Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 8º del Tiempo Ordinario (Ciclo C) - 2019

Volver

Domingo 8º del Tiempo Ordinario (Ciclo C) - 2019

04 de Marzo del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

Palabra del Señor.

 

Homilía:

 

Lucas 6,39-45’19

            Conozco a un padre que decidió enseñar a su hijo adolescente como manejar el carro. Su hijo, emocionado y entusiasta, tomó el volante, su padre a su lado en el carrito. Pero el padre instructor resultó tan exigente, le gritaba al hijo y las correcciones eran tan demandantes, que el hijo llegó a frenar el coche, bajar del carro, darle un portazo y gritar, “Si eso es lo que significa manejar el carro, ¡Basta ya! ¡Maneja tú! ¡Ya me harté de tus exigencias!”

            Es una caricatura de lo que sucedía en la comunidad de san Lucas; es lo que Jesús encontró en la religión de su tiempo, como oímos de las instrucciones del evangelio – de dos ciegos que caen en un hoyo … de la paja y la viga en los ojos … de los dos árboles que dan fruto bueno o malo … de la boca que habla de lo que está lleno el corazón –.

La verdad de la advertencia de Jesús es evidente: “No hay árbol sano que produzca frutos malos… Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos”. En una sociedad dañada por la corrupción y la violencia, donde crecen las “zarzas” de los intereses propios y la injusticias, donde brotan “espinos” de odio, descuido y agresión, hace falta personas sanas que den otra clase de frutos. ¿Qué hacemos nosotros los católicos cristianos y monjes para sanar a una sociedad dañada? Hemos de empezar por no hacer a nadie la vida más áspera de lo que es. Por lo menos en el lugar que ocupamos, nos toca hacer la vida más humana y pacífica, evitar contagiar el ambiente con actitudes y exigencias que no generan la vida; nos toca crear relaciones distintas, inspiradas por la confianza, la esperanza y la amabilidad.

            ¿Qué hacemos nosotros los católicos cristianos y monjes para sanar a una sociedad dañada? Volvernos personas que sepan escuchar y compadecer. Cuando nos encontramos con otra persona, en actitud y voz, nuestro propósito es liberarla de la soledad e infundirla con esperanza y darle nuevas fuerzas para vivir. Nos corresponde ofrecer una buena dosis de la compasión. Que las personas sepan que, por muy graves que sean sus errores, aquí contigo siempre encuentren a alguien que las comprenderá. ¿Cómo comenzar con este proyecto de paz? Empecemos por no despreciar o juzgar a nadie, ni siquiera interiormente. La mayoría de los juicios caseros de otras personas ilustran la falta de autoconocimiento del juez y, como apunta Jesús, hunden sus raíces en la hipocresía. ¿Cómo dijo? “¡Hipócrita! Saca primero la viga que levas en tu ojo” y para poder ver “la paja del ojo de tu hermano”.

            Por medio de las parábolas de un ciego que guía a otro ciego (6,39-40) y de la paja en el ojo del hermano (vv. 41-42), Jesús enseña que nadie debe hacerse juez ante el que se equivoca, pues todos nos equivocamos, y ¿quién no necesita el perdón de Dios y de los hermanos. Antes de corregir a los demás, conviene examinarnos en su espejo. Entonces, cualquier corrección brota de aquel que reconoce su conducta y su motivación, porque desea él mismo parecerse cada vez más a su Padre en el cielo, “que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45).

            ¿Quién es aquel ciego que se volvía guía de los otros? En su tiempo, Jesús se refería a los fariseos, los cuales esperaban la salvación por su conocimiento y cumplimiento de la ley. En la comunidad de Lucas es el cristiano que juzga, condena y no perdona. Ciegos son aquellos discípulos que no reconocen la misericordia de Dios en su vida. En la época de Jesús y en la comunidad de san Lucas, los “ciegos” eran los que se creían “justos” según la Ley. En realidad, ¡qué difícil es pretender guiar a otra persona, mientras siempre hay posibilidad de miopía o de ceguera en nuestra percepción. A la salvación nos conduce solo el amable Maestro de la misericordia: Él es la Verdad que ha venido entre nosotros y se ha hecho nuestro Camino para conducirnos a la Vida.

            En estos dichos de Jesús se muestra cómo la santidad, característica de Dios, es su misericordia. Esta regla de oro la oímos el domingo pasado: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso”. Es todo lo que es amable Dios para nosotros. El consejo del amor misericordioso es el camino para reconocernos como “hijos del Altísimo”.

            Una parábola. Una vez estábamos limpiando un terreno, cortando algunos árboles muertos, para que crecieran los nuevos arbolitos. Un árbol ya viejo, con ramas que desde hacía años no habían retoñado, que no tenía nada de valor ni de vida, lo talamos. Para nuestra gran sorpresa, al cortar el tronco en pedazos, descubrimos una riqueza, una vida que no habíamos imaginado. Dentro de unos tres metros de corteza, carcomida, vaciada por la humedad y los años, se había instalado una colmena desde hacía mucho tiempo. En el tronco ahuecado el enjambre había construido su caserón de cera donde las abejas nacían, crecían y chambeaban. Adentro, los huevecillos y las larvas de abejas todavía por nacer y el zumbido de las obreras, con litros de miel almacenada. Aun en el tronco aparentemente inútil, los animalitos continuaban su empresa. Nos impresionó el contraste entre la muerte del árbol carcomido y la nueva vida, pulsante, dentro de él.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

Volver