Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo de la Sagrada Familia: Jesús, María y José - Ciclo C

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Domingo de la Sagrada Familia: Jesús, María y José - Ciclo C

03 de Enero del 2019
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,41-52)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.
Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Sagrada Familia’18 (Lc 2,41-52)

La Sagrada Familia es una escuela para nuestra vida teologal. La familia de Nazaret fue santa, pero no fue nada tranquila. Hemos de corregir la imagen azucarada de la familia del Niño Dios, plasmada por las Natividades tradicionales: la Virgen María, vestida de manto azul celeste, extasiada en la oración; san José el artesano, pero con manos pulcras, su semblante seráfico, vestido de túnica verde y manto de color ocre –todo limpio, por cierto–; y el niñote Jesús rubio, con ojos claros, mejillas sonrosadas, a pleno invierno semi-desnudo con un pañal blanquísimo y la manita levantada con la bendición... Y todo esto en una granja, acompañado por una mula y una vaca. La escena está coronada con una enorme estrella y solemnizada con la mirada sobria de un ángel, las manos plegadas en la oración. Los primeros visitantes que acudían al pesebre no eran gente decente. Pertenecían a la clase baja de la periferia, nómadas pastores indocumentados, gente ruda que no tenían casa fija. San Lucas quería que su lector acomodado revise sus valores y sus presupuestos, cuando narra la visita de los pastores al Salvador del mundo, nacido en una gruta mugrienta.

            La familia de Jesús fue sagrada, pero no distante de los percances que nos enfrentamos hoy. Como sucede con tantas familias, su intranquilidad provenía del “chico”, tal como el evangelio nos muestra. Recuerden que, en la presentación en el templo del niño, el anciano Simeón les avisó a sus padres: “Este niño hará que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción. Una espada te atravesará el corazón”.

En una ocasión, a causa de la locura de un rey celoso del poder, la familia tuvo que emigrar al extranjero, con todo lo que implica el cruzar la frontera a otro país, una migración difícil con la madre y el recién nacido, expuestos a la intemperie, la migra, la incertidumbre. ¿Iban de mojados? ¿Cuánto les cobraban el “coyote” o el “pollero”? ¿Dónde iban a encontrar hogar en el extranjero? ¿Encontraría “chamba” y sustento para la familia migrante de José?

            En otra ocasión, de vuelta a Palestina e instalada en Nazaret, la familia iba de peregrinación para celebrar la pascua, y, sin avisar a sus padres, el doce-añero chico se apartó de la caravana de regreso y permaneció en el templo. Después de tres días –tres días anticipa otra pascua de Jesús, su pérdida en la muerte y su reencuentro en la Resurrección– los padres andaban medio locos de preocupados –un secuestro, un hijo perdido, la angustia de padres sospechados de haber desatendido a su hijo –y en aquella ocasión la santísima Virgen soltó un regaño: “¿Por qué nos hiciste esto?”

Me hace pensar en mi familia religiosa, la “familia consagrada” benedictina.  En la familia se muestra lo mejor y lo peor de sus integrantes. En familia somos capaces de hacer y decir cosas que no se nos ocurriría ventilar al público, tanto por lo bueno como por lo bruto. Desde la compasión y el perdón más hondo, hasta los juicios más rudos y ofensivos que puedan pasar por la mente o la boca. Ya saben... la confianza.... desde el abrazo más sincero hasta la susceptibilidad que sale a flor de piel. El odio y el amor, la aversión y la atracción viven bajo el mismo techo en la historia familiar.

Para complicar el asunto, en la sociedad actual el valor de la familia está cuestionada. Han cambiado los patrones y se ha formado una pluralidad de formas familiares. Pero la familia formada por el padre, la madre, hijas e hijos, que viven y comparten las alegrías y dividen los sufrimientos desde el amor y que saben superar sus problemas apoyándose los unos en los otros, sigue siendo el modelo de familia. Cuántos padres solteros o madres solteras he oído decir: “Soy padre y madre a la vez, de mis niños”. Otros modelos que la sociedad reconoce se acercan o se alejan del modelo. Desde ciertos ambientes y medios de comunicación, se intenta ridiculizar a la familia y se burlan de quienes defienden el patrón de una familia “tradicional”.

            La realidad es que nuestras familias y la comunidad religiosa son sagradas, solo por la gracia que viene de lo alto. El aliciente es la fe en Jesús que nos sostiene, en las dificultades e incoherencias, en la diversidad y complejidad, con los errores y las heridas, a través de los conflictos y las paces. Esa es nuestra fe, es la fe de la Iglesia. ¿O no? Además, en familia o en comunidad, cuando hay roces o malentendidos, cuando los desafíos son más sentidos que la dulzura, son esos los momentos en que nos hace falta una nueva óptica, la conciencia de nuestro amable Padre eterno, porque él es nuestro Padre, y él ama y cuida tanto de mí como de hermana/o contrario, porque amable Dios es el autor de toda vida, tanto la tuya como la de tu hermano/a. El Espíritu Santo también se hace presente en la comunidad, el Espíritu del único Dios que nos unifica como familia, y derrama su gracia sobre todos, buenos y toscos, los rebeldes y los responsables.

            El cuadro de la Sagrada Familia que nos regaló Don Ramón obispo para Navidad nos invita a meditar. En línea horizontal, la Santísima Virgen, San José y, en medio, el Niño Jesús, tomándose de la mano. En linea vertical, arriba del niño Jesús, está retratado el Espíritu Santo en forma de paloma, y más arriba el Padre celestial, con manos extendidas, como abrazando a la familia abajo. El eje vertical del cuadro se traza por la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y en medio el Espíritu Santo. En el eje horizontal están las figuras de la Sagrada Familia, tomándose de la mano el uno del otro. Hay una enseñanza sublime retratada en este cuadro cusqueño. En las fotos de nuestra familia, si nos fijamos sólo en la línea horizontal, nos decepcionamos, y miramos no completo el proyecto de familia. Nos fijamos a los ojos y percibimos el desorden o la incoherencia y, pues, nos desanimamos. Hace falta complementar el cuadro de la familia con otra óptica. El cuadro completo nos invita a apreciar las tres figuras en su realidad, con sus pies en la tierra, y luego dejarnos guiar por el eje vertical, y apreciar la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tanto dentro del retrato, como entre los bastidores de nuestras familias y nuestra comunidad.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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