Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe -2018

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Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe -2018

12 de Diciembre del 2018
por Benedictinos Cuernavaca

Evangelio según san Lucas     1, 39-48

    María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:
    «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»
    María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz»

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Guadalupe’18 (canto y flor)

Muy de mañana, lo que detuvo a Juan Diego en su caminar hacia Tlaltelolco fue la música, el canto. La hora temprana y la música es un gran detalle, y como indígena, como mexica, me pregunto ¿qué oyó?, pues viene de un cerro; es el mes de diciembre en el frío de la madrugada. ¿Quién tiene fiesta a estas horas? Y la voz le llegó en toda su sencilléz: “Escucha, hijito mío, el menor, Iuantzin, ¿A dónde te diriges?”.

Cuando oyó pronunciar su nombre, Iuantzin, subió a la cumbre, admiró la perfecta hermosura de la Virgen como el sol y se arrodilló ante ella. Durante los días siguientes se presentaba ante la Virgen y ante el obispo. Pero sobre todo, Dios colocó en el corazón de Juan Diego algo valioso: “Tú eres mi digno embajador… ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estas bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás guardado en las pliegues de mi manto? ¿No te tengo como tesoro en el nicho de mis palmas juntadas? ¿Te hace falta alguna cosa?… tú eres mi mensajero... , en ti he puesto toda mi confianza”.

La flor que brotó de sus entrevistas con la Santísima Virgen que se identifica como “Guadalupe” – que en español derive de una expresión árabe wad-al-hub, «río [wadi] de amor»; en su advocación náhuatl, variación de la palabra coatlallope, sería “la que aplasta a la serpiente” (de coatl, “serpiente”, más a (preposición) y llope, “aplastar” – … Esta flor, el icono que se venera durante esta fiesta, está grabada en la tilma, el ayate humilde, con el cual Juan Diego se vestía.

Varios detalles de su encuentro con la Virgen de Guadalupe llaman la atención. Un primer detalle es el canto y la música con la cual se empezó la historia. Además del canto delicado de las aves matutinas, imagino que se oyeron el sonido de los tambores, las flautas de barro o hueso, las chirimías y el caracol… La música para la mexica de aquel entonces es vida. Se trata de un pueblo que ama la música que celebra algo maravilloso. (En la tradición monástica que remite a san Agustín, se cuenta que la música redoble la oración: “Cantar es orar dos veces”.) La música en sí tiene su lenguaje; música es comunicación; es sensibilidad. Tiene vida, cuerpo y alma. Después de que la música lo atrajo, y Juan Dieguito tuvo su entrevista con la Señora vestida del Sol, Juan Diego seguía su camino, el cántico grabado en su corazón.

Un segundo detalle: Juan Diego escuchó su nombre “nahuatlizado”, es decir, que como no se usaba la letra “jota” sino sólo la “i” latina; la Virgen pronunció: “iuantzin”, “iuandiegotzin”. En el náhuatl el sufijo “tzin” es emblema de la dignidad. Por lo tanto, “Iuantzin”, “Iuandiegotzin”, que comunmente se piensa en “Juanito” o “Juandieguito”, significa más bien “Don Juan”, “Don Juan Diego”, lo cual es congruente con la misión que se le confía; la Virgen le dijo: “Tú eres mi digno embajador, mi mensajero”.

Un tercer detalle: en cada encuentro con la Virgencita, Iuantzin Diego se postró o se inclinó. Al encontrarse con la señora del Cielo, la persona llamada se acerca a la tierra, al humus, del cual está hecho. Al fin de la crónica del Nican Mopohua todos se postrarán ante el icono milagroso escrito en el ayate abierto, cuando Iuantzin entrega las flores al obispo. Nos recuerda la escala de la humildad que traza San Benito en la santa Regla, por la cual el monje abre su corazón a Dios y a la salud.

Finalmente, Dios grabó en el corazón de Iuantzin Diego lo más precioso, a su Madre Santísima, nuestra madrecita, la Reina de México. Como cuando Jesús desde la cruz dijo a su discípulo amado: “He ahí a tu madre” ; y luego dijo a ella: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Durante cuatro días Juan Diego iba al obispo enviado por la Virgen Tonantzin. De las cuatro visitas, dos días era de madrugada, aún estando oscuro. También el monje camina por la madrugada teologal, en la oscuridad, en su búsqueda del verdadero Dios. Pero el mismo Dios enciende las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad en el corazón de Iuantzin Diego, quien se dirigió a la Virgencita: “Señora mía, Reina mía y Niña mía, la más pequeña, la más querida, la más amada”, y ella lo envió como portavoz del evangelio al pueblo mexica. Iuantzin Diego supo tocar la música que Amable Dios había compuesto en su corazón; y, gracias a él, Dios graba la música en nuestro corazón: el mensaje que tocó Iuantzin Diego es escuchada por cada uno de nosotros y resuena desde Tepeyac por todo el mundo.

Hoy la voz de la perfecta Virgen María se dirige a cada uno de nosotros: “Tú eres mi embajador… ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y cuidado? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No te cuido en los pliegues de mi manto, como tesoro en el nicho de mis palmas juntadas? ¿Te hace falta alguna otra cosa?… eres mi mensajero..., en ti he puesto toda mi confianza”. Queridos hijos e hijas, por el bautismo y por la fe, nos volvemos sus embajadores de confianza; hemos oído la música y el canto; hemos cultivado, recogido y llevado la flor en nuestro regazo. ¿Habrá alguien aquí presente que resiste anunciar el mensaje – no, mejor, ¿hay alguien que resiste vivir y poner en práctica el mensaje – que nos encomienda la siempre Virgen santa de Guadalupe, la Reina del Cielo, la madre de todo mexicano?

Nuestra vocación guadalupana se trata del llamado a la comunidad, a los caminos de la paz para construir una sociedad más equitativa, una Iglesia comprometida con los más pequeños e indefensos. La vocacion guadalupana se trata del llamado a una comunidad monástica consciente en su ora et labora, en la conversion continua de sus monjes, en su escucha de la Palabra de Dios y de la voz de nuestra madrecita de Guadalupe, que no deja de hablarnos al corazón desde su cerrito del Tepeyac: “¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No te cuido en los pliegues de mi manto, como tesoro en el nicho de mis palmas juntadas? ¿Te hace falta alguna otra cosa?… tú que eres mi mensajero...” Amados hermanos y hermanas, la música, el canto y la flor de Tepeyac sigue siendo un aliento en nuestro camino hacia el encuentro con el Señor en nuestro mundo pequeño y grande. Sus palabras en la primera aparición dan eco de la santa Regla a la cual estamos consagrados a vivir: “Escucha, hijito mío, el menor, Iuantzin, ¿A dónde te diriges?” O bien, en nuestra tradición benedictina: “Escucha, hijo, estos preceptos de un maestro, inclina el oído de tu corazón”.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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