Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 2º del Tiempo Ordinario - 2019 - ciclo C

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Domingo 2º del Tiempo Ordinario - 2019 - ciclo C

21 de Enero del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (2,1-11):

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:
«No tienen vino».
Jesús le dice:
«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».
Su madre dice a los sirvientes:
«Haced lo que él os diga».
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dice:
«Llenad las tinajas de agua».
Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les dice:
«Sacad ahora y llevadlo al mayordomo».
Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice:
«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».
Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Juan 02,1-11‘19

Son las bodas de Caná, recordadas por lo que faltó. ¿Cuántos invitados? ¿Cuánto tiempo duraban? ¿Qué se comió y bebió? ¿Y el vestido de boda de la novia? Nada se sabe de estos detalles. A primera vista los novios se retiran en el anonimato. Fue María quien se dio cuenta del inminente desastre: se acabó el vino. Por su atento aviso estas bodas se volvieron las más célebres de la historia. El inicio del informe da la pauta para contemplar la Palabra de Dios, cuando escribe el evangelista, “El tercer día hubo una boda en Caná de Galilea”. La frase “El tercer día” tiene resonancia del misterio pascual, la muerte de Jesús y la nueva vida que surge el día de la resurrección. La cantidad del agua y vino llama la atención. El relato culmina con las palabras del mayordomo: “has reservado el vino de superior calidad para el final”.

El evangelista contempla la boda en Caná con miradas hacia la crucifixión (Jn 19,25-27). En ambas escenas, Caná y Gólgota, la madre de Jesús se muestra en plena unión con su Hijo; se fija en la hora de Jesús, tanto en Caná –Jesús le responde, “Todavía no llega mi hora” –, como al pie de la cruz, la consumación del matrimonio, el nacimiento del primer hijo y el derrame del agua y sangre del costado del crucificado. La Madre recibe la familia nueva, con las palabras de Jesús, clavado en la cruz, “Mujer, ahí está tu hijo”, dando eco su discurso en Caná, “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo?”. Será entonces, en la entrega de su vida, cuando la primera alianza, figurada por las vacías tinajas de piedra que servían para las purificaciones prescritas, se pasó a la nueva alianza sellado con su sangre, replicando la transformación de agua en vino para la fiesta.

El matrimonio de Caná se orienta hacia la hora de la cruz; todo lo que hace y pronuncia Jesús habrá de interpretarse en clave de la nueva Alianza, el matrimonio de Dios con su pueblo, el pacto de vida, del perdón y amor. En Caná se presenta el vino eucarístico, anticipo de la sangre en la nueva alianza. Vino derramado y pan fraccionado, multiplicado y compartido, son la sangre y el cuerpo entregado de Jesús, y prefiguran el momento de la cruz y la salvación llevada a cabo en él.

            Volvámonos a la celebración del matrimonio. La novia era bellísima, encantadora; sus ojos oscuros brillaban a través del velo de tul que caía frente a su rostro. Desde la corona trenzada en su cabellera, una cascada de encaje hacia atrás se desvanecía en la amplia cola. Su vestido satinado irradiaba la luz de su persona, el ramo de flores blancas brotó de sus manos. La pareja relucía bajo el toldo de flores. Los convidados se divertían, se embriagaban en la euforia. Qué curioso que aquella novia, cuya boda rebosó de regocijo, no se nombre en el reportaje. O quizá su matrimonio fue eclipsado por otro de más trascendencia.

            El mayordomo comenta al esposo que “Todo el mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente. Tú, en cambio, has guardado el vio mejor hasta ahora”. Había “seis tinajas de piedra” ahí. Es sorprendente su número (seis) y su capacidad (unos cien litros cada una). Servían para abastar el agua para las purificaciones prescritas que a pesar del enorme abasto se vaciaron. Jesús manda a los sirvientes que se las llenen. Las tinajas de piedra figuran el corazón humano, engorroso, pesado, pero una vez vaciado del sentido, ni siquiera sirve para limpiarnos o refrescarnos en la celebración de la boda entre Dios y el alma. Entonces la madre, la que genera y cuida la vida, presente en la fiesta, determina que este matrimonio entre Cristo y su Iglesia rebose de alegría. A su instrucción, se llena la antigua ley de agua – las tinajas – que se convierte en el vino de la nueva alianza. El antiguo pacto, codificado en leyes y ritos, ha caducado; la alianza nueva, canonizada en el amor de Dios y su fidelidad, reflejará todo su esplendor en la cruz, la hora en la que el vino que discurre del costado de Jesús, destapará su superior calidad y aroma. La sangre de Cristo es el vino que nos faltaba para llevar a cabo la fiesta, cuya fragancia, empaque y consistencia se destapan en la cruz.

            Por una parte, María, quien figura del pueblo de Israel, es la novia. Repetidas veces los profetas presentan a Israel como una joven, una novia, quien recibe las atenciones del cortejo de parte de Dios; es la esposa que goza de relaciones íntimas con su divino esposo. En el matrimonio de Caná, el novio es el mismo Dios, quien se casa una vez para siempre con su amada desposada, la Iglesia, o bien con el alma, su amada. El vino rebosante es figura de la fuente inagotable de la alegría de la unión, Dios con su pueblo; los 600 litros simbolizan la vitalidad de la fiesta que nunca acaba. El vino – la felicidad – se amarga cuando el corazón humano se vuelve piedra, cuando se pierde el sentido de Dios en lo que emprendemos, cuando olvidamos al primer amor.

               Así, queridos hijos, leamos las bodas de Caná en clave de la alianza de Dios con su pueblo. ¿Cuántos invitados? Todos. ¿Hasta cuándo dura la fiesta? Hasta siempre. ¿Qué se comió y se bebió? El pan de la eucaristía y la sangre de la salvación. Ahora, amados hermanos, ahora que Dios nos ha nutrido con su cuerpo y su sangre de fidelidad y amor, correspondamos con la misma medida de amor y constancia, para que el matrimonio sea fecundo y trascendente. Pidamos al novio: ¡Señor, danos tu vino, báñanos en tu sangre, llénanos de la alegría de tu Palabra, embriáganos de tu vida plena!

            Entonces, se cumplirá la profecía de Isaías en nosotros (1ª lectura): ya no nos llamarán “Abandonados”, ni nuestra tierra “Desolada”, porque al ser llamados, el Señor se complace en nosotros y se ocupa de la vida plena; amable Dios convierte nuestro llanto en alegría, entra en la fiesta desprovista de vino para compartir, además de las penas, las pequeñas y grandes alegrías, desde ahora en adelante, en la salud y en la enfermedad, todos los días, hasta la vida eterna.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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