Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 5º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 5º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

11 de Febrero del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

Lucas 05,1-11’19 (“Apártate de mí”)

            En varias ocasiones Jesús se aleja de la gente – para orar, tanto en la montaña como en Getsemaní ante su pasión. La oración requiere un lugar aparte del ajetreo de todos los días. O bien – vemos del evangelio– viendo a la gente, Jesús pidió al capitán de la barca que se la retirara un poco de la playa. Desde una corta distancia, echaba la red de su discurso hacia el pueblo, como peces en la orilla, esperando ser pescado.

            Jesús se aleja para revelar algo de su persona. También sucede en nuestra amistad con amable Dios. Lo buscamos y, en el momento en que pensamos encontrarlo, de repente se aleja para que sigamos buscando. Nuestra vocación monástica consiste en la búsqueda continua, intercalada por encuentros, sucesivas ausencias y reencuentros con amable Dios, que se aleja para que, una vez más, se acorte la distancia con la búsqueda y la oración.

Hoy en el evangelio se observa la vida cotidiana junto al lago de Galilea: de regreso de la faena de la noche, unos pescadores limpian las redes. Aquella mañana no hay peces que se zarandean antes de morir, sino solo algas. Entre la mirada de Jesús que se fija en las manos vacías, y la llamada de los discípulos, está la experiencia de la fe. Jesús se sube a una de las dos barcas, la de Simón. No es un desconocido para Jesús quien, el día anterior, curó a su suegra de la fiebre. Ahora, le instruye que se aleje un poco de tierra. Una barca, el leve vaivén de las olas, la gente en la playa atenta a su enseñanza: se trata de un templo al aire libre, de una cátedra que huele a pescado, pero las redes aun vacías, el sabor amargo de una labor sin ganancias. Y el maestro dio orden: “Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar”.

Simón confiesa lo obvio, el fracaso de una noche anterior. Volver a pescar en el día augura una decepción peor. Pero el capitán confía en su palabra, con la única garantía de la curación de su suegra el día de ayer. Casi lo vemos encogiéndose los hombros en resignación, “confiado en tu palabra, echaré las redes” … y la cantidad de peces cogidos rebasa toda expectativa. Le convenía mirar más allá de la ciencia y la sensatez, y confiar en la palabra del maestro. En seguida, pide la colaboración de Santiago y Juan. Suele suceder que, en comunidad, uno u otro hermano mira más allá de lo obvio, aun cuando los colaboradores no confían, o no miran con los mismos ojos de la fe. Pero la experiencia sobrenatural de uno solo, la amabilidad, la paciencia y tolerancia de pocos, dan sabor a toda la empresa.

Esta experiencia de la pesca milagrosa nos lleva a otro tipo de alejamiento en la vida teologal, ilustrado por la reacción de Simón Pedro. Asombrado, atrapado él mismo en las redes del pescador, se arroja a sus pies, y suplica: “Apártate de mi, Señor, que soy un pecador” – reacción que hace eco de Isaías frente a su vocación, “¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros” (Is 6,5)–. Pedro, como el profeta, se percibe por quien es: un ser débil, incapaz de salvarse solo.

Esta vez Jesús cierra la distancia, se detiene y dice a Pedro: “No temas. A partir de ahora serás pescador de hombres”. Jesús no huye de su pecado, no se aleja de la conciencia apenada. Más bien, responde a aquellos que reconocen su pequeñez y confiesan que no pueden por sí solos. No es del pecador que Jesús se aleja; más bien, es por confesarse pecador que hace al hombre más sensible al amable Dios que se le acerca. La respuesta de Jesús no puede ser otra: “No temas …”, no tengas miedo de descubrirte débil y necesitado de mí. Es la suerte del creyente: se reconoce pecador, pero se sabe al mismo tiempo amado, comprendido por amable Dios revelado en Jesús.

El contraste entre el desengaño de la pesca nocturna y la abundancia asombrosa a partir de la visita de Jesús, demuestra la esterilidad de los propios esfuerzos cuando no contamos con la gracia … Pedro todavía no conoce la fuente de misericordia y perdón que lo inundará durante la pasión del Señor. No va a llorar hasta lo contemple irse hacia la cruz, indefenso y decidido a morir por él; entonces, Pedro al fin comprenderá la pesca de hombres y mujeres que se logra con la gracia.

Por ahora está llamado a confiar: “No tengas miedo”. No solo Jesús quiere estrechar la distancia que Simón pescador pretende interponer entre los dos, sino que lo invita, junto con Juan y Santiago, a pescar del mar en las redes de la mistericordia, a hombres y mujeres vivos. Cuando se saca un pez del mar, muere enseguida; en cambio, si se deja a alguien sumergido en el mar del pecado, se convulsiona y muere. Los seres humanos somos destinados a la vida, no a la muerte.

Simón, y sus compañeros pescadores, no se quedan con la pesca abundante como si fuera su pago por una labor bien lograda. Como ellos, somos llamados a difundir las buenas nuevas para que la misma gracia que habíamos recibido, ahora se extienda hacia las personas en la orilla. Ahora, amadas hijas e hijos, el evangelio tiene a nosotros como protagonistas. Pasamos por la noche de una pesca infecunda; el día en que el mismo Jesús, muerte y resucitado, se nos acerca y entra en nuestra barca, se aleja de la seguridad de la tierra firme y, recibida la gracia, nos caemos a sus pies, y le decimos, “Señor, aléjate de mi, para que se me acerque a ti”. O, en la oración de san Agustín del oficio de lecturas, “me muera [a mí mismo], para que no me muera [a ti]”.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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