Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor 2019

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Domingo de Ramos de la Pasión del Señor 2019

15 de Abril del 2019
por Benedictinos

 

 

Lucas 22,14-23,56 (Pasión, “lo que desates en la tierra”)

 

Homilía:

            Jesús es crucificado entre dos ladrones, uno arrepentido y el otro resistente. La cruz de Jesús nos conduce a un cambio en la manera habitual de ver las cosas, pero también, como el ladrón renegado, podemos rechazarlo, con el resultado que ni nos salva a nosotros mismos ni a nadie más. Escuchamos cómo, en la cruz, Jesús ora por sus ejecutores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (23,34). Con estas palabras nos abre la posibilidad de la conversión. Al grado que valoramos su misericordia para sus asesinos, confiamos en que también alanza el perdón hasta nosotros. De esta manera, el Crucificado manifiesta el perdón de Dios hasta el último renglón. Quien contempla el perdón que nace en la cruz reconoce que todas sus culpas han sido perdonadas. Hijo, Hija, amable Dios te ha perdonado. ¿Hasta cuándo no te vas a perdonar a ti resistes tan difícil perdonarte a ti misma/mismo?

Entonces el ladrón le pidió al crucificado que pensara en él cuando llegase a su reino. ¿Y las respuesta? “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (23,43). Es en la cruz que el amor de Jesús llega a su plenitud. Él ofrece a cada monje y a cada cristiano, incluso en la hora de la muerte, la gracia de la conversión. Y las palabras al ladrón son la garantía que también a nosotros que en la muerte seremos conducidos por Cristo al paraíso. En la muerte a nosotros mismos, en la entrega final, el hoy llega a su plenitud, dado que la muerte de Jesús se hace presente para nosotros y nos da la seguridad de que hoy mismo entraremos con él en su al lado del ladrón arrepentido.

Mientras Lucas relata la crucifixión, se fija en el reloj. Al mediodía se oscureció el sol y la noche se extendió por toda la tierra – ¿la noche del espíritu? –, y esto, hasta las tres de la tarde. Jesús no murió con un grito desgarrador – “Dios, mío, Dios mío, ¿por qué…? – sino con una oración: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (23,46). En Jerusalén de aquel tiempo, mientras las trompetas del templo resuenan para anunciar la víspera de la fiesta, Jesús ora con las palabras del salmo 31, que rezaban los judíos al atardecer. Jesús entona las vísperas, “Abba” – Padre – y, “en tus manos encomiendo mi espíritu”. En la muerte, él se desata todo pecado que lo amarra al sacrificio presente, y se entrega en los brazos amorosos del Padre.

Con esta oración, la muerte no es para Jesús algo trágico, sino la plenitud del amor. Con ella se cumple lo que dijo a los maestros en el templo cuando era niño: “¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (2,49). En su oración Jesús extiende el sentido de la vida más allá de la puerta de la muerte, entrega la vida humana al abrazo del amable Padre. Éste es el significado que Lucas ve en su sacrificio en la cruz. Desatando el burrito de nuestra carne, y las ataduras del pecado, orando en medio de las muertes pequeñas y grandes a lo largo de la vida, no caeremos en la desesperanza, en la nada, sino en la misericordia de amable Dios. Y cuando Jesús exhala su espíritu, se lo devuelve a Dios, para luego regalarnos su santo Espíritu y fortalecernos en nuestro sacrificio para la salvación del mundo.

Al inicio de esta liturgia de la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén, Jesús, camino hacia Jerusalén, cruzado el monte de los Olivos, envió a dos discípulos: “Vayan al caserío de enfrente. Encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganmelo. Cuando alguien les pregunta, por qué lo desata, díganle: ‘El Señor lo necesita”. Lo hicieron como él les había dicho, y mientras desataban el burrito, a la pregunta, “¿Por qué lo desatan?, respondieron: “El Señor lo necesita”. Un burrito que nadie había montado hasta ahora, a Jesús se lo hace falta, y solo él lo puede domesticar, para su uso en la obra de la salvación. Es lo que hizo, cuando perdonó al ladrón arrepentido, y le dijo, “Hoy estarás conmigo en el paraíso”: Desató la culpa hasta entonces no absuelta.

Queridos hijos, es una parábola de la redención de la humanidad. Ahora, como Jesús hizo para nosotros, te toca a ti extender la misma delicadeza hacia ti mismo y hacia las personas cercanas. Pues, como dijo Jesús en una ocasión: “A ti de doy las llaves del reino de los cielos … lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (cf. Mt 16,19).

 

R.P. Konrad Schaefer OSB

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