Monasterio Benedictinos Cuernavaca

La Natividad del Señor (Navidad) Misa de medianoche

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La Natividad del Señor (Navidad) Misa de medianoche

26 de Diciembre del 2018
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,1-14):

Por aquellos días, se promulgó un edicto de César Augusto, que ordenaba un censo de todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a empadronarse, cada uno en su propia ciudad; así es que también José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, para empadronarse, juntamente con María, su esposa, que estaba encinta.

Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños. Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor. El ángel les dijo: "No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre".

De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!"


Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Nochebuena’18

¿Qué hay del lugar donde nació la luz del mundo? Era de noche, pero no una hora nocturna cósmica, salpicada con luz eléctrica y lámparas. Desde Nazaret, María y José recorrieron un largo camino para llegar al caserío Belén, que queda a unos kilómetros de la meta de toda peregrinación, Jerusalén, ciudad del espectáculo. “Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada” (Lc 2,6-7). La “posada” se refiere a un espacio donde los viajeros pasan la noche. Pero se refiere a la provincia en Medio oriente hace dos mil años. En aquella escabrosa región de Belén, las viviendas eran grutas, excavadas en el desnivel, cavidades que se ampliaban por los jacales o cabañas por delante, en las cuales la familia realizaba los trabajos domésticos, tomaba sus alimentos junto al fogón, recibía los visitantes – una especie de palapa que por las noches se convertía en recámara por los petates y alfombras que tendían al suelo donde se dormían –. Como no había espacio, y además la conmoción de muchas personas no propiciaba una operación tan delicada como un alumbramiento, María y José se recluían hacia atrás, hacia la oscura gruta donde los animales pasaban la noche, y donde se almacenaba el heno junto al muro. Ahí, en un lugar apartado, pobre, María dio a luz a la luz del alma, y lo recostó en un pesebre. ¿El pesebre? En aquel espacio oscuro, apartado, el pesebre era un hueco cavado en la roca que servía para abrevar o dar de comer a los animales. El nacimiento de la luz se dio no solo durante la noche oscura, sino también en la pobreza extrema: no hubo ningún signo llamativo, ninguna palabra ni nadie que se percatara del nacimiento de la luz del universo. Amados hijos, hijas y hermanos de la Navidad, nos reunimos ante el milagro de los milagros: el aterrizaje del Niño Dios en un lugar donde no esperábamos encontrar ni esperanza, ni luz.

Todo ser humano conoce este lugar oscuro y poco acogedor, que figura en la arquitectura de nuestra casa. Solo con temblor y temor se abre la puerta a este sitio, y a duras penas invitamos a alguien a entrar este lugar, en donde aún el sicólogo o el confesor tiene acceso restringido. Es un lugar en la conciencia, donde la misma persona prefiere no visitar, porque es mueblado por las contradicciones en el propio carácter, el desorden, la inconsistencia, la chatarra que no se ha podido desechar o sepultar o disfrazar … ni olvidar.

Cada ser humano tiene en su casa una gruta lúgubre y poco acogedora, hasta donde difícilmente se concibe que la santísima Virgen y José recluirían, pero en la cual Dios quiera nacer. Pero la verdad de nuestra fiesta es que ahí, donde el trajín y la luz no llegan, lugar que solemos negar, esconder o tapar, el Niño Dios quiere nacer. Nosotros los monjes conocemos bien este lugar, porque por el voto de la conversión de costumbres, experimentamos el milagro del nacimiento del Salvador del alma en este lugar.

Queridos hijas, hijos y hermanos, un Niño nos ha nacido. Hacemos alarde de su nacimiento, porque decidió proyectar su luz hasta las regiones más remotos donde no llega la luz de todos los días. Si Dios ha querido nacer en nuestro mundo, nacer de una mujer, la virgen María, y nacer en una gruta mal amueblado y maloliente, lejos de la gente bien, un lugar desordenado, es para que nosotros también podamos nacer en el mundo de Dios. Dios ha venido a nosotros, ha llegado hasta los extremos de nuestra pobreza más escabrosa, para que alcancemos a Dios y abandonemos la oscuridad de la muerte donde nos solemos extraviar. Pero para que nos acerquemos a Dios, él nos invade, con su gracia, nos conquista sólo por su amor. Nos reúne a él, sin violentarnos, como lo hacen el poder del mal y de las tinieblas; más bien, se nos da en forma de un niño indefenso, desnudo, en el pesebre del corazón. Porque la Navidad es inseparable de otra historia, aquella de la cruz de Jesús: aquel triunfo del amor invencible del Señor del universo, que se entrega a si mismo por nosotros, hasta el límite del amor. En el Niño de Belén acostado en un pesebre, envuelto en pañales, como en el crucificado del Gólgota reposando en el sepulcro, es el mismo amor desnudo, desprotegido, que se entrega, y luego, después de que nosotros lo maltratamos, se convierte en luz perpetua y vida nueva, al resucitar de la región de la muerte y acogernos en su corazón de amor infinito.

De parte de la comunidad monástica, les deseo feliz Navidad. Que el Niño Dios nacido en nuestra carne sea la fuente de tu alegría y paz esta noche, y, por medio de cada uno de nosotros, que el príncipe de la Paz nazca a nuestro mundo como en nuestros corazones.

 

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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