Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Bautismo del Señor - Ciclo C - 2019

Volver

Bautismo del Señor - Ciclo C - 2019

14 de Enero del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (3,15-16.21-22):

En aquel tiempo, el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego».
Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo:
«Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

Palabra del Señor

 

Homilía:  

 

Lucas 03,15-16.21-22’19

            Fue un viernes. El tráfico estaba atascado por un camión que entorpecía el tránsito. A los lados de atrás se colgaban costales para separar el vidrio y el metal; la boca voraz del depósito recibía la basura y los desperdicios, el cartón, el plástico, el papel. El recolector de basura se apuraba –casa–camión–banqueta–camión–  recogía los desechos; es un joven ágil y apuesto de unos treinta años de edad, vestido de traje sastre color blanco, camisa blanca y una corbata de color escarlata por la llaga en su pecho. No llevaba guantes, recibía y cargaba toda la basura en sus manos agujeradas. Las personas en las casas esperaban la llegada del recolector de su basura. Muchos niños se le acercaban para entregarle un vaso desechable, una basurita, la envoltura de un dulce o las bolsitas de comida chatarra. Cuando alcancé el camión, pregunté al chofer, don Juan Bautista, también vestido de blanco, con un moño color rojo al cuello: “¿Dónde van a reciclar toda esta basura, los pecados y desechos de la vida humana?” El Bautista respondió: “El depósito queda fuera de la ciudad; es un montecillo que se llama Gólgota, al pie de una cruz y junto al sepulcro, sobre el cual se abrió una puerta en el cielo.

            En una ocasión antes de entrar en su pasión, mientras que Jesús se dirigía hacia Jerusalén, dijo a sus discípulos: “Vine a encender fuego sobre la tierra … Tengo que pasar por un bautismo, y qué angustia siento hasta que todo esté cumplido” (Lc 12,49-50). Con estas palabras, dos bautismos enmarcan su ministerio: el bautismo de Juan en el Jordán y el de fuego en su muerte, resurrección, ascensión y Pentecostés. Toda su vida terrenal está abrazada por dos bautismos.

            El 25 de diciembre celebramos el nacimiento del Verbo divino en nuestra carne, cuando Dios tumbó el muro entre divinidad y humanidad, se inclinó hacia nosotros, tomó carne en el seno de la Virgen María y se hizo hombre. Hoy en la fiesta del Bautismo del Señor, la gente acude a Juan Bautista a la orilla del Jordán, y Jesús se pone en la fila para su bautismo. En este misterio, aquel que asumió la carga de nuestra carne, en su muerte rasgó el velo del templo y nos introdujo en la amistad perfecta, donde el Padre proclama: “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco”; el Espíritu Santo desciende “sobre él en forma visible, como una paloma”. En la primera Navidad, Dios nació entre nosotros; hoy en la cumbre de la Navidad, nosotros nacimos para Dios. Cuando se despojó de sí mismo y se encarnó como niño de Belén, cuando el Señor de la gloria descendió en las aguas del Jordán y se inclinó ante Juan Bautista, se escucha y se ve la amistad que existe entre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cuando Dios se vacía de su dignidad divina, nace en nuestra carne, y luego se pone junto a nosotros en la pila bautismal, celebramos nuestra Navidad, nacidos para la eternidad. En su cuerpo muerto en la cruz, bajado al sepulcro y resucitado, acción anticipada por su descenso en y subida de las aguas del Jordán, abrió para nosotros la puerta al cielo.

            Queridos hijos, Hoy festejamos nuestro nacimiento, cuando amable Dios se identificó con nosotros en el anhelo de la conversión. No nos conquista con su poder ni convence con sus argumentos. El Hijo de Dios se despoja de su privilegio divino y se viste de la carne de un niño, nacido en una granja, acostado como un pan en un comedero; como joven, el Hijo de Dios espera su turno en la fila de pecadores para ser bautizado. Su Espíritu Santo no aparece como un Aero jet que recorre los cielos con velocidad; no aparece en forma de águila, de cenzontle o del noble quetzal; más bien, se presenta en la forma de una humilde, huidiza paloma, como la que aleteaba sobre las aguas del diluvio en tiempos de Noé, la que, con un ramo de olivo en el pico señaló una época de šālôm/paz en la tierra y en el corazón humano.

            Amados hermanos, por el bautismo somos hijos e hijas de Dios, quien nos acompaña en la muerte y resurrección de su Hijo. De un modo parecido a como el Hijo de Dios se identificó con nosotros en la Navidad del bautismo, nos reconcilió, actualizó nuestra primerísima dignidad humana y abrió la puerta al cielo, nosotros somos bautizados en el fuego del Espíritu Santo para replicar su obra: reconciliarnos y abrir la puerta del cielo los unos para los otros. ¿Acaso no es esto el evangelio de la Natividad de Dios en nuestro mundo? ¿Acaso no es esto lo que le complace a Dios?

            Una parábola. Conozco una parvada de toda especie que, una vez reunidas, las aves propusieron buscar el ave fénix quien, cuando se consume por el fuego, resucita de sus cenizas. Las aves pasaban por todo el mundo en busca del ave fabulosa, pero no la encontraron. Cuando se volvían a reunirse, poco a poco descubrían que el ave fénix son ellos mismos, y cada uno de ellos, en su conversión de cada día, en las pequeñas y grandes reconciliaciones a lo largo de la vida. Algo parecido pasa con el Niño Dios. Lo buscamos por todas partes, hasta en lo alto de lo místico y en lo bajo de los basureros, desde en el esoterismo del oriente hasta en el mercado del occidente, hasta que nos damos cuenta que el Niño Dios está en la fila junto con nosotros; él recibe nuestro bautismo en el agua, para que nosotros recibamos su bautismo en el fuego del Espíritu Santo y nos acompaña a lo largo del camino hacia la vida plena. Queridas Hijas e Hijas, les deseo a Feliz Navidad. ¡Que, de verdad, el Hijo de Dios nazca en tu corazón y en nuestra conversión!

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

Volver