Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 4º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

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Domingo 4º del Tiempo Ordinario - Ciclo C - 2019

04 de Febrero del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,21-30):

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Lucas 4,21-30‘19

Conozco a un pueblo que colocó a su valioso Cristo en un nicho arriba del altar mayor del templo, donde todo el pueblo lo miraba y veneraba. Todo iba tranquilo para aquel pueblo, hasta el día en que su célebre Cristo se bajó del nicho y se metió entre la gente. Durante un tiempo se encontraba a Jesús comprando o regateando en el mercado; sentado con los albañiles y tomando un taquito y el refresco; un día Jesús compró palomitas y entró en el cine. Con el paso del tiempo, el Cristo precioso, orgullo del pueblo, se iba perdiendo su lustre. Le incomodaba a la gente toparse con su Jesús en el mercado, en la plaza, en la ruta o el taxi. Le perecía a la gente que había invadido su rutina cuando compartía sus ocupaciones de todos los días. Preferían a un Cristo dorado, colocado en el nicho arriba del altar, que uno que compartiera su pan cotidiano.

            En el evangelio, sucede algo parecido. El hijo de María y del carpintero José se había hecho célebre por su enseñanza y los milagros en Cafarnaúm. Ahora, en una visita a casa y a la sinagoga, sus primos y vecinos querían aprovecharse de su talento. Pero Jesús se presentó como el cumplimiento de la profecía: la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, luz a los ciegos, nuevas energías a los paralíticos del alma y del cuerpo, y la libertad a los oprimidos –la salvación no lejana, sino la salvación que tocaba la vida diaria–. Este Jesucristo cercano, que no respondía a sus expectativas, incomodaba a la gente, con tal que intentaron eliminarlo de su Nazaret. Lucas escribe: “lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio de la montaña sobre la que estaba construida la ciudad, para despeñarlo”.

            El intento de eliminar a Cristo de la vida ordinaria sucede en otras ocasiones. Al inicio del evangelio, la vida del niño nacido en Belén, visitado por los pastores, reconocido por los magos, es amenazado por el gobierno de Herodes y los letrados de la sociedad. Al final del evangelio, Jesús entra Jerusalén entre gritos y aplausos, “Hosanna. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna”, y, poco después, la misma gente grita, “¡Crucifícalo!”. Desde el inicio de su vida pública, cuando la gente lo saca de su aldea para matarlo, anticipa la crucifixión de Jesús fuera de la muralla de la ciudad; igual la frase, “Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí”, anticipa la vida nueva y la absoluta libertad de Jesús en la resurrección y la ascensión al Padre, para regalarnos su Espíritu Santo.

            Este evangelio de Jesús que visita Nazaret refleja su visita a nosotros. Más cómodo, menos comprometedor es venerar a un Cristo arriba, lejano, dorado, y separado de la vida ordinaria, un Cristo dominguero o apartado en los nichos de la vida. Pero un Cristo que se presenta siempre y en cualquier circunstancia, es asunto más complicado. En un primer momento, Lucas escribe que “todos en la sinagoga miraban a Jesús y se asombraban de las palabras que salían de su boca”. Ahora, fijémonos a nuestro Cristo. ¿Hasta qué grado lo permitimos descender de su nicho arriba del altar, compartir nuestro dolor, la soledad y el rechazo, vivir junto con nosotros los retrasos, la enfermedad y hasta la traición? Pero, además, nos ofrece su cuerpo y su sangre, nos invita a asistir a su banquete eterno en un mundo reparado, pero no reparado según nuestros presupuestos, sino según el plan de Dios que envía a Jesús a visitar y compartir nuestra vida en el Nazaret de todos nuestros días.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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