Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 3º del Tiempo Ordinario - 2019 - Ciclo C

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Domingo 3º del Tiempo Ordinario - 2019 - Ciclo C

29 de Enero del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,1-4;4,14-21):

Ilustre Teófilo:
Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmiteron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Palabra de Dios

 

 

Homilía:

 

Lucas 01,1-4; 4,14-21’19 (Neh 8,1-10; 1 Cor 12,12-30)

            Amadas Hijas e Hijos, Dios habló antaño y no deja de hablar el día de hoy; las tres lecturas trazan un avance en la revelación de Dios. Ahora, no habla de la misma manera que en el tiempo de Esdras cuando los hombres y las mujeres, desanimados y abrumados, se reunieron, escucharon la Palabra y se animaron a renovar su amistad con Dios y reconstruir sus vidas. Siglos después, Jesús, la Palabra de Dios encarnado, se presentó en la sinagoga, leyó la profecía, y afirmó, “Hoy mismo se cumple esta Palabra que acaban de escuchar”. Años después san Pablo escribió una carta a los corintios y esbozó un plano arquitectónico sobre como una comunidad dispersa podría consolidarse en un solo cuerpo a base de la escucha de la Palabra de Dios. Para quienes escucharon al escribe Esdras, para las personas reunidas en la sinagoga de Nazaret, fue la Palabra de Dios la que llegó al oído de su corazón. Con varios siglos de diferencia, estas dos asambleas se parecen. Pero en la sinagoga de Nazaret, cuando se le entregaron a Jesús el volumen de Isaías, y él lo desenrolló para proclamar el pasaje, el hijo del carpintero alteró nuestro concepto de restaurar el cuerpo de la comunidad. El mismo Jesús personificó la profecía de Isaías, y su presencia abrió una ventana en la sinagoga y dejó entrar el nuevo aire. Desde entonces en adelante, comprendemos que la médula de las Escrituras es Jesús mismo, la Palabra de Dios, amena para muchos y espinosa para otros, como la semilla del sembrador que cae sobre la tierra pedregosa o bien se mete en tierra fértil. Aquel sábado en la sinagoga de Nazaret, la historia se dio vuelta de manera abrupta y definitiva. La Escritura ya no hablaba solo de hechos pasados; ya no anunciaba logros futuros y lejanos, sino se cumplió en quien pronunció la Palabra en la asamblea. Lo que habían anunciado los profetas, lo que desde generaciones el pueblo esperaba, se presentó en la sinagoga, en las plazas de la ciudad y los caminos de provincia, y se demostró su eficacia en el poder sobre el mal, en las curaciones y la enseñanza de Jesús.

            Pero Jesús no se detiene allí; nos conduce más allá y de una vez para siempre nos impulsa hacia un nuevo acercamiento a la Palabra de Dios. En adelante, es él quien le da vida a la letra muerta de la página. En sus parábolas, en diálogo con sus apóstoles, e incluso después de la resurrección camino a Emaús, él no deja de revelarnos lo que se refiere a él en las Escrituras (Lc 24,27). Para sus discípulos, ya no se trata de examinar las Escrituras a modo de los rabinos, para descifrar las profecías; más bien, es cuestión de contemplar el misterio de Jesús, sentir el latido del corazón de Dios escondido bajo la corteza de la letra de la página, y duplicar el ritmo de aquel latido en el propio pecho. El mismo Cristo Jesús encarna las Escrituras, les infunde con su auténtico significado, y nos presta su Espíritu para que nosotros, el destinatario Teófilo – que se interpreta “Amigo/Amiga de Dios”; el nombre Teófilo se refiere al amado de Dios que también es amante a Dios – … para que Teófilo plasme su amistad con amable Dios en la propia vida, en su actitud, su modo de hablar y actuar en la vida cotidiana. No se trata de una interpretación personal, sino el mismo Cristo es el significado de la Escritura que implanta en el oído del corazón del creyente y se comprueba en su amabilidad. Es lo que pretende el monje y creyente cuando abraza la Palabra de Dios en la lectio divina y en la liturgia.

            ¿Qué Escritura leyó y comentó Jesús aquel día en la sinagoga? “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la Buena Noticia, para anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dejar libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”. En este texto el profeta anuncia el día venidero, y la persona de Jesús es el cumplimiento de la profecía. Con el Verbo Encarnado llegó lo que llamamos el “jubileo”. El pueblo del Antiguo Testamento entiende el jubileo como la cancelación de las deudas, la libración de los prisioneros, la restauración de lo quebrantado y la sanación de las heridas. La llegada del “año de gracia” es Jesús en persona, y él mismo aclara: “Hoy se ha cumplido esta escritura que acaban de oír”. La atención pasa de la profecía escrita en un manuscrito a la Palabra encarnada, Jesús de Nazaret. El hoy es Dios, quien irrumpe nuestra existencia y restaura la dignidad humana una vez perdida, nos reúne en el cuerpo de Cristo para volvernos pacientes y compasivos. Al inicio del evangelio, los ángeles cantaron este hoy cuando la Palabra de Dios nació en una gruta en Belén (Lc 2,11). Este hoy está puesta en nuestros labios cuando pedimos el pan y el perdón cotidianos (Lc 11,3-4), recibidos como regalo y devueltos como actitud y gratitud; es el mismo hoy de Zaqueo invitado a bajar de su árbol “porque hoy …” Jesús debe alojarse en su casa, y luego abre sus ojos y su casa a los desafortunados, y se convierte en la posada de Jesús, que afirma, “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,5-7). Es el hoy cuando el malhechor crucificado junto a Jesús escucha el veredicto, “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).

            Queridos hermanos, Es en la medida en que escuchamos a Jesús que se revela la integridad de nuestro cuerpo, la consistencia de todos los miembros, hasta los más débiles y los más íntimos. Porque la unidad de la Iglesia, como la de las Escrituras y la de la propia existencia, consiste en Jesús y su Espíritu Santo que respiramos. ¿No es él nuestra unidad y nuestra paz? Desde ahora en adelante, está en nuestras manos el promover o detener el día de gracia. Si callamos el eco de la Palabra en el oído del corazón, si no la traducimos en obra, la Buena Nueva del jubileo – el año de gracia – proclamado a los pobres, a los ciegos, a los oprimidos de cualquier esclavitud o adicción, se aborta y no tendrá efecto en la propia conversón, en la comunidad o en la sociedad. En la vida del cuerpo de Cristo que formamos nosotros, hagamos eco, el día de hoy, de las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la Buena Noticia, para anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dejar libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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