabulario que traza el eje vertical, desde abajo hacia arriba, tierra-cielo: por un lado, ascensión, cielo, “alzar la vista”, lo alto, levantar (las manos), y luego descender, la tierra, “ahí parados”, postrados. Esta fiesta hunde sus raices en la historia. El hijo de Dios bajó, se vació de su privilegio, tomó nuestro cuerpo, nos acampañó, atendió nuestra enfermedad. Hace mucho, nos visitó en el desierto, posado en llamas sobre un arbusto que el fuego no consumía; esta irrupcion cambió la historia: desde aquel entonces no somos destinados a la esclavitud, a días pesados y contados. Con la zarza ardiente se abrió un boquete en las nubes que trazan la frontera entre tierra y cielo, entre nuestros días contados en la tierra y la vida eterna.

Jesús comentó a sus discípulos: “Yo descendí, y regresaré al Padre”. Su vida se describe como un descenso del Hijo de Dios hasta la tierra, y luego, una subida, la vuelta al Padre. Su aterrizaje consistió en más que una visita amena, con el regalo de algunos beneficios, unas curaciones y las comidas con pecadores. El propósito fue reunir a los hijos de Dios dispersos y devolvernos al Padre. En este diseño de la salvación, puso punto y aparte a muchas intervenciones de Dios en la historia. La primera fue la creación por la Palabra de Dios, donde comienza la conversación ininterrumpida entre cielo y tierra: Dios conversaba con Adán y Eva, dialoga con Caín antes y después de matar a su hermano, con Noé antes y después del diluvio, con Abrahán al concertar el pacto, con Moisés en la zarza ardiente y en el éxodo. Por fin, el cielo tocó fondo cuando Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo. La Biblia presenta la imagen de una tierra en diálogo constante con su Creador y Salvador. Dios toma la iniciativa para salvarnos.

Si el cielo toca la tierra y está presente en la carne, lo inverso también es cierta. Dios, una vez encarnado, subió y abrió la puerta al cielo. Por donde Cristo entró, nosotros lo seguimos para llegar al corazón de Dios eterno. Desde entonces, buscamos las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Pongamos nuestros corazones en los bienes de allá arriba, no en las cosas de la tierra (Col 3,2). Sin Cristo, nos arriesgamos movernos en la tierra sin rumbo, demasiado ocupados y sin trascendencia. Sería como pasar los días ante la zarza ardiente buscando y recogiendo zarzamoras, sin quitarnos los zapatos o las chanclas; sin Cristo, que es nuestro ascensor, pasamos los días sin tocar la puerta de la eternidad. Pero, para el monje y el creyente, por quienes su amistad con Cristo es palpable, vemos que las dos realidades, hombre terrenal destinado a ser eterno, no se quedan distantes la una de la otra.

Amados hijos e hijas, La tierra está llena de la gloria de Dios y, para quienes tienen ojos en su corazón, cada arbusto ordinario está en llamas divinas, y quienes lo mira se quitan los zapatos. Otras personas se acercan a la zarza, recogen la fruta, se sientan y comen zarzamoras, sin percibir las llamas ni quitarse las chanclas. La fiesta hoy celebra la amistad entre el cielo y la tierra, entre el tiempo y la eternidad, entre el mundo trascendente y la experiencia ordinaria. La diferencia no está en la zarza ardiente, sino en quien se la acerca. Algunas personas perciben ahí la amistad entre el cielo y la tierra. A otras les interesa recoger y consumir las moras y no se les ocurre preguntar sobre las llamas y los pies desnudos.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

Volver